CAPITULO XX
Sirhan Leonid
Todo era confuso y difícil de procesar. Creyó que se movía, si, parecía movimiento lo que sentía. Pulsaciones, continuas pulsaciones que golpeaban su cerebro sin cesar, era pesado, muy pesado. Sintió su respiración, mas bien un jadeo, el aire saliendo de dentro a fuera, de dentro a fuera, mientras su pecho subía y bajaba. Sus párpados quisieron reaccionar ante tanto estímulo, pero era incapaz de ver nada, era como si una tupida niebla se hubiese instalado en sus pupilas, impidiendo que pudiera enfocar con nitidez. Entonces sufrió una sacudida por todo su cuerpo, no la recibió con brusquedad ni siquiera era violenta, pero sus sentidos fueron lo suficientemente receptivos como para que experimentara una nueva sensación: dolor. Un dolor intenso, mezclado con el escozor familiar de una herida, una herida que no sabia donde estaba, pero que sentía que estaba abierta y dolía. Una gota de sudor resbaló por un mechón de su pelo y cayó justo en la zona dañada, entonces sus ojos se abrieron de par en par al mismo tiempo que una voz se colaba en sus oídos con la fuerza de un trueno. Una voz femenina.
- ¡Ron! -gritó Hermione, sacudiendo su hombro y palpando su mejilla intacta- ¡Ron, despierta, por dios! ¡Ron!
- ¿Hermione? -musitó con voz pastosa, aturdido y desorientado. Luchó por volver a la realidad y por fin logró que sus ojos enfocaran un poco más. El rostro y el cabello rubio de su novia ocuparon su visión en cuestión de segundos.
- Ron… -volvió a llamarlo, preocupada- menos mal que estás bien
- Hermione… Ginny… -murmuró, cansado. Parecia que deliraba.
- Shhh, tranquilo, tranquilo. Está bien -susurró, colocando una mano en su pecho cuando vio sus intenciones de levantarse.
- ¡Hermione! -la llamó Katie, aproximándose rapidamente- ¿ha despertado?
- Está confuso, acaba de abrir los ojos
- ¿Qué pasa? ¿qué ocurre? -farfulló, aferrándose al brazo de ella con fuerza.
- ¿Dónde está George? llama a Irene -le pidió la castaña, nerviosa. Katie asintió, obediente y en cuestión de unos minutos, Irene y George llegaron a su lado.
- Ron -murmuró su hermano entre aliviado y preocupado.
- ¿Cómo están las cosas ahí fuera?
- McGonagall te necesita Hermione, Neville tiene ciertos problemas para controlar al Sauce. Está desbordado y además se está encargando de Hagrid.
- Voy para allá -besó la frente del pelirrojo- vuelvo enseguida.
- ¡Hermione! -medio exclamó Ron, alargando la mano para alcanzarla.
- Tranquilo, tranquilo, estoy yo aquí
- Y yo también -aportó Katie, sentándose en un lado de la cama.
El exterior parecía un vertedero de cadáveres de licántropos y personas, no eran muchos pero si los suficientes para que se te pusiera la piel de gallina. Olía a quemado, a peste de lobo y maleza y hacia frío, mucho frío, quizás demasiado. Con el corazón acelerado, Hermione llegó trotando donde estaba Neville, que parecía tener serios problemas para tranquilizar al Sauce. A pesar de que los hachazos habían cesado, éste no paraba de manotear con sus bulbosos brazos llenos de espinos y sus quejidos, semejantes a rugidos, provenían desde lo más profundo de sus raíces. Estaba realmente dañado.
- ¡No puedo! diantres, está muy dañado. Ni siquiera mis conocimientos pueden ayudar
- Quizás tus hechizos tienen poca intensidad. El Sauce es muy grande y alto -jadeó la castaña.
- ¿Qué sugieres?
- Déjame pensar -murmuró y su cabeza empezó a dar vueltas y vueltas para encontrar una solución- se me ocurre una, tal vez
- ¿Cuál?
- Es arriesgado. Es un hechizo que no he usado nunca pero creo que es la única manera de curar al Sauce. Necesito ayuda.
- ¡Cuidado! -avisó Neville y ambos tuvieron que agacharse para evitar el impacto de uno de los brazos. Se incorporaron, jadeantes- vale, vale, vamos a intentarlo. Me fío de ti. ¿Qué quieres?
- Distraelo. Necesito concentrarme.
- De acuerdo. Haré lo que pueda -asintió enérgicamente. Los nervios y la adrenalina que recorrían su cuerpo, se notaban a kilómetros pero estaba decidido.
- Bien. Vamos allá -asintió también, dispuesta. Se dividieron, uno en cada extremo del Sauce, con precaución. A una señal, Neville empezó a hacer gestos, a gritarle, cualquier cosa que pudiera llamar su atención, al mismo tiempo que Hermione intentaba controlar los latidos de su corazón y el ritmo de su respiración y así, acumular energía para el hechizo. Normalmente era fácil para ella aprenderse hechizos y manejarlos con soltura, pero éste era especial, necesitaba una gran concentración y sensibilidad para poder ejecutarlo bien, sin riesgos. Suspiró y se irguió, mirando fijamente al Sauce y alzó la varita despacio, concentrada. La magia de su cuerpo aumentó de velocidad, mas y mas y cada vez mas. Las palabras salieron de su boca automáticamente, sin pensar, con firmeza y claridad:
- ¡Agro vitam! -sacudió la varita y apuntó hacia las raíces del árbol. De la punta brotó una luz blanca que se proyectó velozmente, fluyendo por el suelo y lentamente ascendió, cubriendo el Sauce como si de una manta protectora se tratase. De repente, el Sauce dejó de agitarse, bramó un momento y luego se calmó, recibiendo aquella sensación tan refrescante y limpia. El hechizo empezó a hacer mella en las fuerzas de la joven, el sudor se formó en su frente y empezó a resbalar por su rostro y entonces ocurrió algo extraño. La luz se volvió un poco mas intensa, cegándola y se introdujo en la pupila de sus ojos. Un dolor intenso la avasalló sin piedad y a punto estuvo de soltar la varita por recibir aquella punzada, pero logró recuperarse. Sin poder hacer nada para evitarlo, soportó aquel dolor, aquella angustia, ese sufrimiento y…. miedo. Si, era miedo… atónita, Hermione alzó la cabeza hacia el Sauce. Todo lo que estaba sintiendo… provenía de él, todo ese sufrimiento y ese miedo, era de él. Sus rodillas flaquearon y la varita resbaló de sus dedos, pero pudo apreciar el efecto del hechizo. La luz blanca regeneró al Sauce desde dentro, calmó su agonía y cicatrizó las marcas de los hachazos, con un suspiro, la luz se difuminó y desapareció.
- ¡Hermione! -oyó la voz de su amigo a lo lejos. Estaba agotada y le costaba un poco respirar. Había conseguido que el hechizo funcionase pero ahora entendía por qué era tan complicado. Suspiró.
- Ya puedo levantarme
- ¿Estás seguro?
- Si, si. Echadme una mano -pidió Ron, ofreciendo sus brazos. Katie y George obedecieron y suavemente lo sentaron en la cama.
- No tienes buen aspecto -observó la chica, apenada
- ¿Por qué lo dices?
- Déjalo, Kat, eso no es importante
- Pero…
- Por favor, Kat…
- ¿Qué ocurre? -los miró alternativamente a ambos. Una leve punzada de escozor volvió a surgir y por acto reflejo, se llevó los dedos a la mejilla izquierda. Notó la piel áspera, arrugada y caliente como si tuviera una marca- ¿qué…?
- Yo que tú no la tocaría -le aconsejó George con una ligera mueca de desagrado en los labios.
- Esto… esto es… -musitó lentamente y entonces recordó su encuentro con ese monstruo que se había llevado a Ginny, había intentado detenerlo pero salió herido. Aquella marca debían ser de las garras de ese licántropo cuando le atacó- un espejo, ¿dónde hay un espejo? traemelo.
- Ron, no creo que…
- ¡He dicho que me traigas un espejo! -exigió, fulminándolo con la mirada.
- Vale, vale, tranquilizate -tragó saliva, palpando su rodilla- ya voy
- Ron…
- ¿Te quedas con él? -miró a Katie que asintió con la cabeza y se levantó. Ron apretó la mandíbula y no dejó de rozar su mejilla dañada con los dedos, con cuidado, temeroso de que se abriera la herida y brotara sangre. Un rato después, George volvió con un espejo de mano.
- ¿Estas seguro de que…?
- ¡Dame el espejo y cállate! -lo interrumpió con brusquedad, arrebatando el espejo. Su reflejo le impactó sorprendentemente. El chico pelirrojo que se apreciaba en el espejo no parecía ser él, su piel estaba sucia, pálida y llena de rasguños, sus mechones rojos estaban desordenados por todas partes, proporcionando un aspecto bastante pobre y sus labios estaban secos y cubiertos de costras. Tragó saliva cuando observó con detenimiento el lado izquierdo de su rostro, su mejilla presentaba cuatro franjas indefinidas de unas garras afiladas, la sangre estaba casi seca y brillaba débilmente bajo la luz de la enfermería. Su inflamación le daba un aspecto de deformidad que le dio asco y repulsión y sintió la ira hervir en su interior.
- ¿Ron? -intentó llamar su atención su hermano.
- ¡Ahhhhhhh! -gritó de pronto, con furia y lanzó el espejo con energía a la otra punta del cuarto. Éste se rompió en pedazos contra la pared, sobresaltando a los enfermeros y a todo aquel que estuviera cerca de la enfermería.
- ¡Ron!
- ¡Largaos! no quiero ver a nadie
- Pero…
- ¡¡Fuera!! -vociferó con más fuerza. Katie salió despavorida, asustada y George la acompañó con gran preocupación, sin dejar de mirar la cama donde se encontraba Ron.
Se llevó las manos a la cara y ahogó otro grito de frustración e impotencia, una mezcla de sensaciones tan compleja que solo se centraban en el secuestro de su hermana, y encima ahora su cara no era la misma. La enfermera quiso atenderlo, debido al ruido pero se negó rotundamente y también la echó, quería estar solo y si era necesario hundirse en su propio dolor.
- ¿Ron? -escuchó una dulce voz desde la puerta, al fondo del pasillo.
- No quiero ver a nadie -espetó sin molestarse en reconocer al propietario o propietaria de esa voz.
- Queria saber cómo estabas
- He dicho que no quiero ver a nadie. No estoy en condiciones de hablar, ¿queda claro? -se giró hacia el otro lado de la cama, dando la espalda a la entrada.
- Vale, Ron. Entonces me llevaré el chocolate caliente que te he traído. No te preocupes
- ¿Chocolate caliente? -se interesó de repente, entre timido, sorprendido e inocente. Le encantaba el chocolate caliente y si además tenia nata montada por encima, se volvia loco.
- Si. Lo he hecho especialmente para ti. Pensé que te apetecería -prosiguió esa voz tan dulce y serena. Ésta vez, Ron la reconoció.
- Por favor, entra -volvió a moverse y se colocó boca arriba. Con paciencia, observó la figura de Luna semioscura en el pasillo, acercándose. Ella lo miró y le brindó una cálida sonrisa mientras tomaba asiento en la cama con suavidad.
- Ten cuidado, está un poco caliente -susurró, tendiéndole una taza humeante de chocolate bajo un soporte de plástico.
- Gracias -se incorporó un poco y la sostuvo con delicadeza. Sopló varias veces y probó un pequeño sorbo, la lengua se quejó un poco pero estaba bien.
- ¿Está bueno?
- Si -murmuró. Dio otro sorbo y lo dejó en la mesa de noche. Tardó en hablar- yo… no sé cómo… es que…
- No tienes que decir nada, Ron. Lo entiendo -lo tranquilizó la joven, sabiendo lo que intentaba. Él no era bueno a la hora de disculparse, era orgulloso y le costaba mucho calmarse y pedir perdón.
- No lo entiendes en realidad
- Entiendo que te sientas diferente -especificó con suavidad- tienes una fea cicatriz en la cara y eso no te gusta.
- Parezco un monstruo -murmuró con furia contenida.
- No digas eso. Tú no eres así
- Es posible que me quede toda la vida con esta… con esta marca. Es horrible. Parece que tengo un lado de la cara deformada.
- Si te soy sincera, no le veo nada malo
- ¿Estás loca?
- Suelen decirmelo, pero no me molesta -se encogió de hombros con sencillez.
- Quizás deberías escuchar mas -farfulló con intención de hacerle daño.
- Que me digan que soy loca, no define quien soy, Ron -susurró ella sin inmutarse. Llevaba toda su vida acostumbrada a que la criticaran, a que la tacharan de un estilo de persona y que luego fuera de otra, y a tantas otras cosas que había perdido la cuenta.
- Pero eres tan…
- ¿Diferente? -terminó por él con una sonrisa- es el adjetivo mas adecuado para definirme posiblemente. Ron la miró. Resultaba tan fácil hablar con ella, tan tranquila, no perdía la calma nunca y pensar que antes ni se dirigían la palabra.
- Empiezo a darme cuenta… -dijo por fin tras observarla unos segundos.
- No quiero que pierdas tu tiempo. Espero que disfrutes del chocolate y que te sientas mejor -se incorporó de la cama, le sonrió y caminó por el pasillo hacia la entrada, se detuvo a medio camino- por cierto, Hermione ha estado preguntando por ti. ¿Quieres que la llame?
- No… es muy tarde. Dile que mañana por la mañana -respondió y ella asintió conforme. Ron dudó pero antes de que ella se fuera definitivamente, la llamó- ¿Luna?
- ¿Si, Ron? -se apoyó en el marco de la puerta para mirarlo desde lejos.
- Gracias -pudo decir con suavidad. Luna sonrió y sus ojos brillaron cálidamente.
- Descansa, Ron -le deseó de corazón y cerró la puerta.
El sillón de terciopelo se hundió bajo el peso de la directora con pesadez. Menuda noche, no recordaba la última vez que había pasado una noche tan ajetreada, tensa y complicada. Bueno, quizás si, pero hace mucho mucho muchísimo tiempo. Un largo suspiro brotó de sus labios mientras dejaba su sombrero de pico y masajeaba sus sienes. Estaba exhausta. Sus huesudos dedos temblaban y a pesar de su atuendo, los escalofríos eran terribles. Después de la intensa y corta batalla contra esas bestias, había tenido que encargarse de Hagrid y había sido mucho mas duro de lo que esperaba. Fuera quien fuese que lo controló, poseía un gran poder mental y había sido cuidadoso en cada una de sus acciones, pero afortunadamente logró sacar a Hagrid de aquella cárcel en la que estaba encerrado. El esfuerzo invertido provocó que sus fuerzas disminuyeran considerablemente. Iba a necesitar un buen descanso para recuperarse, algo que ahora mismo no podía permitirse por nada en el mundo. Una alumna había sido secuestrada y su deber como directora era encontrarla. Aquella situación había ido demasiado lejos, ya no podía seguir ignorando el peligro que se desataba. Hogwarts corría ese peligro. Una vez mas. No podía hacerlo sola, necesitaba ayuda. Y sabia a quién podía pedirsela. Su mirada se enfocó entonces en una diminuta bolsa de cuero , reposada en un mueble, cerca de la ventana. Se incorporó y se acercó, mirándola fijamente y la tomó en la palma de su mano. Era muy ligera. Las palabras de Sirhan pulularon en su mente: <<Si necesitas mi ayuda, no dudes en utilizarla. Estaré a tu lado en el menor tiempo posible>>. Y ella no dudaba de sus palabras, nunca le había dado motivos para hacerlo. Era el amigo en quien mas podía confiar y nunca le había defraudado. Con suavidad, dejó la bolsa en el suelo y esparció los polvos dorados que contenía dentro. Extrajo su varita y lentamente, los polvos se removieron y empezaron a ascender en forma de remolino hasta llegar a su altura. Murmuró unas palabras mágicas al mismo tiempo que las escribía, que decían: Veni, amice mai, y con un delicado soplo, las palabras se difuminaron en el aire, traspasaron la ventana y desaparecieron en la oscuridad. Esperaba de corazón que Sirhan recibiera el mensaje a tiempo.
Perm, Rusia
El impacto contra la pared fue tan fuerte que parecía el sonido de un trueno al llegar contra el suelo, producto de una tormenta. Lo sujetó bien de la solapa y lo lanzó varios metros por el aire. Una farola frenó ligeramente su avance y aterrizó en un contenedor de basura, inconsciente. Su oído le alertó de movimiento y sus piernas reaccionaron velozmente, desapareciendo de aquel callejón. Se abrió paso hasta la ciudad, en público. Quizás de esa manera no se atreverían a atacarlo. Perm era una ciudad fundamentalmente especializada en la cultura y el transporte, no por ello, confortaba una de las principales ciudades bien comunicadas con las ciudades mas importantes de Rusia, como Moscú y San Petersburgo entre otras. Situada a las orillas del río Kama, era un importante canal de comercio marítimo para los productos industriales. Al observar los edificios y las calles, no le resultó extraño pensar que no se había modernizado del todo, arquitectónicamente hablando. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando alguien se ubicó a su lado, en silencio.
- ¿Qué diantres estás haciendo aquí? -le espetó en ruso, malhumorado.
- Te recuerdo que me dejaste tirado en plena crisis -farfulló su compañero, ajustándose los guantes- además, te están siguiendo, muy de cerca.
- No se atreverán a atacarnos en plena ciudad
- No albergues falsas esperanzas -murmuró, desconfiado, mirando a todos lados. Ambos hombres se detuvieron en un paso de peatones, uno estaba tranquilo, el otro estaba de los nervios. Cuando el semáforo se puso en rojo para los coches, cruzaron la calle y fue entonces cuando los vieron: dos hombres vestidos de negro, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina. <<Muy típico>>, pensó, con cierta diversión.
- Están aquí -musitó.
- Tranquilizate. Tengo un plan
- Perdóname pero cuando dices eso, da miedo
- Mientras estés conmigo, no pasará nada. ¿De qué te sirven esos conocimientos si no los usas? -susurró rápidamente. De repente, un coche negro dobló la esquina de la calle donde se encontraban y los enfrentó cara a cara. Él ya sabia lo que iba a pasar justo antes de que las ventanillas delanteras se bajaran y empujó a su compañero hacia un lado. Los disparos no se hicieron esperar y salió disparado a una velocidad inhumana al lado contrario.
- ¡A por él! -gritó uno en un ruso muy marcado. Los hombres de la gabardina obedecieron y fueron en su busca, sin perderlo de vista.
La fría brisa del día azotó su pelo rubio y su gabardina ondeaba hacia atrás, percibió la presencia de aquellos hombres y no le sorprendió saber que estaban acortando ventaja. Uno de ellos extrajo una pequeña navaja y la lanzó velozmente hacia su objetivo. Lenta, muy lentamente, el arma osciló repetidas veces, acercándose cada vez mas y mas. El zumbido rebotó en sus oídos y antes de que le alcanzara, saltó hacia la pared izquierda, apoyó ambos pies y aterrizó ágilmente en la zona mas alta del edificio, en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, allí también le esperaba un comité de bienvenida: cuatro hombres vestidos de negros, mirándolo con seriedad y una media sonrisa de maldad, rasgos que denotaban su superioridad numérica. Uno tenia dos navajas en la mano y bailaron entre sus dedos con habilidad, otro poseía guantes con pinchos plateados y colocó su cuerpo en posición de ataque con los puños bien cerrados, el siguiente manejaba una ballesta con flechas y finalmente, el último, se había decantado por varios shuriken bien puntiagudos. El brillo plateado de esas armas denotaba que no eran armas corrientes.
- Estás perdido -murmuró el hombre de los guantes.
- No saldrás de ésta con vida -coincidió el de las navajas.
- ¿Por qué no empezáis ya y cerráis esa bocaza? -les retó el hombre de pelo rubio. Sus ojos dorados no los perdía de vista y adquirieron un brillo extraño, cálido y salvaje.
- ¡Insolente abominación! ¡Estás muerto! -exclamó el hombre de la ballesta. Cargó su arma y de un clic, la flecha salió disparada hacia él. Sin mover su cuerpo un ápice, dejó caer suavemente su rostro hacia un lado, lo suficiente como para que la flecha pasara de largo, sin rozarlo siquiera. Sonrió.
Mientras tanto, el compañero se enfrentaba solo a los conductores del coche negro. Tenia experiencia en las artes marciales y el manejo de armas así que se les arregló como bien pudo. Esquivó patadas, puñetazos y posibles cuchilladas. De una patada a un nervio de su muñeca, desarmó a uno y con su propia navaja, le abrió una herida en la pantorrilla. Se viró rápidamente y encaró al segundo, pero recibió una cuchillada en el hombro inesperadamente.
- Asqueroso traidor -le insultó su adversario y su mejilla se mojó de un escupitajo, lo que provocó que se distrajera y otra herida fue abierta en su vientre. Gimió y lo apuntó con la navaja, llevándose la mano a la zona dañada. El hombre al que hirió, se incorporó y con una mirada de pocos amigos, se abalanzó sobre él. Por instinto, levantó la navaja e hirió su cara, obligándolo a retroceder. Sin embargo, el compañero saltó por encima su cuerpo, le arrebató el arma de una patada y con la otra pierna, lo empotró contra la pared del fondo. El aliento le faltó de golpe y cayó de bruces en el suelo, doblándose la muñeca y lanzó un quejido de dolor muy audible.
El lamento de su compañero llegó a sus oídos con total claridad. Con un solo movimiento, propulsó al hombre de las navajas hacia atrás, maniobró con su gabardina y unas flechas la traspasaron, se la quitó y con habilidad, la arrojó contra el tirador, cegándolo. El hombre de los guantes gritó y se abalanzó contra él con los puños bien cerrados y los pinchos hacia adelante, con intención de herirle. Esquivó uno, dos, tres golpes pero el cuarto se descuidó y sintió su brazo arder ante el roce de la plata en su piel. Ni se le ocurrió quejarse pero de su garganta, brotó un sonido poco humano. De repente, un shuriken voló hacia él y se clavó en sus omoplatos, rugió de dolor. Su cuerpo se convulsionó y un intenso olor a quemado, producto de su reacción a la plata, llenó el ambiente.
- ¡Estás acabado, bestia! -alzó el puño hacia su cara, en un posible remate final, al mismo tiempo que su otro compañero lanzaba otro shuriken como complemento. Una doble sentencia de muerte.
La plata estaba surtiendo su efecto, sus sentidos y sus fuerzas se habían debilitado un poco, pero si creían que estaba derrotado, la llevaban muy clara. Soportando el dolor, actuó rápidamente, retrocedió el paso que medía la distancia entre su cara y el puño de su contrincante, sujetó su muñeca con firmeza y lo colocó delante de su cuerpo. El shuriken se incrustó en su pecho, a la altura de su corazón, muriendo en el acto.
- ¡Maldición! -masculló su compañero, al ver el giro de los acontecimientos. Él elevó el cadáver de su enemigo y lo lanzó contra su cuerpo antes de que pudiera reaccionar. El choque entre ambos provocó que cayeran edificio abajo. Quedaban el hombre de las navajas y el de la ballesta. Entonces otro lamento de dolor perforó sus oídos una vez mas. Su amigo estaba en peligro. Rápido y veloz, se sacó el shuriken incrustado en su espalda, lleno de sangre y con un gruñido de dolor, lo proyectó con una fuerza sobrehumana donde provenía el sonido.
- Vamos, dímelo, ahora mismo -exigió
- ¡Jamás! -jadeó y gritó cuando el cuchillo se introdujo aún mas en su carne.
- Es una pena que tengas que decirmelo por las malas. ¡Dime dónde está, maldito traidor!
- Aquí el único traidor eres tú -logró decir entre gemidos, soportando el dolor.
- Muy bien, muy bien -sacó su arma del cuerpo del chico y la limpió concienzudamente hasta dejarla reluciente- elegiste el bando equivocado.
- Lo mismo digo -musitó y cerró los ojos antes de ver como su agresor terminaba su tarea y se preparaba para matarlo por fin. Un destello plateado cortó el aire de repente y su enemigo se quedó paralizado con una expresión de sorpresa y horror en sus facciones. El cuchillo resbaló de sus manos y unos segundos después, se desplomó a su lado. El chico no pudo creerse lo que vio: un shuriken clavado justo en medio del cráneo. Una muerte limpia e instantánea. Siseó de dolor y se llevó la mano al hombro malherido e intentó incorporarse lo más despacio posible. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía. Aún quedaba otro hombre de negro vivo y estaba levantándose ahora mismo y al ver que su compañero estaba muerto, lo miró con odio. Con miedo, observó como cogía el cuchillo y se acercaba peligrosamente a él. Una sombra se cernió entonces sobre ellos, agazapada y aterrizó de bruces sobre el adversario, sin darle tiempo a defenderse, las manos de la sombra afirmaron el cuello de su víctima y de un seco chasquido, su existencia se vio interrumpida para siempre. Respiraba con pesadez y leves gruñidos brotaban de su garganta. Suspiró de alivio al reconocerlo.
- Sirhan… -susurró su nombre, con admiración.
- Yuri -lo llamó con voz ronca. Se acercó a él y sujetó su cabeza- no tienes buen aspecto
- Estoy bien, de verdad. Esto no es nada… -lo tranquilizó, sudando. Tragó saliva.
- Necesitas ir a un hospital. Estás muy herido
- Tú también estás herido -observó la herida de su brazo. No tenia buen aspecto, brillaba y aún olía a quemado.
- Yo estoy bien. No querrás que me examinen como a rata de laboratorio, ¿verdad? -intentó darle humor a la situación.
- No, no, creo que no -admitió con una forzada sonrisa.
- Pues vamos. He oído las sirenas de la policía. No tardarán en llegar. Será mejor salir de aquí -apuntó y lo corroboró, cogiendo en brazos a su amigo, suavemente y con cuidado de no lastimarlo mas.
Ron se recuperó enseguida del efecto contundente de su encuentro con esa bestia. Hermione y el resto de sus amigos se alegraron pero les duró poco esa alegría. El secuestro de Ginny estaba muy presente en sus corazones y no pensaban quedarse quietos.
- Tenemos que encontrar a mi hermana, cueste lo que cueste
- Cuenta con nosotros -le apoyó Andrew
- ¿Qué decir de mi? -oprimió George, su hombro con afecto.
- En las buenas y en las malas -sonrió Luna.
- Estamos todos contigo -asintió Hermione, tomando su mano.
- Gracias. Os juro por mi madre que no regresaré a Hogwarts hasta que no la haya encontrado, y pobre de McGonagall si me lo prohibe.
- Yo no pienso perder a uno mas de la familia -murmuró George, recordando el cuerpo pétreo y sin vida de Fred.
- Eso jamás, ¿me oíste? ¡jamás!
- Menos hablar y mas actuar
- Estoy con Hermione -apuntó Katie
- ¡Pues andando! -ordenó Ron. Chicos y chicas se dispersaron, cada a su casa y cuarto correspondiente. Había mucho que hacer.
Mientras Hermione preparaba sus cosas, sus pensamientos se desviaron hacia Harry. Le dio un vuelco al corazón. Desde lo sucedido el otro día, no había sabido nada de él, ¿dónde estaba? ¿le habría pasado algo? ¿habría sido secuestrado también como Ginny? de solo pensarlo, se quedaba sin aliento. En cuanto viera a la directora, se lo preguntaría, tenia que saberlo, tenían que saberlo. Todos se reunieron al mismo tiempo en la sala común de Gryffindor cuando de repente la imponente silueta de la directora les cortó la entrada.
- ¿Se puede saber a dónde van?
- Es inútil, McGonagall, no puede detenernos, ésta vez no…
- Señor Weasley…
- ¡¡Noooo! no me vendrá ahora conque no podemos hacer esto. Es mi hermana, si le pasara algo…
- ¡Cierre esa boca, señor Weasley! no he venido aquí para deteneros -enfureció la directora, fulminándolo con la mirada.
- ¿Qué…? ¿cómo…cómo ha dicho? -tartamudeó entonces el pelirrojo.
- Lo que oye -intentó tranquilizarse- antes de sacar conclusiones precipitadas, debería aprender a escuchar.
- Pero, pero yo creía que… -farfulló, sintiéndose humillado. La miró, cabreado- usted siempre nos dejaba a un lado, nunca nos deja hacer nada, no me tome por idiota, esto es…
- Shhh… -lo acunó Luna con dulzura. Sin que él se lo esperara, anudó a su cuello, el collar de hojas que había hecho especialmente para él.
- ¿Pero qué haces? -se alarmó sin saber cómo reaccionar. Pero en cuanto cogió aire para enfadarse con ella, el aroma de las hojas penetró en sus fosas nasales y lo detuvieron en seco. Su esencia, escalofriante y tranquilizante, actuó sobre su sistema nervioso de una manera tan rápida y eficaz que sus músculos se relajaron al instante y todo pensamiento ofensivo de su mente se disipó. Atónito y sorprendido, soltó un largo suspiro y miró a Luna con unos ojos azules muy claros y expresivos. Ella no dejaba de sonreír.
- Gracias, señorita Lovegood. Y ahora que el ambiente está mas tranquilo, vais a necesitar mucho más que esos bártulos para encontrar a Ginny
- ¿Va a ayudarnos?
- En todo lo posible si. No soy impasible como usted cree, señor Weasley.
- McGonagall… ¿dónde está Harry? -preguntó de repente Hermione, aprovechando la ocasión.
- Es cierto, no sabemos nada de él. ¿Dónde está? ¿se ha enterado de todo? -interrogó George. La directora intentó lo mejor posible, disimular su tensión.
- El señor Potter no está en condiciones de ver a nadie ni de participar en esta misión.
- No nos des evasivas, McGonagall. ¿Dónde está Harry?
- Lo único que debe saber sobre el señor Potter es que está bien, sin embargo, Ginny Weasley está secuestrada y en peligro -los miró con mucha seriedad- esa es nuestra prioridad.
- Pero…
- ¿Algo más, señorita Granger? -la cortó con mas dureza de la que pretendía. La castaña apretó los dientes. Algo pasaba, se lo olía, algo pasaba pero ella no cedía. Pero, ¿qué podía hacer? no podía estar en dos sitios a la vez, ayudando a salvar a Ginny y buscando a Harry. De repente se le encendió la bombilla en su cabeza, ¿cómo que no podía hacerlo?. <<El giratiempos>>, pensó con astucia. Recordaba con claridad el uso que le dio hace unos años para poder asistir a varias clases al mismo tiempo, y para salvar al hipogrifo de Hagrid y a Sirius de los dementores. Era un buen plan y pensaba ejecutarlo.
- No, directora -musitó, conteniendo a duras penas ese brillo de esperanza.
- Bien, ahora seguidme.
Era difícil encontrar un hospital en una ciudad tan cultural y artística como Perm, pero logró encontrar un centro médico cerca del río Kama, rodeado de árobles y plantas con propiedades curativas. Atendieron a Yuri enseguida y aunque le habría encantado estar con él, debía vigilar sus espaldas. No estaba solo, aquello no había terminado. Se quedó fuera del edificio, apoyado en la pared de la entrada y escrutó la zona con sus brillantes ojos dorados. Su mirada se desvió hacia la derecha y a la izquierda despacio, era cuestión de tiempo, pronto sentiría la presencia del enemigo. Y tal como predijo, todos y cada uno de sus sentidos, la percibieron. Altos, vestidos de negros, respiración tranquila y confiada pero el latido de sus corazones a toda velocidad y el inconfundible olor a plata. Alzó una ceja al darse cuenta de que habían incrementado su número. Uno, dos, tres, cuatro… ocho hombres. No estaba mal, pero les iba a ser insuficiente, hacia rato que ya se había curado de sus heridas, no había sido fácil, la plata ralentizaba el efecto de su autorecuperación. Estaban ocultos entre los árboles, incluso uno o dos rondaban cerca del río, pero no necesitaba verlos, los sentía. Se separó de la pared y empezó a caminar hacia el lado contrario donde estaban ellos, despacio, sin ninguna prisa. Sonrió al percibir sus pasos tras él, eran tan predecibles y luego se hacían llamar expertos en capturar y destruir criaturas fantásticas, en especial híbridos. Aún así, no se confío demasiado, lo que sabia de aquella gente era muy importante y debía andarse con cuidado. Se internó en el bosque, camuflándose entre los arboles. El silencio no tardó en romperse y sus piernas echaron a correr por si solas. Sus perseguidores reaccionaron al mismo tiempo y le pisaron sus talones, los zumbidos de armas punzantes y giratorias lo alertaron y haciendo uso de sus habilidades físicas, saltó, giró, se columpio entre los árboles e incluso atrapó una flecha entre sus dedos antes de que se clavara justo en su yugular. Tres hombres de negros lo encararon de pronto pero Sirhan iba tan deprisa que, simplemente, aumentó la velocidad un poco más, y lo lanzó cielo arriba de un solo movimiento. Recibió un golpe mortal en la cabeza y cayó muerto en el suelo. Un brillo llamó su atención de repente, un brillo semejante a la luz del sol. Desvió su rostro hacia la izquierda, hacia el río Kama que brillaba resplandeciente. El corazón se le fue a salir del pecho al reconocerlo. <<Justo a tiempo>>, pensó, aliviado. Cambió el rumbo bruscamente y propulsándose con la fuerza de sus piernas, se zambulló en el agua helada del río. Sus brazos lo ayudaron a avanzar con grandes brazadas hacia el mismo centro, mientras el brillo se acercaba más y más a él, cobrando forma de diminutos polvos dorados. Sacó la cabeza del agua con un suspiro de satisfacción por el frío y cuando ya los tenia encima de él, alargó la mano y los afirmó con fuerza. Un destello de luz se expandió por todo el río y cegó completamente a los hombres de negro, que se habían acercado a la orilla. Sólo fue un minuto y cuando pudieron recobrar la vista, Sirhan había desaparecido.
Para frustre y desesperación, en especial para Ron y George, no consideraron emprender el viaje en busca de Ginny, hasta unos días mas tarde. McGonagall había insistido en que todavía no era el momento y que además, iban a necesitar una ayuda especial. No tenia ni idea de qué tipo de ayuda era pero fuera cual fuese, le estaba sacando de quicio. Por fortuna, aquel collar de Luna, que no sabia por qué, aún no se lo había quitado, le influía muchísimo y era capaz de controlarse cuando quería hacer todo lo contrario. Todos estaban muy preocupados y deseosos de empezar ya. Ginny estaba en peligro y cuando más tiempo pasase peor.
En cambio, Hermione ya tenia muy claro que era lo que iba a hacer: primero iría con ellos a salvar a Ginny y una vez estuviera con ellos, usaría el giratiempos para volver al momento donde McGonagall los interrumpiría y así poder ir en busca de Harry. No podía estar con las manos quietas y si había alguna posibilidad de hacer ambas cosas, no tenia ninguna duda de hacerlo. Sólo esperaba que todo saliera bien, según lo planeado. A todo esto le daba vueltas, sentada a las afueras del castillo, en un tronco, cuando de repente un haz de luz la sobresaltó. Oyó una exclamación, proveniente del interior del vórtice y un cuerpo se desplomó en el suelo. Extrañada y preocupada al mismo tiempo, la joven se acercó, cautelosa. Era un hombre, un hombre adulto, de unos treinta años. Éste se incorporó y murmuró unas palabras que no entendió. Estaba empapado de arriba a abajo.
- Mmmm… ¿estás bien? -musitó a una prudente distancia. Él la miró, extrañado y luego observó su alrededor. Suspiró, aliviado. El destino había sido el correcto. Menos mal.
- Desde luego, hay que mejorar el sistema -se limitó a decir, sin contestar a su pregunta. Hermione lo observó detenidamente. Era alto, media mínimo un metro noventa, musculoso pero bien proporcionado, pelo rubio y largo hasta los hombros, barba de tres días, de tez morena y unos grandes y expresivos ojos dorados.
- Perdone, ¿quién es…?
- ¡Hermione! -la llamó entonces Ron, en la distancia, acompañado del resto- pero ¿qué diantres…? ¿qué ha pasado?
- Así que tú eres la famosa Hermione Granger -se dirigió a ella, observándola por primera vez- McGonagall me ha hablado mucho de ti.
- ¿Me conoce? -lo miró sorprendida.
- Sólo de oídas
- ¿Quién eres tú? ¿de dónde has salido? -exigió, un poco molesto. El iba a contestar pero entonces apareció la silueta de la directora en el claro. Su expresión cambió por completo y esbozó una sonrisa de alivio y alegría.
- ¡Sirhan! ¡por fin has llegado! -se acercó a él.
- Me alegro de verte, McGonagall. Yo que tú no me acercaria
- Ya te veo. ¿Qué ha pasado?
- Es largo de contar. Pero ahora necesito cambiarme de ropa
- Ven conmigo. Gracias al cielo que has recibido mi mensaje.
- Y menos mal, me lo enviaste justo a tiempo. Vamos a tener que hablar largo y tendido.
- Directora, ¿quién es él? -inquirió la castaña, con evidente curiosidad.
- Él, señorita Granger, es la persona por la que he estado esperando estos días. Os ayudará muchísimo, estoy segura.
- Soy Sirhan Leonid. Encantado de conoceros, chicos -les guiñó un ojos y sonrió amistosamente. Dicho esto, acompañó a la directora hacia el interior del castillo.
El lamento de su compañero llegó a sus oídos con total claridad. Con un solo movimiento, propulsó al hombre de las navajas hacia atrás, maniobró con su gabardina y unas flechas la traspasaron, se la quitó y con habilidad, la arrojó contra el tirador, cegándolo. El hombre de los guantes gritó y se abalanzó contra él con los puños bien cerrados y los pinchos hacia adelante, con intención de herirle. Esquivó uno, dos, tres golpes pero el cuarto se descuidó y sintió su brazo arder ante el roce de la plata en su piel. Ni se le ocurrió quejarse pero de su garganta, brotó un sonido poco humano. De repente, un shuriken voló hacia él y se clavó en sus omoplatos, rugió de dolor. Su cuerpo se convulsionó y un intenso olor a quemado, producto de su reacción a la plata, llenó el ambiente.
- ¡Estás acabado, bestia! -alzó el puño hacia su cara, en un posible remate final, al mismo tiempo que su otro compañero lanzaba otro shuriken como complemento. Una doble sentencia de muerte.
La plata estaba surtiendo su efecto, sus sentidos y sus fuerzas se habían debilitado un poco, pero si creían que estaba derrotado, la llevaban muy clara. Soportando el dolor, actuó rápidamente, retrocedió el paso que medía la distancia entre su cara y el puño de su contrincante, sujetó su muñeca con firmeza y lo colocó delante de su cuerpo. El shuriken se incrustó en su pecho, a la altura de su corazón, muriendo en el acto.
- ¡Maldición! -masculló su compañero, al ver el giro de los acontecimientos. Él elevó el cadáver de su enemigo y lo lanzó contra su cuerpo antes de que pudiera reaccionar. El choque entre ambos provocó que cayeran edificio abajo. Quedaban el hombre de las navajas y el de la ballesta. Entonces otro lamento de dolor perforó sus oídos una vez mas. Su amigo estaba en peligro. Rápido y veloz, se sacó el shuriken incrustado en su espalda, lleno de sangre y con un gruñido de dolor, lo proyectó con una fuerza sobrehumana donde provenía el sonido.
- ¡Jamás! -jadeó y gritó cuando el cuchillo se introdujo aún mas en su carne.
- Es una pena que tengas que decirmelo por las malas. ¡Dime dónde está, maldito traidor!
- Aquí el único traidor eres tú -logró decir entre gemidos, soportando el dolor.
- Muy bien, muy bien -sacó su arma del cuerpo del chico y la limpió concienzudamente hasta dejarla reluciente- elegiste el bando equivocado.
- Lo mismo digo -musitó y cerró los ojos antes de ver como su agresor terminaba su tarea y se preparaba para matarlo por fin. Un destello plateado cortó el aire de repente y su enemigo se quedó paralizado con una expresión de sorpresa y horror en sus facciones. El cuchillo resbaló de sus manos y unos segundos después, se desplomó a su lado. El chico no pudo creerse lo que vio: un shuriken clavado justo en medio del cráneo. Una muerte limpia e instantánea. Siseó de dolor y se llevó la mano al hombro malherido e intentó incorporarse lo más despacio posible. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía. Aún quedaba otro hombre de negro vivo y estaba levantándose ahora mismo y al ver que su compañero estaba muerto, lo miró con odio. Con miedo, observó como cogía el cuchillo y se acercaba peligrosamente a él. Una sombra se cernió entonces sobre ellos, agazapada y aterrizó de bruces sobre el adversario, sin darle tiempo a defenderse, las manos de la sombra afirmaron el cuello de su víctima y de un seco chasquido, su existencia se vio interrumpida para siempre. Respiraba con pesadez y leves gruñidos brotaban de su garganta. Suspiró de alivio al reconocerlo.
- Sirhan… -susurró su nombre, con admiración.
- Yuri -lo llamó con voz ronca. Se acercó a él y sujetó su cabeza- no tienes buen aspecto
- Estoy bien, de verdad. Esto no es nada… -lo tranquilizó, sudando. Tragó saliva.
- Necesitas ir a un hospital. Estás muy herido
- Tú también estás herido -observó la herida de su brazo. No tenia buen aspecto, brillaba y aún olía a quemado.
- Yo estoy bien. No querrás que me examinen como a rata de laboratorio, ¿verdad? -intentó darle humor a la situación.
- No, no, creo que no -admitió con una forzada sonrisa.
- Pues vamos. He oído las sirenas de la policía. No tardarán en llegar. Será mejor salir de aquí -apuntó y lo corroboró, cogiendo en brazos a su amigo, suavemente y con cuidado de no lastimarlo mas.
- Tenemos que encontrar a mi hermana, cueste lo que cueste
- Cuenta con nosotros -le apoyó Andrew
- ¿Qué decir de mi? -oprimió George, su hombro con afecto.
- En las buenas y en las malas -sonrió Luna.
- Estamos todos contigo -asintió Hermione, tomando su mano.
- Gracias. Os juro por mi madre que no regresaré a Hogwarts hasta que no la haya encontrado, y pobre de McGonagall si me lo prohibe.
- Yo no pienso perder a uno mas de la familia -murmuró George, recordando el cuerpo pétreo y sin vida de Fred.
- Eso jamás, ¿me oíste? ¡jamás!
- Menos hablar y mas actuar
- Estoy con Hermione -apuntó Katie
- ¡Pues andando! -ordenó Ron. Chicos y chicas se dispersaron, cada a su casa y cuarto correspondiente. Había mucho que hacer.
Mientras Hermione preparaba sus cosas, sus pensamientos se desviaron hacia Harry. Le dio un vuelco al corazón. Desde lo sucedido el otro día, no había sabido nada de él, ¿dónde estaba? ¿le habría pasado algo? ¿habría sido secuestrado también como Ginny? de solo pensarlo, se quedaba sin aliento. En cuanto viera a la directora, se lo preguntaría, tenia que saberlo, tenían que saberlo. Todos se reunieron al mismo tiempo en la sala común de Gryffindor cuando de repente la imponente silueta de la directora les cortó la entrada.
- ¿Se puede saber a dónde van?
- Es inútil, McGonagall, no puede detenernos, ésta vez no…
- Señor Weasley…
- ¡¡Noooo! no me vendrá ahora conque no podemos hacer esto. Es mi hermana, si le pasara algo…
- ¡Cierre esa boca, señor Weasley! no he venido aquí para deteneros -enfureció la directora, fulminándolo con la mirada.
- ¿Qué…? ¿cómo…cómo ha dicho? -tartamudeó entonces el pelirrojo.
- Lo que oye -intentó tranquilizarse- antes de sacar conclusiones precipitadas, debería aprender a escuchar.
- Pero, pero yo creía que… -farfulló, sintiéndose humillado. La miró, cabreado- usted siempre nos dejaba a un lado, nunca nos deja hacer nada, no me tome por idiota, esto es…
- Shhh… -lo acunó Luna con dulzura. Sin que él se lo esperara, anudó a su cuello, el collar de hojas que había hecho especialmente para él.
- ¿Pero qué haces? -se alarmó sin saber cómo reaccionar. Pero en cuanto cogió aire para enfadarse con ella, el aroma de las hojas penetró en sus fosas nasales y lo detuvieron en seco. Su esencia, escalofriante y tranquilizante, actuó sobre su sistema nervioso de una manera tan rápida y eficaz que sus músculos se relajaron al instante y todo pensamiento ofensivo de su mente se disipó. Atónito y sorprendido, soltó un largo suspiro y miró a Luna con unos ojos azules muy claros y expresivos. Ella no dejaba de sonreír.
- Gracias, señorita Lovegood. Y ahora que el ambiente está mas tranquilo, vais a necesitar mucho más que esos bártulos para encontrar a Ginny
- ¿Va a ayudarnos?
- En todo lo posible si. No soy impasible como usted cree, señor Weasley.
- McGonagall… ¿dónde está Harry? -preguntó de repente Hermione, aprovechando la ocasión.
- Es cierto, no sabemos nada de él. ¿Dónde está? ¿se ha enterado de todo? -interrogó George. La directora intentó lo mejor posible, disimular su tensión.
- El señor Potter no está en condiciones de ver a nadie ni de participar en esta misión.
- No nos des evasivas, McGonagall. ¿Dónde está Harry?
- Lo único que debe saber sobre el señor Potter es que está bien, sin embargo, Ginny Weasley está secuestrada y en peligro -los miró con mucha seriedad- esa es nuestra prioridad.
- Pero…
- ¿Algo más, señorita Granger? -la cortó con mas dureza de la que pretendía. La castaña apretó los dientes. Algo pasaba, se lo olía, algo pasaba pero ella no cedía. Pero, ¿qué podía hacer? no podía estar en dos sitios a la vez, ayudando a salvar a Ginny y buscando a Harry. De repente se le encendió la bombilla en su cabeza, ¿cómo que no podía hacerlo?. <<El giratiempos>>, pensó con astucia. Recordaba con claridad el uso que le dio hace unos años para poder asistir a varias clases al mismo tiempo, y para salvar al hipogrifo de Hagrid y a Sirius de los dementores. Era un buen plan y pensaba ejecutarlo.
- No, directora -musitó, conteniendo a duras penas ese brillo de esperanza.
- Bien, ahora seguidme.
Era difícil encontrar un hospital en una ciudad tan cultural y artística como Perm, pero logró encontrar un centro médico cerca del río Kama, rodeado de árobles y plantas con propiedades curativas. Atendieron a Yuri enseguida y aunque le habría encantado estar con él, debía vigilar sus espaldas. No estaba solo, aquello no había terminado. Se quedó fuera del edificio, apoyado en la pared de la entrada y escrutó la zona con sus brillantes ojos dorados. Su mirada se desvió hacia la derecha y a la izquierda despacio, era cuestión de tiempo, pronto sentiría la presencia del enemigo. Y tal como predijo, todos y cada uno de sus sentidos, la percibieron. Altos, vestidos de negros, respiración tranquila y confiada pero el latido de sus corazones a toda velocidad y el inconfundible olor a plata. Alzó una ceja al darse cuenta de que habían incrementado su número. Uno, dos, tres, cuatro… ocho hombres. No estaba mal, pero les iba a ser insuficiente, hacia rato que ya se había curado de sus heridas, no había sido fácil, la plata ralentizaba el efecto de su autorecuperación. Estaban ocultos entre los árboles, incluso uno o dos rondaban cerca del río, pero no necesitaba verlos, los sentía. Se separó de la pared y empezó a caminar hacia el lado contrario donde estaban ellos, despacio, sin ninguna prisa. Sonrió al percibir sus pasos tras él, eran tan predecibles y luego se hacían llamar expertos en capturar y destruir criaturas fantásticas, en especial híbridos. Aún así, no se confío demasiado, lo que sabia de aquella gente era muy importante y debía andarse con cuidado. Se internó en el bosque, camuflándose entre los arboles. El silencio no tardó en romperse y sus piernas echaron a correr por si solas. Sus perseguidores reaccionaron al mismo tiempo y le pisaron sus talones, los zumbidos de armas punzantes y giratorias lo alertaron y haciendo uso de sus habilidades físicas, saltó, giró, se columpio entre los árboles e incluso atrapó una flecha entre sus dedos antes de que se clavara justo en su yugular. Tres hombres de negros lo encararon de pronto pero Sirhan iba tan deprisa que, simplemente, aumentó la velocidad un poco más, y lo lanzó cielo arriba de un solo movimiento. Recibió un golpe mortal en la cabeza y cayó muerto en el suelo. Un brillo llamó su atención de repente, un brillo semejante a la luz del sol. Desvió su rostro hacia la izquierda, hacia el río Kama que brillaba resplandeciente. El corazón se le fue a salir del pecho al reconocerlo. <<Justo a tiempo>>, pensó, aliviado. Cambió el rumbo bruscamente y propulsándose con la fuerza de sus piernas, se zambulló en el agua helada del río. Sus brazos lo ayudaron a avanzar con grandes brazadas hacia el mismo centro, mientras el brillo se acercaba más y más a él, cobrando forma de diminutos polvos dorados. Sacó la cabeza del agua con un suspiro de satisfacción por el frío y cuando ya los tenia encima de él, alargó la mano y los afirmó con fuerza. Un destello de luz se expandió por todo el río y cegó completamente a los hombres de negro, que se habían acercado a la orilla. Sólo fue un minuto y cuando pudieron recobrar la vista, Sirhan había desaparecido.
En cambio, Hermione ya tenia muy claro que era lo que iba a hacer: primero iría con ellos a salvar a Ginny y una vez estuviera con ellos, usaría el giratiempos para volver al momento donde McGonagall los interrumpiría y así poder ir en busca de Harry. No podía estar con las manos quietas y si había alguna posibilidad de hacer ambas cosas, no tenia ninguna duda de hacerlo. Sólo esperaba que todo saliera bien, según lo planeado. A todo esto le daba vueltas, sentada a las afueras del castillo, en un tronco, cuando de repente un haz de luz la sobresaltó. Oyó una exclamación, proveniente del interior del vórtice y un cuerpo se desplomó en el suelo. Extrañada y preocupada al mismo tiempo, la joven se acercó, cautelosa. Era un hombre, un hombre adulto, de unos treinta años. Éste se incorporó y murmuró unas palabras que no entendió. Estaba empapado de arriba a abajo.
- Mmmm… ¿estás bien? -musitó a una prudente distancia. Él la miró, extrañado y luego observó su alrededor. Suspiró, aliviado. El destino había sido el correcto. Menos mal.
- Desde luego, hay que mejorar el sistema -se limitó a decir, sin contestar a su pregunta. Hermione lo observó detenidamente. Era alto, media mínimo un metro noventa, musculoso pero bien proporcionado, pelo rubio y largo hasta los hombros, barba de tres días, de tez morena y unos grandes y expresivos ojos dorados.
- Perdone, ¿quién es…?
- ¡Hermione! -la llamó entonces Ron, en la distancia, acompañado del resto- pero ¿qué diantres…? ¿qué ha pasado?
- Así que tú eres la famosa Hermione Granger -se dirigió a ella, observándola por primera vez- McGonagall me ha hablado mucho de ti.
- ¿Me conoce? -lo miró sorprendida.
- Sólo de oídas
- ¿Quién eres tú? ¿de dónde has salido? -exigió, un poco molesto. El iba a contestar pero entonces apareció la silueta de la directora en el claro. Su expresión cambió por completo y esbozó una sonrisa de alivio y alegría.
- ¡Sirhan! ¡por fin has llegado! -se acercó a él.
- Me alegro de verte, McGonagall. Yo que tú no me acercaria
- Ya te veo. ¿Qué ha pasado?
- Es largo de contar. Pero ahora necesito cambiarme de ropa
- Ven conmigo. Gracias al cielo que has recibido mi mensaje.
- Y menos mal, me lo enviaste justo a tiempo. Vamos a tener que hablar largo y tendido.
- Directora, ¿quién es él? -inquirió la castaña, con evidente curiosidad.
- Él, señorita Granger, es la persona por la que he estado esperando estos días. Os ayudará muchísimo, estoy segura.
- Soy Sirhan Leonid. Encantado de conoceros, chicos -les guiñó un ojos y sonrió amistosamente. Dicho esto, acompañó a la directora hacia el interior del castillo.