miércoles, 14 de octubre de 2015

La huida

CAPITULO XXII

La huida



Era noche cerrada. La noche mas cerrada en todo el tiempo que llevaban en esas cordilleras. Era perfecto. No tardaría mucho en llevar a cabo su plan. Arriesgado pero que esperaba que valiera la pena. Estaba de pie, apoyado en un árbol, esperando con paciencia a que la luna se ocultara en las nubes. No era llena, lo cual le beneficiaba hasta cierto punto, quizás no saliera tan mal después de todo. Solo tenia que esperar. Escrutó la zona con aparente tranquilidad. Dos licántropos custodiaban la entrada principal de la cueva y otros dos estaban en el calabozo. Los demás, por suerte para él, se habían marchado de caza, aunque no tardarían mucho en llegar. Alzó la vista hacia el cielo: una fina linea de humo acariciaba la luna en ese instante. Ya quedaba menos. Apoyó la cabeza un momento en el tronco y cerró los ojos. Inspiró hondo, su conciencia abandonó su mente y viajó, buscando la mente de Ginny. Suavemente, se conectó a ella y no pudo evitar relajarse y esbozar una leve sonrisa.

<< Hola, Ginny, ¿me escuchas bien?>>
<<Kylan... ¿va todo bien?>>
<<Si. Solo quería saber si estabas bien. ¿Pudiste descansar?>>
<< No demasiado sinceramente>>
<<Si esto sale bien, podrás descansar mejor en otro momento. La luna ya está casi oculta y pronto saldrás de aquí. Te lo prometo>>

Ella no contestó y pasaron unos minutos de silencio.

<<¿Por qué haces esto, Kylan?>> -preguntó de repente. Él suspiró y por mucho que quiso responder, no sabía que decir.
<<No te mereces este sufrimiento. Ni por mi, ni por nadie -dijo finalmente- ya es la hora. Estate atenta>>
<<Si...>> -susurró en su mente, nada convencida.
<<Bien. Hasta ahora>> -dejó su mente y abrió los ojos lentamente. La luna ya estaba oculta. Había que actuar. Se separó del árbol, metió las manos en los bolsillos y avanzó tranquilamente hacia la guarida. Cruzó la entrada sin ningún problema. Debía ser cauto y frío, a la vez que rápido y preciso para que su plan funcionase. Avanzó por varios pasillos hasta que llegó a una habitación pequeña y un poco apartada del resto, ralentizó el paso y asomó la cabeza. Había un chico dentro, un chaval de diecisiete años con una delgadez tal que parecía desnutrido. Era el miembro mas joven de la manada. Uno de sus compañeros lo había mordido accidentalmente en un imprudente ataque provocado por una noche de luna llena. Se habían visto obligados a incorporarlo porque podría ser un peligro para las personas al ser tan joven e inexperto. Sin embargo, en el poco tiempo que llevaba con ellos, demostró poseer ciertas habilidades y actitudes que resultaron ser beneficiosas y Christian lo aceptó. Lo observó un momento, pensativo. El muchacho estaba sentado en una cama fabricada con hierba, piedras lisas y dos gruesas mantas de piel. Al notar la presencia de Kylan, alzó la cabeza despacio. Su expresión cambió en un segundo para mostrar una mezcla entre respeto, asombro y admiración. Kylan esbozó una leve y torcida sonrisa y se acercó para acompañarlo.
- Hola, Maikel -lo saludó con naturalidad.
- Ho... Hola, señor... -susurró con dificultad, casi tartamudeando. Él hizo una mueca de desagrado
- Sabes que no me gusta que me digas señor.
- Perdón, yo... Hola, Kylan... -rectificó sobre la marcha.
- Eso está mejor -asintió conforme- ¿cómo te encuentras hoy? te veo muy solo
- Los chicos se han ido de caza
- ¿Y por qué no has ido con ellos? -frunció el ceño. Maikel agachó la cabeza.
- No tenia hambre... -jugó con una brizna de hierba entre los dedos. Kylan lo miró detenidamente. Sabía que estaba mintiendo.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó con semblante serio. El chico se movió incomodo y rehuyó su mirada.
- Nada... no ha pasado nada -musitó sin darle importancia. Kylan estuvo tentado a leerle la mente pero sabía que eso atentaría contra su propia voluntad y no estaba bien, así que optó por esperar y observarlo. Aparentemente parecía estar bien, pero percibió cierto temblor en su cuerpo, su delgadez cada vez lo preocupaba mas, su respiración no era normal, era errática y lenta y su camisa... estaba rasgada. Impulsado por un mal presentimiento y sin previo aviso, agarró la solapa de la camisa y la alzó un poco. Lo que vio le dejó helado.
- ¡Eh! -exclamó Maikel alarmado y sorprendido. Se revolvió, apartó la mano de su cuerpo y se levantó de un salto, visiblemente alterado. Tenia los ojos abiertos de par en par, llenos de temor. Kylan apretó la mandíbula.
- ¿Quién ha sido Maikel? Y no te atrevas a volver a mentirme -le amenazó seriamente. Maikel tragó saliva, abrió la boca para hablar pero le temblaba tanto el labio inferior que volvió a cerrarla. Kylan se incorporó despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos y el muchacho sintió de inmediato la fuerza que irradiaba, esa fuerza lobuna que se imponía la suya como si fuera un golpe devastador.
- Por favor... no... -suplicó con un hilo de voz. Kylan entornó los ojos. Algo extraño pasaba. Si Maikel no hablaba con él, era por un buen motivo. Desde que había sido aceptado en la manada, los dos habían congeniado bastante bien, era un vínculo parecido al de hermano mayor cuida a hermano menor y quizás por eso, Maikel se sentía protegido y seguro con él. No era la primera vez, sin embargo, que el chaval presentase hematomas o arañazos en el cuerpo y eso era algo que a Kylan le hervía la sangre. Respiró hondo, liberó al chico de aquella presión y cayó de rodillas. Se acercó a él, imitó su gesto y colocó las manos sobre sus hombros.
- Lo siento, Kylan... yo...
- Shhh.. calla... está bien -lo calmó, restándole importancia- no sé por que lo haces ni a quién ocultas pero ten por seguro que pienso averiguarlo.
- No, Kylan, eso es precisamente lo que no quiero que hagas. Prefiero que se queden las cosas así. Es lo mejor
- Deja de decir tonterías. Sabes que odio que te traten como un crío débil porque no lo eres. Escúchame -sujetó su rostro con firmeza antes de que rechistara- eres mucho mejor que todos ellos juntos. Lamento la vida que tienes ahora, porque no es algo que puedes elegir. Eres muy joven para sufrir de esa manera y por eso existen estúpidos como el que te mordió y destruyen tu vida para siempre. No dejes que te pisoteen, eso es precisamente lo que consiguen de ti.
- No soy lo bastante fuerte...
- Eso es lo que quieren hacerte creer. Pero tarde o temprano, te darás cuenta del poder que hay en ti y cuando lo hagas, nadie podrá pararte. Créeme, sé de lo que hablo -lo soltó con suavidad y lo ayudó a levantarse- Deberías ir al curandero para que te examine. No tienes buen aspecto.
El estómago de Maikel rugió con fuerza y el muchacho gimió, abrazándose a si mismo.
- Tengo hambre...
- ¿Cuánto hace que no comes? estás muy delgado, casi pareces anoréxico. ¿Por qué no fuiste de caza esta noche? -quiso saber pero en cuanto el chico enmudeció, empezó a atar cabos enseguida. Apretó los puños hasta que los nudillos adquirieron una tonalidad pálida. Su mente pensó con rapidez y se le ocurrió una idea. Una idea que llevaba a la locura pero que podía funcionar. Observó a Maikel detenidamente.
- Necesito que hagas algo por mi -murmuró finalmente. El muchacho lo miró con atención, esperando- es algo muy importante y creo que eres el indicado para ayudarme.
- ¿Qué quieres que haga? -preguntó, curioso y entregado. Nadie le había pedido ayuda hasta ahora y que Kylan lo hiciera, era un orgullo para él. Se sentía útil.
- Antes quiero dejarte claras algunas cosas: no hagas preguntas a todo lo que te mande. Podría obligarte hacerlo pero contigo sé que no es necesario. ¿Entiendes lo que te digo, Maikel? -hablaba muy serio y el chico supo que no era una broma, era algo vital para Kylan y que seguramente iba a ser muy peligroso. Pero era Kylan. Era su mentor, su maestro, su amigo, su confidente, era lo único que tenia.
- Puedes confiar en mi. No te fallaré. ¿Qué necesitas que haga? - se situó frente a él, preparado como un soldado. Kylan sonrió.


No sabía cuanto tiempo iba a aguantar mas. A pesar de que las heridas estaban casi curadas, el entumecimiento de sus músculos y la falta de nutrición en su cuerpo eran tales que podría desfallecer en cualquier momento. Le aterraba cerrar los ojos pero tenia tantas ganas de dormir. De repente, sus oídos captaron pasos que provenían del pasillo. Los pasos se detuvieron en la entrada y seguidamente unos murmullos semejantes a gruñidos llamó su atención. Probablemente serian los guardias. Volvió a reinar el silencio y dejó de escuchar, agotada. No se percató de la persona que entró en la celda, ni del ruido metálico de una bandeja y mucho menos de la liberación de sus muñecas al mismo tiempo que su cuerpo descendía hasta tocar el suelo.
- Despierta, pelirroja. Despierta. ¡Ey! -oyó una voz lejana en su cabeza. Sintió unas palmaditas en su mejilla izquierda y gimió débilmente. Parpadeó a duras penas. Su cuerpo le parecía tan pesado. Sus ojos, rojos y cansados por la falta de descanso, vislumbraron borrosamente el rostro de un muchacho. Estaba segura de que jamás lo había visto.
- Kylan...
- No, no soy Kylan. Me llamo Maikel - susurró de nuevo esa voz. Cogió algo de la bandeja y se la acercó a los labios. Enseguida reconoció el liquido y bebió ávidamente. Estaba fresca. Humedeció sus labios y calmó un poco su sed. Parpadeó de nuevo y su visión enfocó mejor. El chico era joven, no tendría mas de quince años. Su piel era morena y el pelo lo tenia muy desaliñado.
- Gracias -dijo de corazón
- De nada. Kylan me ha mandado a buscarte. Tenemos que irnos cuanto antes. Te ayudaré a levantarte -la incorporó suave y firmemente y en cuestión de minutos, Ginny estaba de pie sostenida por el chico. Sintió entonces algo cálido y rugoso en los dedos- vas a necesitarla
- ¿Qué...? -quiso preguntar y reconoció su varita. Ese cosquilleo era inconfundible. Estaba intacta y perfecta para usarse. Sus dedos se aferraron a ella y una nueva fuerza la invadió por encima del agotamiento. 
- Creo que seria buena idea que la probaras. Tú ya me entiendes -le guiñó un ojo, intentando ser simpático y señaló hacia los guardias. La joven entendió. Aun tenia los sentidos un poco embotados, pero podía hacer un hechizo, sencillo y práctico para la ocasión. Inspiró hondo, se tomó unos segundos de concentración y recitó el hechizo en su mente. Seguidamente, agitó la varita y la magia se produjo. Los lobos, pillados por sorpresa, sintieron una contracción dolorosa. Sus extremidades se pegaron a su cuerpo y a la pared rocosa y al abrir las fauces para dar la alarma, éstas fueron cerradas con fuerza en contra de su voluntad. 

- Fantástico. Vámonos antes de que los demás se den cuenta -tiró de ella y los dos echaron a correr. Ginny se dejaba llevar porque sus miembros todavía no le respondían correctamente. No salieron de la cueva, Maikel la condujo por varios pasillos hasta un hueco parecido a su celda. Un haz de luz perforaba el techo. El chico emitió un sonido extraño y casi inaudible. Ella miró hacia arriba.
- ¿A dónde lleva ese agujero? 


- Shhhh... -la calló un segundo y esperó. El mismo sonido se oyó al otro lado y rápidamente, Maikel se posicionó para hacer de palanca- vamos, no hay tiempo que perder. Tengo que impulsarte-. 
Sin rechistar, Ginny agarró sus hombros, apoyó el pie en la palma de su mano y con fuerza, fue propulsada hacia al exterior. 

La luz de la luna la deslumbró como si fuera el sol y no pudo ver como unos brazos, fuertes y cálidos, la sostenían, amortiguando su caída. Abrió los ojos de nuevo y un rostro familiar apareció ante ella, creando una sombra que agradeció. Sus ojos azules reflejaban preocupación. 


- Hola... -susurró dejando que sus pies tocaran la hierba húmeda. La observó detenidamente. Ella adivinó que lo hacia para comprobar su estado general. Aprovechando su guardia baja, alzó la varita y la detuvo a unos milímetros de su cuello. Kylan se petrificó en el sitio, desconcertado. La expresión de Ginny era dura y muy seria. Temblaba pero se mantuvo firme, mirándolo fijamente a los ojos. 
- Como muevas un solo musculo, te mato aquí mismo 
- Ginny... 
- No hables. No te atrevas a pronunciar mi nombre, perro sarnoso -se acercó mas, amenazante y la punta de su varita se clavó en su piel. Él tragó saliva. Cerró los ojos, intentando calmarse. 
- ¿Por qué haces esto? solo intento sacarte de aquí, ¿no lo entiendes? 
- ¿En serio? ahórrate tus sermones de ética, Kylan. He estado encerrada más de dos semanas en esa cueva. Prácticamente sin comer y sin beber y he sido torturada hasta casi morir -le echó en cara, sin darse cuenta de que estaba alzando la voz, furiosa- ¿tienes una maldita idea de lo mal que lo he pasado? 
- ¡Cállate, Ginny! -le pidió, alarmado, pero ya era tarde. Los lobos de la entrada de la cueva los oyeron y con un gruñido, dejaron su puesto a una velocidad sobrehumana. No tuvieron tiempo de escapar. Entre saltos y zancadas, los lobos los alcanzaron. Kylan reaccionó primero: empujó a Ginny hacia un lado sin medir la fuerza empleada, y se enfrentó a ellos. Recibió el impacto de un placaje directo en el estómago del primer lobo y el tronco de un árbol grueso detuvo su avance. Gruñó fuertemente y se lo zafó de encima. Estampó su puño en la cara del segundo lobo, lo levantó en peso con un gruñido feroz y lo lanzó contra su compañero. Ambos lobos chocaron, enredándose entre zarpas y colmillos. 

La joven Weasley se incorporó, aturdida por el empujón y pudo ver la pelea. Los ojos de Kylan ya no eran humanos, brillaban como un depredador. Su respiración era errática y sus músculos estaban completamente tensos. Los dos lobos volvieron a la carga y los tres se enzarzaron en un combate brutal. No entendía porque Kylan no se transformaba, sin embargo, parecía no hacerle falta. De repente, un aullido llenó la noche. Era un aullido de llamada. El corazón de la pelirroja dio un vuelco. Más lobos. Por el rabillo del ojo, vio cómo Kylan noqueaba a uno de los lobos y el otro que había dejado inconsciente, se incorporaba y se abalanzaba sobre él. No le dio tiempo a pensar. Aferró su varita, se levantó y pronunció el hechizo en voz alta. Las palabras, nacidas velozmente en su mente, brotaron de sus labios con fuerza: 
- ¡Expulso! -agitó la varita y el lobo salió propulsado violentamente por los aires. El otro lobo cayó noqueado y débil ante Kylan. Éste se incorporó y la miró con ojos salvajes. Se acercó a ella con paso brusco. 
- Vamos -ordenó con voz ronca. Tomó su muñeca con rudeza y tiró de ella. Echaron a correr cordillera abajo. Pronto los aullidos y gruñidos se hicieron notar y no tardarían en pisarles los talones. Se olvidó del cansancio y del ardor de sus piernas, solo la dominaban la adrenalina y las ganas de huir de esas bestias. Ademas no tenia alternativa, él la empujaba a ir mas deprisa, guiándola por matorrales, arboles, piedras y nieve. Corrió y corrió lo que le pareció una eternidad y cuando creyó que habían dejado a los lobos atrás, Kylan se giró bruscamente en la dirección opuesta a la que estaban siguiendo y llegaron a un arroyo. Frenó en seco y la soltó y ella trastabilló en las piedras pequeñas. 
- Sigue este arroyo. Te llevará a un pueblo de granjeros y comerciantes. Allí estarás a salvo. ¡Vete!¡Ya! 
- Pero ¿qué dices? si no nos siguen, que... 
- He dicho que te largues. Nada de preguntas. ¡Corre! -le ordenó, dándole la espalda. 
- Kylan, yo... 
- ¡Lárgate! -gruñó esta vez, encarándola y mirándola a los ojos, muy serio- lárgate o morirás.
Ginny tragó saliva y retrocedió. No apartó la mirada. Quería decirle algo pero no sabía el qué. Ambas miradas se cruzaron. Fue un instante eterno. Parecía un adiós. Kylan rompió el contacto visual finalmente y ella obedeció a su orden. Retomó la carrera, siguiendo el arroyo. Él la siguió por el oído y aun seguía oyéndola cuando ellos llegaron. 
Eran seis. Probablemente los demás estarían al llegar. Todos transformados en su forma lobuna, amenazantes y temibles. Garras y colmillos. Ferocidad total. Letales. Era su manada. Formaba parte de ellos. Pero no iba a dejar que una vida inocente pagara por algo sobrenatural. 
Los observó uno a uno, impasible y sereno. Lo único que rompía el silencio era el fluir del agua. 

<<No quiero haceros daño ,dijo con sinceridad, así que os voy a pedir, por favor, que os marchéis>>
Varios lobos se mofaron con un resoplido y gruñeron en respuesta. Se acercaron un poco mas, formando un circulo. Él lo sabia. 
<<Veo que no lo habéis entendido. He dicho que os marchéis y nadie saldrá herido. No me obliguéis a hacer algo que no quiero hacer>> 
La única respuesta que obtuvo fue más rabia, más ferocidad, más gruñidos. Era el detonante. El circulo se cerró un poco mas. Kylan sonrió tristemente y cerró los ojos. 
<<Bien. No me dejáis alternativa>> 
Sus ojos se abrieron de nuevo y un intenso brillo dorado llenó sus pupilas. El lobo había despertado. 


























jueves, 23 de enero de 2014

La unión hace la fuerza

CAPITULO XXI


La unión hace la fuerza 






Harry observaba desde una esquina de la sala, abrazado a sus rodillas. Mia se movía de un lado para otro, recogiendo las cazuelas, los vasos y otros trastos hechos a mano y guardándolo todo en su sitio, sacudía algunas mantas y alfombras y a veces, lo miraba de reojo. De repente, encogió la nariz y un fuerte estornudo rompió el silencio de la casa con brusquedad.
- ¿Tienes frío?
- Polvo -replicó, pasándose la manga por la nariz. Ella asintió y terminó sus quehaceres. Se acercó a él, despacio y se sentó frente a él. Imitó su postura y se quedó mirándolo. Harry se sintió incómodo casi enseguida.
- ¿Qué?
- ¿Qué de qué?
- ¿Qué haces mirándome?
- Estoy esperando
- ¿Esperando a qué?
- Tú dirás. Llevas ahí sentado media hora sin hacer nada, como un perro enjaulado. Aun desconfías de mi.
- No es eso… sé que si hubieras querido hacerme daño, ya lo habrías hecho -musitó suavemente. <<Pero no me habría tocado siquiera>>, pensó con preocupación, a sabiendas de lo que era capaz.
- Entonces, ¿cuál es el problema?
- Mi problema no es tu problema
- Bueno, te he salvado de una situación peliaguda en el pueblo.
- No necesitaba tu ayuda. Ni siquiera sé como lo has hecho
- Puede que si, puede que no, el caso es que creo que merezco una explicación.
- En realidad, el que necesita y merece una explicación soy yo. No entiendo que hago aquí y por qué.
- Estás confuso
- Exacto -la miró a los ojos y Mia pudo ver la incertidumbre, la preocupación y la confusión en su mirada.
- Me gustaría ayudarte -dijo entonces, después de unos minutos.
- ¿Ayudarme?
- Si, se supone que quieres volver al lugar de donde vienes.
- Vengo de Hogwarts. ¿La conoces?
- Seria un delito no conocer la famosa escuela de magia y hechicería de Hogwarts -sonrió levemente con un asentimiento.
- ¿Cómo puedes ayudarme entonces?
- No soy maga si eso es lo que quieres saber
- No te conozco, pero no te creo -frunció el ceño. Mia sonrió de nuevo.
- Muy perspicaz, pero es cierto, no soy maga. Sin embargo, no te niego que tengo ciertas habilidades, las cuales no te desvelaré si no es necesario.
- No ayudas mucho.
- Confía en mi -se incorporó ágilmente- de momento, me gustaría enseñarte algo. Ven conmigo-. El cuerpo de Harry se movió sin previo aviso y en unos segundos ya estaba de pie junto a ella.
- Esto… si no es mucha molestia, quisiera darme una ducha
- No te va a hacer falta. A donde te voy a llevar es un poco lejos y sudarás un poco montado a caballo.
- ¿A caballo?
- Si, a caballo. Vamos -le sonrió mientras salía por la puerta. Al seguirla, la luz del sol le dañó los ojos profundamente y se vio obligado a cerrarlos fuertemente. Parpadeó varias veces y se cubrió la cara con el brazo, intentando enfocar bien. El olor del heno y del estiércol, propio de un establo inundó sus fosas nasales y frunció el ceño. Cuando se acostumbró a la luz, pudo ver la figura de dos caballos a la entrada de un establo, situado al lado de la casa.
- Te presento Hratt y a Mane -oyó decir a Mia, acariciando a uno de ellos. Eran dos caballos islandeses, de pequeño tamaño con respecto a los caballos ordinarios, pero Harry apreció la fortaleza de sus músculos. Hratt era un macho de color negro, las pezuñas, sus tobillos, la cola y parte de sus crines en la cabeza eran de color blanco, y Mane era una yegua preciosa de un suave color marrón y las mismas partes del cuerpo del macho eran de color blanco.
- Son preciosos -admitió en un susurro.
- ¿Verdad que si? son pequeños pero te sorprendería lo fuertes que son. Es como montar en una nube, es algo espectacular -deslizó su mano por las crines de Hratt con cariño- ven, acércate.
- No sé si es buena idea
- ¿No me digas que tienes miedo? -se burló de él. El joven negó rotundamente, sin embargo no se acercó al caballo. Mia susurró algo al oído del caballo, éste relinchó por lo bajo, asintió y seguidamente, avanzó hacia el chico.
- Pero ¿qué haces? -retrocedió sorprendido.
- Si tú no vas a Hratt, él irá a ti -se encogió de hombros, divertida. Harry tragó saliva, sus pies se clavaron en el césped y esperó con preocupación a que el animal llegara hasta su altura. Lo que pasó a continuación, sorprendentemente, lo hizo reír: el caballo lamió su mejilla una y otra vez, restregó su hocico en su pecho, mimoso y cabeceó varias veces, entusiasmado con el muchacho.
- Es muy cariñoso -logró decir entre las atenciones excesivas de Hratt. Mia no paraba de reír y observar la escena con diversión y alegría.
- Venga, Hratt, ven aquí, ya lo has babeado bastante, pareces un perro -lo llamó entre risas. El caballo bufó con desgana y obedeció, trotando alegremente hacia ella. Harry aprovechó para secarse la cara después de tanta saliva, y mas relajado, se atrevió a acercarse a ellos.
- No sabia que los caballos islandeses fueran tan expresivos
- Son como ponis gigantes que necesitan cariño. Como niños que buscan el calor de su madre.
- ¿Tú eres su madre? -medio bromeó, admirando el tacto con el que los acariciaba.
- Los he criado desde siempre. Son mis mejores amigos, nadie me comprende mejor -apuntó con una pequeña sonrisa y lo miró con amabilidad- ¿sabes montar a caballo?
- Bueno… tengo experiencia en escobas y en thestrals pero… ¿caballos islandeses? -negó con la cabeza, apenado.
- No te preocupes, no necesitas saber montar a caballo para montarlos a ellos.
- ¿Y eso por qué?
- Ya lo veras. Anda, ven. Monta a Hratt
- ¿Sin silla ni nada?
- No te hace falta. Deja de hacer tantas preguntas y hazme caso -le agarró la muñeca y tiró de él. Antes siquiera de darse cuenta, ya estaba encima del lomo del caballo. Se sintió muy extraño, al ser pequeño el caballo y él tan alto, la distancia de altura era mínima.
- Sólo tienes que agarrarte bien de las crines aunque… quizás no te haga falta a posteriori -añadió divertida. Chasqueó la lengua y obediente, Mane arrancó suavemente. Harry tragó saliva un momento, enredó los dedos en las crines de Hratt , respiró hondo y chasqueó la lengua de la misma forma que lo hizo ella. Esperaba un tirón brusco, un relincho desagradable o algo inesperado, pero sorprendentemente, el pequeño caballo obedeció dócilmente y respondió igual que su compañera.
Minutos después, estaba trotando a buen ritmo al lado de Mia y poco a poco se fueron alejando de la casa. El trayecto fue largo y tedioso pero mucho mas ameno de lo que Harry pudo imaginarse. Hratt era un excelente caballo, no entendía de caballos pero poseía un equilibrio envidiable, sus patas reposaban ligeras y suaves bajo la nieve y su trote era imperceptible . Realmente era cómodo y le permitió disfrutar del paisaje nevado de Islandia. No todas las zonas estaban nevadas y lo que mayoritariamente apreciaba eran valles y prados que se extendían cada vez mas y mas. Mia intentaba sacarle conversación y el tiempo pasaba rápido, le contó muchas cosas sobre Islandia, en especial donde ella vivía, Hörn. Era una de las zonas mas rurales del país, de ahí la escasez de civilización pero aquello le gustaba. No sabía si era por su otra identidad pero le encantaba sentir el aire frío en su cara y dada su alta temperatura, su cuerpo ni se quejaba. Se sentía fuerte, relajado y a gusto, tanto, que deseó, por un momento, que Hermione estuviera allí con él. Al pensar en ella, enseguida toda su expresión cambió y Mia no tardó en apreciarlo.
- ¿Estás bien? ¿ocurre algo? -le preguntó, un tanto preocupada.
- ¿Qué? -musitó con voz ronca y la cabeza en otra parte.
- Harry -lo llamó y chasqueó los dedos. Él sacudió la cabeza, parpadeó y la miró, aturdido.
- ¿Qué pasa?
- Eso querría saber yo
- No pasa nada -carraspeó para aclararse la garganta.
- Bien… -dijo sin convencerse- porque ya hemos llegado.
- ¿A dónde? -inquirió, perplejo. El tiempo se le había pasado volando y en vez de esperar respuesta, alzó la cabeza y lo que vio le dejó sin aliento. 

Sirhan agradeció enormemente la amabilidad de McGonagall en el castillo. Se permitió el lujo de quitarse toda la ropa mojada y darse una buena ducha, alejando los malos olores y la humedad del lago. Después se reunió con ella en su despacho, vestido con una túnica oscura que le venia grande pero era muy cómoda. 
- No sabes lo preocupada que estaba. Pensé que no habías recibido mi mensaje 
- Pues si que lo recibí, y he de decir que eres una mujer muy oportuna. De no ser por ese mensaje, no sé que habría pasado. 
- Quizás deberías empezar a contarme donde estabas para llegar de esa manera, hace unos minutos. 
- Bien. Ponte cómoda. No solo te voy a contar donde estaba sino que estaba haciendo allí -se pasó una mano por el pelo, se acomodó en el sillón frente a ella y procedió a relatar con todo detalle su viaje a Rusia. Conforme iba avanzando en su relato, la expresión de Minerva cambiaba poco a poco. Lo que Sirhan le estaba contando era mucho mas serio de lo que había pensado. Su amigo había ido a Rusia, persiguiendo una pista sobre los licántropos, sin embargo lo que encontró estaba lejos de la realidad. 
- ¿Guerreros ninjas? -preguntó, un poco incrédula.
- No eran ninjas exactamente, seria muy anticuado y fácil de digerir. Esta gente está muy bien entrenada y no manejan cualquier tipo de arma corriente que te puedas imaginar. Están adiestrados para enfrentarse a todo cuanto se les ponga en su camino, especialmente a mutantes que sean débiles ante la plata. 
- ¿Te hicieron daño? -se incorporó mirándolo, preocupada. 
- No, no, siéntate, estoy perfectamente bien. Mi experiencia es muy superior a la de ellos, pero no te niego que son duros, muy duros -la tranquilizó, pidiendo que se sentara de nuevo. 
- No entiendo, ¿qué tiene que ver esto con los licántropos, Sirhan? 
- Ojalá lo supiera. De hecho iba a ir a Rumania a ver si sacaba algo. ¿Te acuerdas de Nathan? 
- Si, claro que me acuerdo
- Es muy bueno en este tipo de cosas, y quizás pueda decirme algo de esta gente. 
- Nos vendría muy bien saber de que son capaces y si tienen relación con los licántropos. 
- Si. Y ahora dime, ¿para qué me querías? 
- Hace unos días, recibimos un ataque en masa de licántropos 
- ¡¿Qué?! -exclamó de repente, estupefacto- por dios, Minerva, ¿por qué no me avisaste antes? 
- Fue una emboscada, Sirhan. Manipularon a Hagrid y lo usaron como cebo para atraer nuestra atención. Cuando nos dimos cuenta, estábamos rodeados de esas bestias y se desató una batalla junto al Sauce Boxeador… 
- ¿Y…? -inquirió, impaciente.
- Y… -le tembló el labio inferior- secuestraron a una alumna-. Sirhan apretó los brazos del sillón tan fuerte, que los dedos se hundieron en su tejido ante su fuerza y tensó la mandíbula, conteniendo la ira. El sollozo de la directora no tardó en oírse y ocultó el rostro en sus manos. Él nunca la había visto tan vulnerable, o al menos no la recordaba así y eran muchos años. Lentamente, soltó los dedos del sillón y se incorporó, acercándose a ella. Comprensivo, apoyó las manos en sus hombros y McGonagall dejó que su calor la reconfortara por dentro. 
- No quiero ser frío… pero creo que deberías saber que no estamos solos -susurró en su oído, cómplice. Ella alzó la cabeza despacio, se secó las lágrimas un poco y dirigió su mirada perdida hacia el frente. 
- Si no os descubrís vosotros, lo haré yo -dijo simplemente, con calma. Se sucedió un minuto intenso y obedientes, dejaron que la capa de invisibilidad resbalara por sus cuerpos. Todos estaban allí: Hermione, Ron, Neville, Luna, George, Andrew y Katie. 
- ¿No os enseñaron en la escuela a no escuchar conversaciones ajenas? -quiso saber Sirhan, rodeando la mesa hacia ellos. 
- ¿No le ha dicho McGonagall que esa regla la rompimos hace años? -replicó Hermione sin ser grosera. 
- ¿Se está justificando, señorita Granger? 
- No, directora McGonagall, pero ya sabe que la curiosidad es muy poderosa, y muchas veces merece la pena. 
- Estoy de acuerdo contigo, jovencita. 
- ¿Cuánto tiempo llevabais ahí? 
- Yo diría que desde el principio -le respondió Sirhan, adelantándose a Hermione. 
- Queremos ayudar, directora -aportó Neville
- Ginny nos necesita y ya hemos esperado mucho -protestó Ron con seriedad. 
- No seria la primera vez que nos enfrentamos a algo serio y peligroso. Y estamos dispuestos a correr el riesgo -dijo Hermione con determinación. <<Y Harry también>> ,pensó para si. 
- ¿Sabes, McGonagall? tienes unos buenos alumnos y fuertes he de decir también. Noto vuestra conexión, la amistad que os profesáis. Y eso es de admirar, la verdadera amistad es muy poderosa. Y os diré algo más -acortó la distancia entre ellos y él y se acuclilló para estar a la altura de Hermione- podéis contar con mi ayuda para encontrar a vuestra amiga. Os aseguro que la encontraremos y volverá sana y salva. 
- ¿Podemos fiarnos de usted? -murmuró Ron, observándolo detenidamente. 
- Por supuesto. Y por favor, os lo digo a todos, llamadme Sirhan. 
- Sirhan es un amigo mío desde hace mucho tiempo, tanto que hasta cuesta recordarlo -medio bromeó, aun con la voz quebrada- y es de mi total confianza. 
- La creemos y nos alegra saber que tengamos ayuda. ¿Hay algún plan al respecto?
- En principio, vamos a ir a Rumania a ver a un amigo que nos puede ayudar.
- ¿Rumania? -se extrañó la castaña. 
- Si, Rumania. Es mi país, donde nací y crecí. Tenia pensado ir allí de todas formas, pero ya que las circunstancias son mas graves y urgentes, iremos para allá de inmediato. 
- ¿Y para qué vamos exactamente? -preguntó Ron, frunciendo el ceño. 
- Un amigo mío es experto en encontrar objetos perdidos -rió suavemente- veréis, es un tanto especial. Pero ya lo entenderéis cuando lleguemos allí. 
- De objetos perdidos a personas secuestradas hay un trecho. 
- Muy perspicaz, señorita. Pero seguro que con lo inteligente que eres, no tardarás en entenderlo -le sonrió amablemente. 
- Bueno, dejad ya de hablar tanto y poneos en marcha 
- Me haré responsable de ellos, no te preocupes, McGonagall, están en buenas manos.
- No somos niños para que nos cuiden. 
- Mmm… chaval, no tienes muchas opciones al respecto pero si quieres encontrar a tu hermana, vas a tener que hacer todo lo que yo te diga y sin rechistar. 
- De acuerdo -refunfuñó Ron mientras el aroma del colgante lo inundaba y lo tranquilizaba. 
- Bien, chicos. Salimos dentro de un rato. Preparaos y os veo abajo, ¿de acuerdo?
Los chicos asintieron conformes y desaparecieron en un segundo del despacho. Sirhan respiró profundamente y luego se viró hacia Minerva. 
- Esto no me gusta
- Lo sé, pero tienes mi palabra de que nos les pasará nada, aunque por lo que me has contado estos chicos saben lo que hacen. 
- Sólo espero que Ginny Weasley esté bien y que no le haya pasado nada. No sé que pretenderán esas bestias con ella pero me siento responsable de todo esto. 
- Tranquilízate, Minerva, arreglaremos esto. Te informaré de todo cuanto pase mientras estemos fuera, ¿de acuerdo? prométeme que estarás bien y que no harás ninguna locura. No es una orden, es un consejo. 
- Si, si, puedes irte ya 
- Bien, pues entonces me iré para dejarte sola con tus pensamientos 
- Oye, Sirhan… -lo llamó justo cuando estaba en la puerta del despacho- el otro tema del que quería hablarte es de… 
- Está bien -le sonrió con calma- estoy al tanto de la situación pero quiero que sepas que él está bien. 
- Bien, eso me alivia.
- Minerva, sabes que no hay vuelta atrás con respecto a eso, ¿verdad?
- Si, lo sé, y no sabes cuánto lo lamento 
- Sólo puedo decirte que tengas paciencia. Con el tiempo, aprenderá a controlarlo. 
- Eso espero -asintió, tamborileando los dedos en la madera. Una leve expresión de tristeza se formó en el rostro de Sirhan y salió del despacho en silencio. 


Una extensa cordillera, completamente nevada cubrió su campo de visión. El valle donde estaban se dispersó en dos direcciones, una hacia al mar y la otra hacia la cordillera; un casi invisible camino de piedras conducía hacia un pequeño bosque de árboles pequeños. Los caballos se dirigían en esa dirección. El frío se intensificó conforme se acercaban, a Harry no le molestó pero Mia se arrebujó mas en su abrigo de piel y se ajustó mejor los guantes de lana, helada. Durante el camino, el suelo fue cambiando, cada vez tenia mas piedras y era muy árido y no tardó en oír el sonido del agua: un riachuelo circulaba próximo al bosque, formando una escalera de agua que se perdía cuesta abajo. 
- Sigue el riachuelo -le indicó Mia detrás de él. El joven obedeció sin rechistar y Hratt prosiguió la marcha con brío y entusiasmo. Pronto dejaron el bosque y el riachuelo los guió hasta la misma cordillera. Su oído captó el cambio de ritmo del agua justo antes de doblar una pared escarpada y encontrarse una hermosa cascada. Embelesado, observó como el agua caía con elegancia y formaba un pequeño estanque, rodeado de vegetación adaptada a la humedad y al frío y enormes piedras, que hacían la función de proteger la cascada. 
- Es… es… es preciosa -logró decir en un susurro. 
- Si que lo es -asintió ella con una sonrisa. 
- Creo que no voy a poder resistirme 
- ¿Resistirte a qué? 
- A darme un baño -sacudió la cabeza, aturdido de repente. Era un impulso increíble el que sentía de bañarse, no sabia por qué. 
- El agua estará muy helada, ¿podrás soportarlo? 
- Me arriesgaré. Si no te importa… -se bajó de un salto de Hratt, le dio una palmada amistosa y se atrevió a descender hasta la cascada. Mia lo observó con curiosidad sin moverse de su sitio. Harry saltó una última piedra y se arrodilló frente al estanque. Su reflejo se visualizó en el agua cristalina, se quedó mirándolo un buen rato y después, sin pensarlo, se quitó la ropa y en ropa interior, se zambulló en el agua. El frío, terriblemente intenso y húmedo, penetró en su piel ardiente y tuvo que salir rápidamente porque sintió que se asfixiaba. Enseguida ambas temperaturas reaccionaron y el vapor hizo acto de presencia, empezó a tiritar de repente y se abrazó a si mismo, congelado. 
- Harry, sal de ahí, hace demasiado frío, cogerás pulmonía o hipotermia. ¡Sal! -lo llamó Mia, preocupada y un poco asombrada de lo que había visto. No necesitó que se lo dijera dos veces y nadó hasta el escalón de piedra, apoyó las manos y subió de un salto. Se pasó una mano por el pelo y esperó a que el frío se pasara, temblando. Jadeó varias veces, tranquilizó a Mia con un gesto de la mano y observó el agua evaporada un segundo. El calor corporal pronto se recuperó y suspiró de alivio, su mente recordó entonces aquella vez cuando rescató a Angelina del lago negro y como Hermione había llegado hasta él con una manta de piel para el frío. Su corazón empezó a latir con mas fuerza al pensar en ella y al observar el estanque, las oscilaciones del agua cambiaron y algo captó su atención en el fondo. Sus miembros respondieron al impulso y volvió a hundirse sin importarle el frío. Abrió los ojos y nadó hacia abajo, todo lo que le permitió la profundidad del estanque. Los débiles rayos del sol se reflejaban en la blanca superficie lleno de escombros, alineados perfectamente; de repente, los rayos se deslizaron unos con otros y formaron el rostro de Hermione. A partir de esa imagen, toda una galería de imágenes luminosas se sucedieron una tras otra, penetrando en su mente sin parar. Que belleza, su sonrisa, sus ojos, su piel, su cabello rubio, era tan hermosa que las lágrimas afloraron en sus ojos, imperceptibles bajo el agua y parpadeó varias veces, emocionado. La extrañaba muchísimo. Tan prendado estaba que no se dio cuenta del cambio tan brusco de luz y de repente, una sombra inundó su visión y unos grandes ojos verdes lo miraron y creyó oír un aullido escalofriante en todo su ser, tragándose la imagen de su amada. Quiso gritar y su boca expulsó todo el aire que había aguantado, por lo que tuvo que impulsarse hacia arriba y salir con rapidez de aquella espantosa visión. Casi chocó con violencia contra Mia, que lo esperaba preocupada en el escalón de piedra, acuclillada. 
- ¡Harry! - se apartó a tiempo de evitar la colisión- ¿qué pasa? 
- ¿Qué haces aquí? -dijo con voz ronca, alejándose. Sentía el corazón muy acelerado y sus músculos estaban tensos. 
- Estaba preocupada porque no salías. ¿Estás bien? -quiso acercarse para ayudarlo. 
- No te acerques -le advirtió. Mia insistió pero entonces se escuchó un ruido por encima de ellos y los oídos de Harry se movieron, alerta. Una hilera de pequeñas piedras descendió hacia ellos, sin peligro. 
- ¿Pero qué…?
- Espera aquí -le ordenó en voz baja. Y con agilidad, trepó por la pared rocosa hasta alcanzar la parte superior y escrutó la zona. No vio a nadie y frunció el ceño, había oído algo, estaba seguro de eso. Bajó un pie para apoyarlo en una roca y observó mejor, sólo había piedras y suelo empedrado cubierto de nieve y algunas plantas. Sin embargo, sentía que había alguien allí, lo percibía, todo su cuerpo estaba en tensión y ardía, enfrentando a la gélida brisa… y no había nadie. Era extraño, su mirada se desvió hacia la izquierda y fue entonces que apreció algo inusual en la nieve: había sido removida. 
- Harry, baja ya, por favor -lo distrajo la voz de Mia.
- Creo que he encontrado algo
- Aquí no hay nadie, seguramente ha sido algún animal. Tenemos que irnos.
- Un momento 
- He dicho que bajes. Es en serio -lo apremió con cierto nerviosismo. Algo en su interior se revolvió salvajemente y la fulminó con la mirada. Un destello amarillo brilló en sus ojos, dio un leve salto hacia el otro lado y se dejó caer a su lado. Ella no tardó en detectar el crecimiento de su ferocidad dentro de él, pero se mantuvo firme. 
- Ya estoy aquí, ¿estás contenta? -gruñó entre dientes. 
- Si. Vámonos -le pidió, dándole la espalda para subir donde estaba los caballos. 
- Yo no estoy contento -la cogió por el brazo para su sorpresa y la giró bruscamente hacia él- no me gusta que me den órdenes, ¿sabías? 
- Harry, suéltame 
- ¿Quieres que te suelte? ahí había algo o alguien, no sé qué o quién, pero tus aires de autoridad no me agradan 
- Cálmate, no estás siendo racional, y me estás haciendo daño -añadió sintiendo la fuerza de sus dedos en su piel. 
- ¿Y qué pasa si no quiero irme? 
- No estás en derecho de exigir nada, estás aquí perdido en la nada, y yo soy la única en la que puedes confiar, te guste o no. Y ahora, ¡suéltame! -se deshizo de su agarre con esfuerzo y retrocedió unos pasos. El joven apretó los puños, su mandíbula se resintió dolorosamente y el vello empezaba a salir por su espalda, moreno y peludo. 
- Vete… -logró murmurar después de un intenso silencio de cinco segundos. 
- ¿Qué…?
- Mia, vete, ¡ya! -gruñó, doblándose y aferrándose a su estómago. Sin rechistar, obedeció, aunque a regañadientes, y ascendió rápidamente hacia los caballos, montó en Mane y ordenó a Hratt que saliera galopando. Harry gimió y se cayó en el escalón de piedra mientras las contracciones aumentaban de intensidad y su cuerpo sufría cambios. Alzó la cabeza y Mia vio el animal que anidaba en el fondo de sus ojos, de su ser. Chasqueó la lengua y desapareció de la vista del chico.  




En media hora aproximadamente, los chicos ya estaban preparados en la entrada del castillo con sus zurrones, excepto Hermione que llevaba un bolso colgado al hombro. Sirhan no tardó en aparecer en el claro, bien vestido con una camisa holgada de color gris apagado y unos pantalones vaqueros. 
- Veo que os habéis dado prisa. Me gusta la eficiencia -comentó, reuniéndose con ellos- espero que estéis preparados. Llegaremos en un momento. Acercaos. 
Todos obedecieron, extendieron las manos y las juntaron con la de Sirhan. Hermione sujetó algo en su cuello con fuerza. 
- Adelante -murmuró para si. 
- ¿Listos? Respirad hondo -les aconsejó. Unos segundos después, todo dio vueltas, sintió como su cuerpo era succionado, cerró los ojos, pensando en otra cosa y el rostro de Harry se dibujó en su mente, sonriéndole. El tiempo se detuvo. 
- Hermione… Hermione… -sintió que alguien la llamaba. Abrió los ojos y se encontró con el rostro de Ron. 
- ¿Ya hemos llegado? 
- Si, ¿estás bien? 
- Si, no te preocupes.
- ¿Te has mareado, Granger? -bromeó Sirhan. 
- Estoy bien -insistió. Cuando se recuperó, pudo observar a su alrededor. Estaban en un pequeño parque con árboles semejantes a los de Navidad, con ramas puntiagudas, y una torre blanca y azul celeste con un reloj que marcaba la una y media. 
- ¿Dónde estamos? -preguntó Neville, exponiendo la duda común de todos. 
- Como os dije antes, en Rumania, bienvenidos a Braila -sonrió. Se alegraba de estar en su pais. 
- Nunca había estado en Rumania -dijo Ron, extrañado con el nuevo ambiente. 
- Yo si he estado -apuntó Luna con una sonrisa.
- ¿Ah si? -alzó una ceja Sirhan. 
- Si. Mi padre solía venir aquí a investigar criaturas fantásticas. Yo le ayudaba 
- Eso es muy interesante. Y he de decir que tiene buen gusto -asintió, convencido. Salieron del parque y se adentraron en la ciudad casi de inmediato. Hacia un frío espantoso. Todo estaba cubierto por una fina capa de nieve y la humedad entraba en los huesos. Por fortuna, los chicos iban bien abrigados con prendas de piel y camisas térmicas y Sirhan se bastaba con lo que llevaba. 
- Oye, ¿tú no tienes frío? -tartamudeó Katie, metiendo las manos en los bolsillos.
- No, señorita, no tengo 
- Eso es imposible
- Créeme que no -rió suavemente y sus dientes blancos asomaron a la luz. Hermione no pudo mas que fijarse, ese hombre era extraño y transmitía algo que no sabría decir qué era. Pero era amigo de McGonagall y ella confiaba en él. Era la única persona con la que podían contar si querían recuperar a Ginny y saber dónde estaba. Las carreteras estaban libres de nieve y los coches circulaban por doquier, a esa hora los trabajadores volvían de sus centros a sus casas y los pitidos se escuchaban junto al chirrido de las ruedas en el asfalto. Caminaron mucho entre calles, esquinas y muchos edificios. Los chicos estaban de acuerdo en algo, y era el hecho de que Braila era una ciudad concurrida y activa, modernizada y semejante a muchas otras ciudades conocidas en Europa. Sirhan les contó por el camino que Braila era la capital del distrito con el mismo nombre, al noroeste de Valaquia, el este de Rumania. Se consideraba una ciudad importante, dado que su puerto estaba junto al río Danubio. Casi toda la mercancía que entraba y salía se efectuaba en ese puerto, era un gran punto de comercio en aquella zona. Los edificios fueron dispersándose poco a poco y se alejaron un poco del perímetro de la civilización, cogieron el desvío de una carretera y el olor dulce del agua llegó a sus fosas nasales. El río no estaba lejos, pero no caminaron en su dirección. Sirhan los condujo casi al descubierto por varias calles peatonales a buen ritmo. 
- ¿Queda mucho para llegar? ¿nos hemos perdido? -quiso saber Andrew. 
- Estamos llegando -se limitó a decir. Y era cierto. Al fondo del camino, observaron la fachada de un edificio un poco estropeado, semejante a un enorme garaje abandonado. La puerta estaba abierta y mientras la distancia era acortada, varias figuras empezaban a tomar forma ante sus ojos. 
- ¿Es ahí? -frunció el ceño Neville.
- Esperad aquí -les indicó, sin detener su marcha. Los chicos obedecieron y aflojaron el paso, observando como se alejaba. Las personas del garaje, que parecía mas un taller, alzaron la cabeza cuando vieron al recién llegado y dejaron sus tareas. 
- Buenas tardes -saludó educadamente- siento molestarles. Busco a Nathan Kamel. ¿Sabéis dónde puedo encontrarle? 
- Nathan Kamel, ¿dices? -interrogó un hombre de pelo largo recogido en una coleta, limpiando una llave inglesa. 
- ¿Quién eres? -preguntó otro quitándose una especie de gafas, con la frente manchada de aceite y unos guantes negros en lamentables condiciones. 
- ¿Sabéis dónde está o no? -insistió suavemente. Sin duda aquel garaje servia de taller mecánico y todos parecían estar ocupados con dos coches: un seat y un renault. El modelo le era indiferente. 
- ¿Qué ocurre aquí? -se oyó entonces una voz tranquila y con un ligero matiz ronco. Los ojos dorados de Sirhan se dirigieron hacia el dueño de esa voz y apareció un hombre delgado y musculoso con una camisa azul y unos vaqueros rotos, retirando la suciedad de sus manos con un paño. 
- Busco a Nathan Kamel. Pero parece que nadie quiere ser amable hoy. 
- Que maleducados sois, chicos. A los clientes se les trata siempre bien 
- En realidad no soy ningún cliente. Sólo busco a esa persona, nada mas.
- ¿Y para qué quiere saber tal cosa? -se hizo paso entre sus compañeros hasta llegar al visitante. Una media sonrisa se dibujaba en su rostro y su pelo oscuro con ciertos cabellos rubios se apreciaban débilmente ante la luz del sol. 
- Creo que mis asuntos no le incumben. ¿Va a ayudarme o no? 
- Eso depende 
- ¿De qué?
- De lo que esté dispuesto a ofrecer por saber dónde está
- No tengo dinero encima ahora mismo 
- No hablo de dinero -lo miró seriamente a los ojos. 

- ¿Por qué tengo la sensación de que esos hombres no me transmiten confianza? esto se alarga -comentó Ron, frustrado. 
- Estoy de acuerdo contigo -musitó Hermione, observando atentamente la escena. 
- Este sitio es muy extraño -hizo una mueca Andrew.
- Y esa gente también -apuntó Katie
- Vamos, chicos, en realidad no está nada mal -bromeó George, aligerando el ambiente. 

- Entonces, ¿qué es lo que quieres? -mantuvo la mirada desafiante y una sonrisa arrogante. Por el rabillo del ojo, observó el movimiento de sus hombres y algo le dijo que no era muy bien recibido. 
- Eso tendrá que averiguarlo -dijo con simpleza. Justo cuando finalizó la frase, uno de los mecánicos que estaba a su izquierda extrajo una varita de su chaqueta y lo apuntó, formulando un hechizo. Pero al mismo tiempo que articulaba las palabras mágicas, otra persona hacía lo mismo y la varita salió disparada de sus dedos. El hombre de la camisa azul frunció el ceño y achicó los ojos, extrañado. Sirhan sonrió. 
- Se me había olvidado decirle que no venia solo -susurró con un timbre feroz. Y seguidamente, extendió la palma de su mano derecha y lo golpeó justo en el esternón, propulsándolo hacia atrás con violencia. 
- ¡Vamos! -gritó la voz lejana de Hermione con la varita en su mano.   Ron, Neville, Katie, Luna, George y Andrew reaccionaron y corrieron hacia el taller mientras extraían sus varitas. 
- Ocupaos de los mecánicos. Yo me encargo del jefazo rubio -les dijo con picardía y entusiasmo por la batalla. Su ataque había mandado a su rival varios metros hacia atrás, derribando maquinaria, uno de los coches, mesas e incluida la pared del fondo. Sorteó a un par de hombres y salió por el otro lado del edificio. El hombre rodó por el suelo con restos de nieve y se incorporó rápidamente de un ágil salto. 
- Directo y preciso. Me gusta -comentó como si nada y sin un rasguño en su cuerpo. 
- No has visto nada -sonrió, echando por la borda las formalidades. Él le invitó con un gesto de la mano y Sirhan aceptó. 

Eran quince mecánicos contra ellos que eran siete. Algunos de ellos eran magos pero otros se transformaron en animales, como si fueran animagos, manipularon herramientas del taller y uno, en particular, absorbía la luz del sol y la usaba como arma para atacarlos. Entre todos intentaron ayudarse, coordinando sus movimientos y sus hechizos y la batalla aumentaba de intensidad. Pero de repente, todo se vio interrumpido por un estruendo horrible y el taller sufrió la avalancha de dos nuevos participantes, Sirhan y el otro hombre de camisa azul. Ambos rivales se separaron al chocar contra el suelo y dividieron a los mecánicos y a los chicos abruptamente. Se levantaron casi de inmediato, se miraron un momento y de un salto, se enfrentaron con mucha fuerza. Una onda de choque se creó en la colisión y todos los presentes se echaron hacia atrás en contra de su voluntad. Un tenso silencio se formó y ambos hombres se permitieron el lujo de darse un respiro fugaz. Alzaron la mirada al mismo tiempo… y justo después empezaron a reírse, con alegría y diversión. La confusión se despertó en Hermione, Ron, Katie, Andrew, Neville, Luna y George, en cambio, los mecánicos sacudían la cabeza con una sonrisa, quitaban la suciedad y la nieve de sus ropas y se levantaban con ligereza. 
- Vaya, Sirhan, tengo que reconocerlo. Ha sido alucinante 
- Tú no has estado nada mal, amigo mío. Me alegra saber que no has perdido facultades. 
- Por favor, me insultas. Te hago muy bien la competencia.
- Anda, ven aquí -le pidió, feliz. Se apretaron las manos y se fundieron en un gran abrazo fraternal. 
- ¿Se puede saber qué diantres pasa aquí? -exigió Ron, cabreándose por momentos. Todos se levantaron y contemplaron la escena con perplejidad. 
- No tengo ni idea -farfulló Neville. 
- Cálmate, pelirrojo. Ahora te explico -rodó los ojos con paciencia, mientras se separaba de su amigo. 
- Veo que traes compañía. Tiene que ser importante. Yo también tengo mucho que contarte. Me alegra verte aquí 
- Faltaría mas -palmeó su hombro- vamos, chicos
- ¿Puedes explicarnos qué pasa, Sirhan? -pidió Hermione, un poco mosqueada con el suceso. 
- Por supuesto. Todo a su tiempo. Seguidme -hizo un gesto con la mano. Obedecieron con resignación y el amigo de Sirhan los guió al taller, algo destrozado por la breve pelea.
- Subid a esta plataforma. Shine os guiará. Nos veremos en un rato -les indicó con amabilidad. El guía era el chico que controlaba la energía luminosa. Tenia el pelo rubio en cresta y parecía muy joven. Entró con los visitantes, tecleó algo en la pared, murmuró unas palabras y la plataforma vibró bajo sus pies. En unos minutos, estaban bajando unos pisos y conforme el tiempo pasaba, las paredes se estrecharon, la plataforma sufrió un temblor y empezó a transformarse en otra plataforma de acero plateado, adaptada al tubo por donde descendían. Cuando el ascensor no pudo bajar mas, Shine salió primero y el resto lo siguió. Se sorprendieron, excepto Sirhan, con lo que vieron. Se trataba de una base de operaciones bajo tierra. La tecnología era la justa y necesaria para moverse por las redes con soltura, rapidez y eficiencia, y por supuesto, haciendo uso de la magia. Sin embargo, el personal era reducido. No parecía haber mas de treinta personas en esa base. 
- Bienvenidos a mi base de estrategia y combate -anunció con gentileza el amigo de Sirhan- ahora si, dejad que me presente. Me llamo Nathan Kamel. 
- ¿Así que éste es el hombre que estabas buscando?
- Exacto, Hermione. 
- ¿Y por qué habéis montado todo ese numerito arriba? 
- Es una broma nuestra desde hace tiempo -explicó Nathan con una media sonrisa- siento la confusión pero normalmente no tenemos invitados. 
- Es cierto, pero admite que ha estado genial 
- Sin duda alguna -coincidió. Para estar bajo tierra, la base estaba bien iluminada y las paredes rocosas permitían almacenar el calor a una temperatura óptima y agradable, tanto, que los chicos empezaron a sentirlo. Entraron en una sala amplia y privada con una mesa alargada llena de papeles, un mapa holográfico de la Tierra, una estantería con libros y un mueble con cajones. 
- Bien, aquí podremos hablar con tranquilidad, sin que nos molesten. 
- Antes que nada, quiero presentarte a los chicos. Son alumnos de Hogwarts. Te acuerdas de McGonagall, ¿verdad?
- Por supuesto que si. 
- Hermione Granger 
- Ron Weasley
- George Weasley
- Luna Lovegood
- Neville Longbottom
- Katie Bell
- Andrew Kirke
- Mucho gusto en conoceros, chicos
- Ahora vayamos a lo importante. Supongo que estarás al tanto de lo que pasa con los licántropos, ¿cierto? 
- Me pegaría un tiro si no lo supiera, Sirhan. Ya me conoces
- Por eso precisamente he venido. Necesitamos tu ayuda en un asunto urgente
- ¿Necesitamos? ¿te refieres a ellos? 
- Mi hermana ha sido secuestrada por esas bestias y no sabemos donde están -intervino Ron con ira contenida. 
- Eso es terrible, ¿cómo pudo pasar? 
- Sufrimos una emboscada en plena noche -explicó Hermione. 
- Luchamos y nos defendimos, pero capturaron a Ginny, nuestra hermana. No sabemos si está viva o… -calló de repente, sin terminar la frase. Sus expresiones eran palpables, de preocupación, rabia y una pequeña esperanza. 
- Ya entiendo. ¿Y sabéis por qué razón han hecho tal cosa? 
- No lo sabemos, y tampoco es que nos importe. Sólo queremos salvarla. 
- Tú eres el único que ha seguido tan de cerca a esos indeseables. Podrías ayudarnos 
- No es tan fácil, Sirhan. Pero te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para encontrar a esa chica. Si con suerte, sigue viva, los encontraré. 
- Haz lo que puedas, estoy seguro de que lo conseguirás. Tienes mi apoyo. 
- Me gustaría hablar contigo un momento a solas, si no importa claro -miró a los chicos con disculpa. 
- Esperaremos fuera -dijo la castaña, comprensiva. 
- Hay habitaciones donde podéis alojaros. Shine y Keith os acompañarán -esperó a que se fueran y luego miró a Sirhan con seriedad- esta situación es mucho mas grave de lo que parece. 
- Ya puedes ir contándome
- Tendrás que complementar la información que poseo con la tuya. Podría ayudarnos bastante. 
- Haré lo que pueda -tomaron asientos los dos. Y procedieron a contarse todo lo que sabían de los licántropos. 


En su nueva habitación, pequeña y acogedora, con una cama, mantas y una mesa de noche con lámpara, Hermione no estaba tranquila. Sentía que estaba inmersa en algo a lo que no estaba preparada. Ni siquiera sabía si esa palabra era correcta para describirla, pero se sentía así. Sacó el colgante que yacía en su cuello y lo observó a la tenue luz de la lámpara, que había encendido. Sabía lo que tenia que hacer y no dudaría en ejecutar su plan. Era demasiado importante para ella.