martes, 1 de octubre de 2013

Sirhan Leonid



CAPITULO XX

Sirhan Leonid





Todo era confuso y difícil de procesar. Creyó que se movía, si, parecía movimiento lo que sentía. Pulsaciones, continuas pulsaciones que golpeaban su cerebro sin cesar, era pesado, muy pesado. Sintió su respiración, mas bien un jadeo, el aire saliendo de dentro a fuera, de dentro a fuera, mientras su pecho subía y bajaba. Sus párpados quisieron reaccionar ante tanto estímulo, pero era incapaz de ver nada, era como si una tupida niebla se hubiese instalado en sus pupilas, impidiendo que pudiera enfocar con nitidez. Entonces sufrió una sacudida por todo su cuerpo, no la recibió con brusquedad ni siquiera era violenta, pero sus sentidos fueron lo suficientemente receptivos como para que experimentara una nueva sensación: dolor. Un dolor intenso, mezclado con el escozor familiar de una herida, una herida que no sabia donde estaba, pero que sentía que estaba abierta y dolía. Una gota de sudor resbaló por un mechón de su pelo y cayó justo en la zona dañada, entonces sus ojos se abrieron de par en par al mismo tiempo que una voz se colaba en sus oídos con la fuerza de un trueno. Una voz femenina. 
- ¡Ron! -gritó Hermione, sacudiendo su hombro y palpando su mejilla intacta- ¡Ron, despierta, por dios! ¡Ron! 
- ¿Hermione? -musitó con voz pastosa, aturdido y desorientado. Luchó por volver a la realidad y por fin logró que sus ojos enfocaran un poco más. El rostro y el cabello rubio de su novia ocuparon su visión en cuestión de segundos. 
- Ron… -volvió a llamarlo, preocupada- menos mal que estás bien 
- Hermione… Ginny… -murmuró, cansado. Parecia que deliraba. 
- Shhh, tranquilo, tranquilo. Está bien -susurró, colocando una mano en su pecho cuando vio sus intenciones de levantarse. 
- ¡Hermione! -la llamó Katie, aproximándose rapidamente- ¿ha despertado? 
- Está confuso, acaba de abrir los ojos 
- ¿Qué pasa? ¿qué ocurre? -farfulló, aferrándose al brazo de ella con fuerza. 
- ¿Dónde está George? llama a Irene -le pidió la castaña, nerviosa. Katie asintió, obediente y en cuestión de unos minutos, Irene y George llegaron a su lado. 
- Ron -murmuró su hermano entre aliviado y preocupado.
- ¿Cómo están las cosas ahí fuera?
- McGonagall te necesita Hermione, Neville tiene ciertos problemas para controlar al Sauce. Está desbordado y además se está encargando de Hagrid.
- Voy para allá -besó la frente del pelirrojo- vuelvo enseguida.
- ¡Hermione! -medio exclamó Ron, alargando la mano para alcanzarla.
- Tranquilo, tranquilo, estoy yo aquí 
- Y yo también -aportó Katie, sentándose en un lado de la cama. 
El exterior parecía un vertedero de cadáveres de licántropos y personas, no eran muchos pero si los suficientes para que se te pusiera la piel de gallina. Olía a quemado, a peste de lobo y maleza y hacia frío, mucho frío, quizás demasiado. Con el corazón acelerado, Hermione llegó trotando donde estaba Neville, que parecía tener serios problemas para tranquilizar al Sauce. A pesar de que los hachazos habían cesado, éste no paraba de manotear con sus bulbosos brazos llenos de espinos y sus quejidos, semejantes a rugidos, provenían desde lo más profundo de sus raíces. Estaba realmente dañado. 
- ¡No puedo! diantres, está muy dañado. Ni siquiera mis conocimientos pueden ayudar
- Quizás tus hechizos tienen poca intensidad. El Sauce es muy grande y alto -jadeó la castaña. 
- ¿Qué sugieres? 
- Déjame pensar -murmuró y su cabeza empezó a dar vueltas y vueltas para encontrar una solución- se me ocurre una, tal vez
- ¿Cuál? 
- Es arriesgado. Es un hechizo que no he usado nunca pero creo que es la única manera de curar al Sauce. Necesito ayuda. 
- ¡Cuidado! -avisó Neville y ambos tuvieron que agacharse para evitar el impacto de uno de los brazos. Se incorporaron, jadeantes- vale, vale, vamos a intentarlo. Me fío de ti. ¿Qué quieres? 
- Distraelo. Necesito concentrarme.
- De acuerdo. Haré lo que pueda -asintió enérgicamente. Los nervios y la adrenalina que recorrían su cuerpo, se notaban a kilómetros pero estaba decidido. 
- Bien. Vamos allá -asintió también, dispuesta. Se dividieron, uno en cada extremo del Sauce, con precaución. A una señal, Neville empezó a hacer gestos, a gritarle, cualquier cosa que pudiera llamar su atención, al mismo tiempo que Hermione intentaba controlar los latidos de su corazón y el ritmo de su respiración y así, acumular energía para el hechizo. Normalmente era fácil para ella aprenderse hechizos y manejarlos con soltura, pero éste era especial, necesitaba una gran concentración y sensibilidad para poder ejecutarlo bien, sin riesgos. Suspiró y se irguió, mirando fijamente al Sauce y alzó la varita despacio, concentrada. La magia de su cuerpo aumentó de velocidad, mas y mas y cada vez mas. Las palabras salieron de su boca automáticamente, sin pensar, con firmeza y claridad: 
- ¡Agro vitam! -sacudió la varita y apuntó hacia las raíces del árbol. De la punta brotó una luz blanca que se proyectó velozmente, fluyendo por el suelo y lentamente ascendió, cubriendo el Sauce como si de una manta protectora se tratase. De repente, el Sauce dejó de agitarse, bramó un momento y luego se calmó, recibiendo aquella sensación tan refrescante y limpia. El hechizo empezó a hacer mella en las fuerzas de la joven, el sudor se formó en su frente y empezó a resbalar por su rostro y entonces ocurrió algo extraño. La luz se volvió un poco mas intensa, cegándola y se introdujo en la pupila de sus ojos. Un dolor intenso la avasalló sin piedad y a punto estuvo de soltar la varita por recibir aquella punzada, pero logró recuperarse. Sin poder hacer nada para evitarlo, soportó aquel dolor, aquella angustia, ese sufrimiento y…. miedo. Si, era miedo… atónita, Hermione alzó la cabeza hacia el Sauce. Todo lo que estaba sintiendo… provenía de él, todo ese sufrimiento y ese miedo, era de él. Sus rodillas flaquearon y la varita resbaló de sus dedos, pero pudo apreciar el efecto del hechizo. La luz blanca regeneró al Sauce desde dentro, calmó su agonía y cicatrizó las marcas de los hachazos, con un suspiro, la luz se difuminó y desapareció. 
- ¡Hermione! -oyó la voz de su amigo a lo lejos. Estaba agotada y le costaba un poco respirar. Había conseguido que el hechizo funcionase pero ahora entendía por qué era tan complicado. Suspiró. 

- Ya puedo levantarme 
- ¿Estás seguro? 
- Si, si. Echadme una mano -pidió Ron, ofreciendo sus brazos. Katie y George obedecieron y suavemente lo sentaron en la cama. 
- No tienes buen aspecto -observó la chica, apenada
- ¿Por qué lo dices? 
- Déjalo, Kat, eso no es importante 
- Pero…
- Por favor, Kat…
- ¿Qué ocurre? -los miró alternativamente a ambos. Una leve punzada de escozor volvió a surgir y por acto reflejo, se llevó los dedos a la mejilla izquierda. Notó la piel áspera, arrugada y caliente como si tuviera una marca- ¿qué…? 
- Yo que tú no la tocaría -le aconsejó George con una ligera mueca de desagrado en los labios. 
- Esto… esto es… -musitó lentamente y entonces recordó su encuentro con ese monstruo que se había llevado a Ginny, había intentado detenerlo pero salió herido. Aquella marca debían ser de las garras de ese licántropo cuando le atacó- un espejo, ¿dónde hay un espejo? traemelo.
- Ron, no creo que…
- ¡He dicho que me traigas un espejo! -exigió, fulminándolo con la mirada.
- Vale, vale, tranquilizate -tragó saliva, palpando su rodilla- ya voy
- Ron… 
- ¿Te quedas con él? -miró a Katie que asintió con la cabeza y se levantó. Ron apretó la mandíbula y no dejó de rozar su mejilla dañada con los dedos, con cuidado, temeroso de que se abriera la herida y brotara sangre. Un rato después, George volvió con un espejo de mano. 
- ¿Estas seguro de que…? 
- ¡Dame el espejo y cállate! -lo interrumpió con brusquedad, arrebatando el espejo. Su reflejo le impactó sorprendentemente. El chico pelirrojo que se apreciaba en el espejo no parecía ser él, su piel estaba sucia, pálida y llena de rasguños, sus mechones rojos estaban desordenados por todas partes, proporcionando un aspecto bastante pobre y sus labios estaban secos y cubiertos de costras. Tragó saliva cuando observó con detenimiento el lado izquierdo de su rostro, su mejilla presentaba cuatro franjas indefinidas de unas garras afiladas, la sangre estaba casi seca y brillaba débilmente bajo la luz de la enfermería. Su inflamación le daba un aspecto de deformidad que le dio asco y repulsión y sintió la ira hervir en su interior. 
- ¿Ron? -intentó llamar su atención su hermano. 
- ¡Ahhhhhhh! -gritó de pronto, con furia y lanzó el espejo con energía a la otra punta del cuarto. Éste se rompió en pedazos contra la pared, sobresaltando a los enfermeros y a todo aquel que estuviera cerca de la enfermería.
- ¡Ron!
- ¡Largaos! no quiero ver a nadie 
- Pero…
- ¡¡Fuera!! -vociferó con más fuerza. Katie salió despavorida, asustada y George la acompañó con gran preocupación, sin dejar de mirar la cama donde se encontraba Ron. 
Se llevó las manos a la cara y ahogó otro grito de frustración e impotencia, una mezcla de sensaciones tan compleja que solo se centraban en el secuestro de su hermana, y encima ahora su cara no era la misma. La enfermera quiso atenderlo, debido al ruido pero se negó rotundamente y también la echó, quería estar solo y si era necesario hundirse en su propio dolor. 
- ¿Ron? -escuchó una dulce voz desde la puerta, al fondo del pasillo. 
- No quiero ver a nadie -espetó sin molestarse en reconocer al propietario o propietaria de esa voz. 
- Queria saber cómo estabas 
- He dicho que no quiero ver a nadie. No estoy en condiciones de hablar, ¿queda claro? -se giró hacia el otro lado de la cama, dando la espalda a la entrada.
- Vale, Ron. Entonces me llevaré el chocolate caliente que te he traído. No te preocupes
- ¿Chocolate caliente? -se interesó de repente, entre timido, sorprendido e inocente. Le encantaba el chocolate caliente y si además tenia nata montada por encima, se volvia loco. 
- Si. Lo he hecho especialmente para ti. Pensé que te apetecería -prosiguió esa voz tan dulce y serena. Ésta vez, Ron la reconoció. 
- Por favor, entra -volvió a moverse y se colocó boca arriba. Con paciencia, observó la figura de Luna semioscura en el pasillo, acercándose. Ella lo miró y le brindó una cálida sonrisa mientras tomaba asiento en la cama con suavidad. 
- Ten cuidado, está un poco caliente -susurró, tendiéndole una taza humeante de chocolate bajo un soporte de plástico. 
- Gracias -se incorporó un poco y la sostuvo con delicadeza. Sopló varias veces y probó un pequeño sorbo, la lengua se quejó un poco pero estaba bien. 
- ¿Está bueno? 
- Si -murmuró. Dio otro sorbo y lo dejó en la mesa de noche. Tardó en hablar- yo… no sé cómo… es que… 
- No tienes que decir nada, Ron. Lo entiendo  -lo tranquilizó la joven, sabiendo lo que intentaba. Él no era bueno a la hora de disculparse, era orgulloso y le costaba mucho calmarse y pedir perdón. 
- No lo entiendes en realidad
- Entiendo que te sientas diferente -especificó con suavidad- tienes una fea cicatriz en la cara y eso no te gusta. 
- Parezco un monstruo -murmuró con furia contenida. 
- No digas eso. Tú no eres así
- Es posible que me quede toda la vida con esta… con esta marca. Es horrible. Parece que tengo un lado de la cara deformada. 
- Si te soy sincera, no le veo nada malo 
- ¿Estás loca? 
- Suelen decirmelo, pero no me molesta -se encogió de hombros con sencillez. 
- Quizás deberías escuchar mas -farfulló con intención de hacerle daño. 
- Que me digan que soy loca, no define quien soy, Ron -susurró ella sin inmutarse. Llevaba toda su vida acostumbrada a que la criticaran, a que la tacharan de un estilo de persona y que luego fuera de otra, y a tantas otras cosas que había perdido la cuenta. 
- Pero eres tan…
- ¿Diferente? -terminó por él con una sonrisa- es el adjetivo mas adecuado para definirme posiblemente. Ron la miró. Resultaba tan fácil hablar con ella, tan tranquila, no perdía la calma nunca y pensar que antes ni se dirigían la palabra.
- Empiezo a darme cuenta… -dijo por fin tras observarla unos segundos. 
- No quiero que pierdas tu tiempo. Espero que disfrutes del chocolate y que te sientas mejor -se incorporó de la cama, le sonrió  y caminó por el pasillo hacia la entrada, se detuvo a medio camino- por cierto, Hermione ha estado preguntando por ti. ¿Quieres que la llame? 
- No… es muy tarde. Dile que mañana por la mañana -respondió y ella asintió conforme. Ron dudó pero antes de que ella se fuera definitivamente, la llamó- ¿Luna? 
- ¿Si, Ron? -se apoyó en el marco de la puerta para mirarlo desde lejos. 
- Gracias -pudo decir con suavidad. Luna sonrió y sus ojos brillaron cálidamente. 
- Descansa, Ron -le deseó de corazón y cerró la puerta. 

El sillón de terciopelo se hundió bajo el peso de la directora con pesadez. Menuda noche, no recordaba la última vez que había pasado una noche tan ajetreada, tensa y complicada. Bueno, quizás si, pero hace mucho mucho muchísimo tiempo. Un largo suspiro brotó de sus labios mientras dejaba su sombrero de pico y masajeaba sus sienes. Estaba exhausta. Sus huesudos dedos temblaban y a pesar de su atuendo, los escalofríos eran terribles. Después de la intensa y corta batalla contra esas bestias, había tenido que encargarse de Hagrid y había sido mucho mas duro de lo que esperaba. Fuera quien fuese que lo controló, poseía un gran poder mental y había sido cuidadoso en cada una de sus acciones, pero afortunadamente logró sacar a Hagrid de aquella cárcel en la que estaba encerrado. El esfuerzo invertido provocó que sus fuerzas disminuyeran considerablemente. Iba a necesitar un buen descanso para recuperarse, algo que ahora mismo no podía permitirse por nada en el mundo. Una alumna había sido secuestrada y su deber como directora era encontrarla. Aquella situación había ido demasiado lejos, ya no podía seguir ignorando el peligro que se desataba. Hogwarts corría ese peligro. Una vez mas. No podía hacerlo sola, necesitaba ayuda. Y sabia a quién podía pedirsela. Su mirada se enfocó entonces en una diminuta bolsa de cuero , reposada en un mueble, cerca de la ventana. Se incorporó y se acercó, mirándola fijamente y la tomó en la palma de su mano. Era muy ligera. Las palabras de Sirhan pulularon en su mente: <<Si necesitas mi ayuda, no dudes en utilizarla. Estaré a tu lado en el menor tiempo posible>>. Y ella no dudaba de sus palabras, nunca le había dado motivos para hacerlo. Era el amigo en quien mas podía confiar y nunca le había defraudado. Con suavidad, dejó la bolsa en el suelo y esparció los polvos dorados que contenía dentro. Extrajo su varita y lentamente, los polvos se removieron y empezaron a ascender en forma de remolino hasta llegar a su altura. Murmuró unas palabras mágicas al mismo tiempo que las escribía, que decían: Veni, amice mai, y con un delicado soplo, las palabras se difuminaron en el aire, traspasaron la ventana y desaparecieron en la oscuridad. Esperaba de corazón que Sirhan recibiera el mensaje a tiempo. 


Perm, Rusia

El impacto contra la pared fue tan fuerte que parecía el sonido de un trueno al llegar contra el suelo, producto de una tormenta. Lo sujetó bien de la solapa y lo lanzó varios metros por el aire. Una farola frenó ligeramente su avance y aterrizó en un contenedor de basura, inconsciente. Su oído le alertó de movimiento y sus piernas reaccionaron velozmente, desapareciendo de aquel callejón. Se abrió paso hasta la ciudad, en público. Quizás de esa manera no se atreverían a atacarlo. Perm era una ciudad fundamentalmente especializada en la cultura y el transporte, no por ello, confortaba una de las principales ciudades bien comunicadas con las ciudades mas importantes de Rusia, como Moscú y San Petersburgo entre otras. Situada a las orillas del río Kama, era un importante canal de comercio marítimo para los productos industriales. Al observar los edificios y las calles, no le resultó extraño pensar que no se había modernizado del todo, arquitectónicamente hablando. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando alguien se ubicó a su lado, en silencio. 
- ¿Qué diantres estás haciendo aquí? -le espetó en ruso, malhumorado. 
- Te recuerdo que me dejaste tirado en plena crisis -farfulló su compañero, ajustándose los guantes- además, te están siguiendo, muy de cerca.
- No se atreverán a atacarnos en plena ciudad 
- No albergues falsas esperanzas -murmuró, desconfiado, mirando a todos lados. Ambos hombres se detuvieron en un paso de peatones, uno estaba tranquilo, el otro estaba de los nervios. Cuando el semáforo se puso en rojo para los coches, cruzaron la calle y fue entonces cuando los vieron: dos hombres vestidos de negro, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina. <<Muy típico>>, pensó, con cierta diversión. 
- Están aquí -musitó.
- Tranquilizate. Tengo un plan 
- Perdóname pero cuando dices eso, da miedo 
- Mientras estés conmigo, no pasará nada. ¿De qué te sirven esos conocimientos si no los usas? -susurró rápidamente. De repente, un coche negro dobló la esquina de la calle donde se encontraban y los enfrentó cara a cara. Él ya sabia lo que iba a pasar justo antes de que las ventanillas delanteras se bajaran y empujó a su compañero hacia un lado. Los disparos no se hicieron esperar y salió disparado a una velocidad inhumana al lado contrario. 
- ¡A por él! -gritó uno en un ruso muy marcado. Los hombres de la gabardina obedecieron y fueron en su busca, sin perderlo de vista. 
La fría brisa del día azotó su pelo rubio y su gabardina ondeaba hacia atrás, percibió la presencia de aquellos hombres y no le sorprendió saber que estaban acortando ventaja. Uno de ellos extrajo una pequeña navaja y la lanzó velozmente hacia su objetivo. Lenta, muy lentamente, el arma osciló repetidas veces, acercándose cada vez mas y mas. El zumbido rebotó en sus oídos y antes de que le alcanzara, saltó hacia la pared izquierda, apoyó ambos pies y aterrizó ágilmente en la zona mas alta del edificio, en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, allí también le esperaba un comité de bienvenida: cuatro hombres vestidos de negros, mirándolo con seriedad y una media sonrisa de maldad, rasgos que denotaban su superioridad numérica. Uno tenia dos navajas en la mano y bailaron entre sus dedos con habilidad, otro poseía guantes con pinchos plateados y colocó su cuerpo en posición de ataque con los puños bien cerrados, el siguiente manejaba una ballesta con flechas y finalmente, el último, se había decantado por varios shuriken bien puntiagudos. El brillo plateado de esas armas denotaba que no eran armas corrientes. 
- Estás perdido -murmuró el hombre de los guantes. 
- No saldrás de ésta con vida -coincidió el de las navajas. 
- ¿Por qué no empezáis ya y cerráis esa bocaza? -les retó el hombre de pelo rubio. Sus ojos dorados no los perdía de vista y adquirieron un brillo extraño, cálido y salvaje. 
- ¡Insolente abominación! ¡Estás muerto! -exclamó el hombre de la ballesta. Cargó su arma y de un clic, la flecha salió disparada hacia él. Sin mover su cuerpo un ápice, dejó caer suavemente su rostro hacia un lado, lo suficiente como para que la flecha pasara de largo, sin rozarlo siquiera. Sonrió.


Mientras tanto, el compañero se enfrentaba solo a los conductores del coche negro. Tenia experiencia en las artes marciales y el manejo de armas así que se les arregló como bien pudo. Esquivó patadas, puñetazos y posibles cuchilladas. De una patada a un nervio de su muñeca, desarmó a uno y con su propia navaja, le abrió una herida en la pantorrilla. Se viró rápidamente y encaró al segundo, pero recibió una cuchillada en el hombro inesperadamente. 
- Asqueroso traidor -le insultó su adversario y su mejilla se mojó de un escupitajo, lo que provocó que se distrajera y otra herida fue abierta en su vientre. Gimió y lo apuntó con la navaja, llevándose la mano a la zona dañada. El hombre al que hirió, se incorporó y con una mirada de pocos amigos, se abalanzó sobre él. Por instinto, levantó la navaja e hirió su cara, obligándolo a retroceder. Sin embargo, el compañero saltó por encima su cuerpo, le arrebató el arma de una patada y con la otra pierna, lo empotró contra la pared del fondo. El aliento le faltó de golpe y cayó de bruces en el suelo, doblándose la muñeca y lanzó un quejido de dolor muy audible.



El lamento de su compañero llegó a sus oídos con total claridad. Con un solo movimiento, propulsó al hombre de las navajas hacia atrás, maniobró con su gabardina y unas flechas la traspasaron, se la quitó y con habilidad, la arrojó contra el tirador, cegándolo. El hombre de los guantes gritó y se abalanzó contra él con los puños bien cerrados y los pinchos hacia adelante, con intención de herirle. Esquivó uno, dos, tres golpes pero el cuarto se descuidó y sintió su brazo arder ante el roce de la plata en su piel. Ni se le ocurrió quejarse pero de su garganta, brotó un sonido poco humano. De repente, un shuriken voló hacia él y se clavó en sus omoplatos, rugió de dolor. Su cuerpo se convulsionó y un intenso olor a quemado, producto de su reacción a la plata, llenó el ambiente.
- ¡Estás acabado, bestia! -alzó el puño hacia su cara, en un posible remate final, al mismo tiempo que su otro compañero lanzaba otro shuriken como complemento. Una doble sentencia de muerte.
La plata estaba surtiendo su efecto, sus sentidos y sus fuerzas se habían debilitado un poco, pero si creían que estaba derrotado, la llevaban muy clara. Soportando el dolor, actuó rápidamente, retrocedió el paso que medía la distancia entre su cara y el puño de su contrincante, sujetó su muñeca con firmeza y lo colocó delante de su cuerpo. El shuriken se incrustó en su pecho, a la altura de su corazón, muriendo en el acto.
- ¡Maldición! -masculló su compañero, al ver el giro de los acontecimientos. Él elevó el cadáver de su enemigo y lo lanzó contra su cuerpo antes de que pudiera reaccionar. El choque entre ambos provocó que cayeran edificio abajo. Quedaban el hombre de las navajas y el de la ballesta. Entonces otro lamento de dolor perforó sus oídos una vez mas. Su amigo estaba en peligro. Rápido y veloz, se sacó el shuriken incrustado en su espalda, lleno de sangre y con un gruñido de dolor, lo proyectó con una fuerza sobrehumana donde provenía el sonido.


- Vamos, dímelo, ahora mismo -exigió
- ¡Jamás! -jadeó y gritó cuando el cuchillo se introdujo aún mas en su carne.
- Es una pena que tengas que decirmelo por las malas. ¡Dime dónde está, maldito traidor!
- Aquí el único traidor eres tú -logró decir entre gemidos, soportando el dolor.
- Muy bien, muy bien -sacó su arma del cuerpo del chico y la limpió concienzudamente hasta dejarla reluciente- elegiste el bando equivocado.
- Lo mismo digo -musitó y cerró los ojos antes de ver como su agresor terminaba su tarea y se preparaba para matarlo por fin. Un destello plateado cortó el aire de repente y su enemigo se quedó paralizado con una expresión de sorpresa y horror en sus facciones. El cuchillo resbaló de sus manos y unos segundos después, se desplomó a su lado. El chico no pudo creerse lo que vio: un shuriken clavado justo en medio del cráneo. Una muerte limpia e instantánea. Siseó de dolor y se llevó la mano al hombro malherido e intentó incorporarse lo más despacio posible. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía. Aún quedaba otro hombre de negro vivo y estaba levantándose ahora mismo y al ver que su compañero estaba muerto, lo miró con odio. Con miedo, observó como cogía el cuchillo y se acercaba peligrosamente a él. Una sombra se cernió entonces sobre ellos, agazapada y aterrizó de bruces sobre el adversario, sin darle tiempo a defenderse, las manos de la sombra afirmaron el cuello de su víctima y de un seco chasquido, su existencia se vio interrumpida para siempre. Respiraba con pesadez y leves gruñidos brotaban de su garganta. Suspiró de alivio al reconocerlo.
- Sirhan… -susurró su nombre, con admiración.
- Yuri -lo llamó con voz ronca. Se acercó a él y sujetó su cabeza- no tienes buen aspecto
- Estoy bien, de verdad. Esto no es nada… -lo tranquilizó, sudando. Tragó saliva.
- Necesitas ir a un hospital. Estás muy herido
- Tú también estás herido -observó la herida de su brazo. No tenia buen aspecto, brillaba y aún olía a quemado.
- Yo estoy bien. No querrás que me examinen como a rata de laboratorio, ¿verdad? -intentó darle humor a la situación.
- No, no, creo que no -admitió con una forzada sonrisa.
- Pues vamos. He oído las sirenas de la policía. No tardarán en llegar. Será mejor salir de aquí -apuntó y lo corroboró, cogiendo en brazos a su amigo, suavemente y con cuidado de no lastimarlo mas.



Ron se recuperó enseguida del efecto contundente de su encuentro con esa bestia. Hermione y el resto de sus amigos se alegraron pero les duró poco esa alegría. El secuestro de Ginny estaba muy presente en sus corazones y no pensaban quedarse quietos.
- Tenemos que encontrar a mi hermana, cueste lo que cueste
- Cuenta con nosotros -le apoyó Andrew
- ¿Qué decir de mi? -oprimió George, su hombro con afecto.
- En las buenas y en las malas -sonrió Luna.
- Estamos todos contigo -asintió Hermione, tomando su mano.
- Gracias. Os juro por mi madre que no regresaré a Hogwarts hasta que no la haya encontrado, y pobre de McGonagall si me lo prohibe.
- Yo no pienso perder a uno mas de la familia -murmuró George, recordando el cuerpo pétreo y sin vida de Fred.
- Eso jamás, ¿me oíste? ¡jamás!
- Menos hablar y mas actuar
- Estoy con Hermione -apuntó Katie
- ¡Pues andando! -ordenó Ron. Chicos y chicas se dispersaron, cada a su casa y cuarto correspondiente. Había mucho que hacer.
Mientras Hermione preparaba sus cosas, sus pensamientos se desviaron hacia Harry. Le dio un vuelco al corazón. Desde lo sucedido el otro día, no había sabido nada de él, ¿dónde estaba? ¿le habría pasado algo? ¿habría sido secuestrado también como Ginny? de solo pensarlo, se quedaba sin aliento. En cuanto viera a la directora, se lo preguntaría, tenia que saberlo, tenían que saberlo. Todos se reunieron al mismo tiempo en la sala común de Gryffindor cuando de repente la imponente silueta de la directora les cortó la entrada.
- ¿Se puede saber a dónde van?
- Es inútil, McGonagall, no puede detenernos, ésta vez no…
- Señor Weasley…
- ¡¡Noooo! no me vendrá ahora conque no podemos hacer esto. Es mi hermana, si le pasara algo…
- ¡Cierre esa boca, señor Weasley! no he venido aquí para deteneros -enfureció la directora, fulminándolo con la mirada.
- ¿Qué…? ¿cómo…cómo ha dicho? -tartamudeó entonces el pelirrojo.
- Lo que oye -intentó tranquilizarse- antes de sacar conclusiones precipitadas, debería aprender a escuchar.
- Pero, pero yo creía que… -farfulló, sintiéndose humillado. La miró, cabreado- usted siempre nos dejaba a un lado, nunca nos deja hacer nada, no me tome por idiota, esto es…
- Shhh… -lo acunó Luna con dulzura. Sin que él se lo esperara, anudó a su cuello, el collar de hojas que había hecho especialmente para él.
- ¿Pero qué haces? -se alarmó sin saber cómo reaccionar. Pero en cuanto cogió aire para enfadarse con ella, el aroma de las hojas penetró en sus fosas nasales y lo detuvieron en seco. Su esencia, escalofriante y tranquilizante, actuó sobre su sistema nervioso de una manera tan rápida y eficaz que sus músculos se relajaron al instante y todo pensamiento ofensivo de su mente se disipó. Atónito y sorprendido, soltó un largo suspiro y miró a Luna con unos ojos azules muy claros y expresivos. Ella no dejaba de sonreír.
- Gracias, señorita Lovegood. Y ahora que el ambiente está mas tranquilo, vais a necesitar mucho más que esos bártulos para encontrar a Ginny
- ¿Va a ayudarnos?
- En todo lo posible si. No soy impasible como usted cree, señor Weasley.
- McGonagall… ¿dónde está Harry? -preguntó de repente Hermione, aprovechando la ocasión.
- Es cierto, no sabemos nada de él. ¿Dónde está? ¿se ha enterado de todo? -interrogó George. La directora intentó lo mejor posible, disimular su tensión.
- El señor Potter no está en condiciones de ver a nadie ni de participar en esta misión.
- No nos des evasivas, McGonagall. ¿Dónde está Harry?
- Lo único que debe saber sobre el señor Potter es que está bien, sin embargo, Ginny Weasley está secuestrada y en peligro -los miró con mucha seriedad- esa es nuestra prioridad.
- Pero…
- ¿Algo más, señorita Granger? -la cortó con mas dureza de la que pretendía. La castaña apretó los dientes. Algo pasaba, se lo olía, algo pasaba pero ella no cedía. Pero, ¿qué podía hacer? no podía estar en dos sitios a la vez, ayudando a salvar a Ginny y buscando a Harry. De repente se le encendió la bombilla en su cabeza, ¿cómo que no podía hacerlo?. <<El giratiempos>>, pensó con astucia. Recordaba con claridad el uso que le dio hace unos años para poder asistir a varias clases al mismo tiempo, y para salvar al hipogrifo de Hagrid y a Sirius de los dementores. Era un buen plan y pensaba ejecutarlo.
- No, directora -musitó, conteniendo a duras penas ese brillo de esperanza.
- Bien, ahora seguidme.



Era difícil encontrar un hospital en una ciudad tan cultural y artística como Perm, pero logró encontrar un centro médico cerca del río Kama, rodeado de árobles y plantas con propiedades curativas. Atendieron a Yuri enseguida y aunque le habría encantado estar con él, debía vigilar sus espaldas. No estaba solo, aquello no había terminado. Se quedó fuera del edificio, apoyado en la pared de la entrada y escrutó la zona con sus brillantes ojos dorados. Su mirada se desvió hacia la derecha y a la izquierda despacio, era cuestión de tiempo, pronto sentiría la presencia del enemigo. Y tal como predijo, todos y cada uno de sus sentidos, la percibieron. Altos, vestidos de negros, respiración tranquila y confiada pero el latido de sus corazones a toda velocidad y el inconfundible olor a plata. Alzó una ceja al darse cuenta de que habían incrementado su número. Uno, dos, tres, cuatro… ocho hombres. No estaba mal, pero les iba a ser insuficiente, hacia rato que ya se había curado de sus heridas, no había sido fácil, la plata ralentizaba el efecto de su autorecuperación. Estaban ocultos entre los árboles, incluso uno o dos rondaban cerca del río, pero no necesitaba verlos, los sentía. Se separó de la pared y empezó a caminar hacia el lado contrario donde estaban ellos, despacio, sin ninguna prisa. Sonrió al percibir sus pasos tras él, eran tan predecibles y luego se hacían llamar expertos en capturar y destruir criaturas fantásticas, en especial híbridos. Aún así, no se confío demasiado, lo que sabia de aquella gente era muy importante y debía andarse con cuidado. Se internó en el bosque, camuflándose entre los arboles. El silencio no tardó en romperse y sus piernas echaron a correr por si solas. Sus perseguidores reaccionaron al mismo tiempo y le pisaron sus talones, los zumbidos de armas punzantes y giratorias lo alertaron y haciendo uso de sus habilidades físicas, saltó, giró, se columpio entre los árboles e incluso atrapó una flecha entre sus dedos antes de que se clavara justo en su yugular. Tres hombres de negros lo encararon de pronto pero Sirhan iba tan deprisa que, simplemente, aumentó la velocidad un poco más, y lo lanzó cielo arriba de un solo movimiento. Recibió un golpe mortal en la cabeza y cayó muerto en el suelo. Un brillo llamó su atención de repente, un brillo semejante a la luz del sol. Desvió su rostro hacia la izquierda, hacia el río Kama que brillaba resplandeciente. El corazón se le fue a salir del pecho al reconocerlo. <<Justo a tiempo>>, pensó, aliviado. Cambió el rumbo bruscamente y propulsándose con la fuerza de sus piernas, se zambulló en el agua helada del río. Sus brazos lo ayudaron a avanzar con grandes brazadas hacia el mismo centro, mientras el brillo se acercaba más y más a él, cobrando forma de diminutos polvos dorados. Sacó la cabeza del agua con un suspiro de satisfacción por el frío y cuando ya los tenia encima de él, alargó la mano y los afirmó con fuerza. Un destello de luz se expandió por todo el río y cegó completamente a los hombres de negro, que se habían acercado a la orilla. Sólo fue un minuto y cuando pudieron recobrar la vista, Sirhan había desaparecido. 


Para frustre y desesperación, en especial para Ron y George, no consideraron emprender el viaje en busca de Ginny, hasta unos días mas tarde. McGonagall había insistido en que todavía no era el momento y que además, iban a necesitar una ayuda especial. No tenia ni idea de qué tipo de ayuda era pero fuera cual fuese, le estaba sacando de quicio. Por fortuna, aquel collar de Luna, que no sabia por qué, aún no se lo había quitado, le influía muchísimo y era capaz de controlarse cuando quería hacer todo lo contrario. Todos estaban muy preocupados y deseosos de empezar ya. Ginny estaba en peligro y cuando más tiempo pasase peor. 
En cambio, Hermione ya tenia muy claro que era lo que iba a hacer: primero iría con ellos a salvar a Ginny y una vez estuviera con ellos, usaría el giratiempos para volver al momento donde McGonagall los interrumpiría y así poder ir en busca de Harry. No podía estar con las manos quietas y si había alguna posibilidad de hacer ambas cosas, no tenia ninguna duda de hacerlo. Sólo esperaba que todo saliera bien, según lo planeado. A todo esto le daba vueltas, sentada a las afueras del castillo, en un tronco, cuando de repente un haz de luz la sobresaltó. Oyó una exclamación, proveniente del interior del vórtice y un cuerpo se desplomó en el suelo. Extrañada y preocupada al mismo tiempo, la joven se acercó, cautelosa. Era un hombre, un hombre adulto, de unos treinta años. Éste se incorporó y murmuró unas palabras que no entendió. Estaba empapado de arriba a abajo. 
- Mmmm… ¿estás bien? -musitó a una prudente distancia. Él la miró, extrañado y luego observó su alrededor. Suspiró, aliviado. El destino había sido el correcto. Menos mal. 
- Desde luego, hay que mejorar el sistema -se limitó a decir, sin contestar a su pregunta. Hermione lo observó detenidamente. Era alto, media mínimo un metro noventa, musculoso pero bien proporcionado, pelo rubio y largo hasta los hombros, barba de tres días, de tez morena y unos grandes y expresivos ojos dorados. 
- Perdone, ¿quién es…? 
- ¡Hermione! -la llamó entonces Ron, en la distancia, acompañado del resto- pero ¿qué diantres…? ¿qué ha pasado? 
- Así que tú eres la famosa Hermione Granger -se dirigió a ella, observándola por primera vez- McGonagall me ha hablado mucho de ti. 
- ¿Me conoce? -lo miró sorprendida. 
- Sólo de oídas 
- ¿Quién eres tú? ¿de dónde has salido? -exigió, un poco molesto. El iba a contestar pero entonces apareció la silueta de la directora en el claro. Su expresión cambió por completo y esbozó una sonrisa de alivio y alegría. 
- ¡Sirhan! ¡por fin has llegado! -se acercó a él.
- Me alegro de verte, McGonagall. Yo que tú no me acercaria
- Ya te veo. ¿Qué ha pasado? 
- Es largo de contar. Pero ahora necesito cambiarme de ropa 
- Ven conmigo. Gracias al cielo que has recibido mi mensaje.
- Y menos mal, me lo enviaste justo a tiempo. Vamos a tener que hablar largo y tendido. 
- Directora, ¿quién es él? -inquirió la castaña, con evidente curiosidad. 
- Él, señorita Granger, es la persona por la que he estado esperando estos días. Os ayudará muchísimo, estoy segura. 
- Soy Sirhan Leonid. Encantado de conoceros, chicos -les guiñó un ojos y sonrió amistosamente. Dicho esto, acompañó a la directora hacia el interior del castillo.
















domingo, 14 de julio de 2013

El principio de la soledad



CAPITULO XIX

El principio de la soledad





Enero se dignó a aparecer con las primeras luces del alba de un nuevo día en Islandia, en las tierras de Höfn. A las cinco de la mañana, la fría brisa, la nieve y el tintineo de unas tímidas gotas del aguacero de anoche provocaban una sensación intensa y húmeda que calaba hasta los huesos. Sin embargo, los habitantes de Höfn estaban tan acostumbrados que recibieron al frío como un viejo amigo. A pesar de las modernas tecnologías y de los muchos avances, había un pueblo mas cercano a la naturaleza que sentía cierta aversión a estos avances. Preferían la calidez de una hoguera, un estofado bien hecho en una cazuela a fuego lento y el cobijo de unas gruesas mantas de piel. Todos se espabilaron en cuanto el primer rayo de sol se coló por las ventanas de las casas: las mujeres se preparaban gentilmente para ir al mercado y comprar el pan recién hecho para desayunar, los hombres iban al trabajo y los mas pequeños se sentaban en los salones a ver la tele hasta que sus madres volvían para el desayuno. Era una rutina a la que estaban acostumbrados y que sólo se veía interrumpida con la visita de mercaderes de otros pueblos, alguna exhibición con el objetivo de entretener o alguna que otra temporada de cacería. En las inmediaciones de aquel pueblo, se extendía un bosque, no era grande, de hecho, Islandia era más bien una isla enteramente volcánica y llena de montañas donde escaseaban los arboles, y en invierno ese detalle se apreciaba con creces. Afortunadamente, el pueblo gozaba de un pequeño y agradecido de bosque que les proveía de leña y de una fauna lo suficientemente buena como para permitirse ir a cazar. La nevada, ese año, no había sido muy fuerte, de hecho, en un valle que se extendía entre las infraestructuras y parte del bosque se podía visualizar hierba fresca y verde. Y era todo un lujo, en primavera incontables caballos migraban desde otras partes de Islandia y corrían veloces por grandes extensiones como valles, laderas y colinas y era una belleza verlos en todo su esplendor salvaje. 


La brisa terminó por arrancar una hoja de la rama de un árbol y descendió con un ligero vaivén de izquierda a derecha, giró varias veces y reposó suavemente en un bulto oculto por la nieve. Una cabra que andaba cerca de allí, olfateó desconcertada por un olor que no identificaba, agitó sus fosas nasales y clavó las pezuñas en la masa blanca mientras avanzaba lentamente. Se topó con el bulto y pegó el morro antes de darle un tímido golpe para ver si reaccionaba. Silencio. Emitió un sonido parecido al de una vaca y volvió a moverlo, en esta ocasión la nieve se movió y la cabra retrocedió unos pasos, sobresaltada. Unos dedos pálidos emergieron y una mata oscura logró salir del sepulcro blanco en el que se encontraba. En cuestión de minutos, medio cuerpo había salido de la nieve y Harry abrió los ojos por primera vez desde que tenia memoria. Mientras su vista se esforzaba por enfocar mejor, todo lo que podía ver era blanco, blanco, blanco y mas blanco, quizás alguna forma oscura y difuminada, pero eso era todo. Sus oídos fueron conscientes entonces de los gemidos de la cabra, parecía nerviosa, como si no le hubiese gustado aquel extraño. <<Cálmate, por dios, cálmate>>, pensó, irritándose por momentos. El zumbido retumbaba en sus oídos con fuerza y lo incomodaba enormemente, pero el animal bufó en sus narices y sintió sus pezuñas en su espalda. Se tensó de repente. 
- ¡Lárgate! -rugió, abriendo la boca y mostrando unos colmillos que surgieron de sus encías, producto de su irritación. La cabra lanzó una exclamación de horror y sorpresa, se alzó con sus patas delanteras y huyó muerta de miedo. Tardó unos minutos en recuperar el aliento y que sus colmillos volvieran a su sitio. Estaba débil, se sentía débil, como si hubiera estado durmiendo mucho mucho tiempo. Pero la pregunta importante era: ¿dónde estaba?; obviamente no lo sabia, pero de algo si estaba seguro, y es que no veía Hogwarts por ningún lado, ni la casa de Hagrid, ni el Bosque Prohibido, ni nada familiar a su alrededor. Lo único que veía era nieve, nieve y mas nieve, a ese paso acabaría por cogerle manía al invierno. Por lo pronto, tenia que levantarse, y a juzgar por el entumecimiento de sus músculos y el cansancio general en todo su cuerpo, no iba a ser fácil. Diez minutos pasaron hasta que por fin logró incorporarse y tambaleándose, se sujetó al tronco de un árbol, sacudió la cabeza un par de veces y retiró la nieve de su ropa. 
- ¿Dónde estoy? -volvió a preguntarse, quizás por quinta vez en aquel tiempo. Sus últimos recuerdos eran confusos y caóticos, lo único que podía hacer ahora era caminar, caminar y caminar. Y eso hizo. A paso lento y seguro, pero sobre todo, tremendamente lento, acostumbrando de nuevo a sus músculos a funcionar adecuadamente, el frío no suponía un problema dada su alta temperatura corporal, en cambio la nevada era todo un incordio. Transcurrido un buen rato, ya había adoptado un buen ritmo de caminata y avanzaba mas y mas a través de aquel bosque oculto por extensas y tupidas mantas blancas, sin embargo, pronto tuvo otro serio problema: el hambre. Se detuvo en seco y sus fosas nasales aspiraron con fuerza el aire frío de aquella mañana mientras cerraba los ojos, concentrado. Sus pupilas estaban dilatadas cuando los abrió y casi sin pensar, siguió el olor que había captado. No tardó en encontrar a su presa: un reno, un reno adulto que tenia un aspecto muy tierno. La boca se le hizo agua y su estómago rugió al mismo tiempo que su naturaleza lobuna. Estuvo a punto de abalanzarse sobre él cuando otro ruido lo incitó a esconderse, justo en ese instante una flecha silbó en el aire y se clavó en el costado del reno, éste soltó una exclamación de dolor y y pateó el suelo, enloquecido, otra flecha se unió a su gemela y acertó en su yugular. En cuestión de minutos, el animal se desplomó sin vida, el cazador hizo acto de presencia con un pastor alemán y comprobó que no tenia pulso. Harry estaba echando chispas, bueno, mejor dicho, el lobo de su interior echaba chispas ante la escena, ese hombre le estaba arrebatando su presa, el hambre estaba aumentando por momentos y se vio a si mismo, atemorizado con la idea de perder el control. El cazador ató las patas traseras del reno con una cuerda y la unió con un trineo que había traído, para arrastrar al animal con él. Harry apretó los dientes, la sangre del reno le llegaba como un perfume y ya sentía ese familiar cambio en sus encías y sus dedos. Tenia mucha hambre, demasiada. El pastor alemán, de pronto, empezó a ladrar como un loco. 
- ¿Qué pasa, muchacho? ¿has visto algo? -preguntó el cazador, en un idioma que Harry no entendió. El perro ignoró a su dueño y siguió ladrando en la dirección del escondite del muchacho. El ojiverde dejó entrever el filo de uno de sus colmillos, frente al canino y éste le respondió de la misma manera. Los pastores alemanes no eran lobos, pero tenían el tamaño ideal para combatirlos si querían. La única diferencia es que Harry no era un lobo cualquiera precisamente. 
- Ya basta, chico, ahí no hay nada, seguramente es… -lo riñó pero entonces vio la silueta de Harry en el arbusto donde estaba oculto- ¡eh, tú!, ¿qué haces ahí? ¿quién eres?. 
Descubierto, no tuvo mas remedio que salir de su escondite y enfrentarse al cazador, no entendió ni una palabra. El pastor alemán le ladró de nuevo, inquieto y alterado y el hombre lo sujetó del collar con fuerza. Harry dio un paso atrás y reprimió a duras penas responder a las provocaciones del animal, estaba tenso, muy tenso y de apretar los puños, seguramente tendría marcas en las palmas de sus manos. 
- Tranquilo, Blazel, tranquilo, muchacho -tiró suavemente del perro para que no se acercara al joven. Lo miró de arriba a abajo con desconfianza- oye, ¿qué haces aquí?, ¿te conozco? 
- … -quiso decirle que no le entendía nada pero de repente, Blazel se soltó ágilmente de su dueño y se abalanzó sobre él con violencia, atrapando su brazo entre los dientes. Cayó de espaldas sobre el duro suelo cubierto de nieve y el poco autocontrol que había conseguido se fue a la letrina. 
- ¡Blazel! -lo llamó el dueño, sorprendido por su ataque. Harry se revolvió con el perro y lo apartó de un empujón, lejos de él. Blazel se quejó al rebotar, se incorporó y le gruñó al muchacho. Harry le respondió con otro gruñido mas grave y sus colmillos quedaron a la vista del cazador que abrió los ojos como platos y empezó a hablar atropelladamente. El pastor alemán volvió a la carga y los dos volvieron a enzarzarse en una brusca pelea entre colmillos, garras y gruñidos, debía reconocer que el canino tenia fuerza y energía pero el hambre pudo mas que su sentido común y alzó su brazo para asestarle el golpe definitivo. El chasquido de un arma frenó su ataque y volteó lentamente el rostro hacia el cazador, éste empuñaba una escopeta y lo apuntaba con firmeza. 
- Suelta… a Blazel ¡ahora! -vociferó con voz temblorosa. A Harry no le hizo falta entender su idioma para saber sus intenciones y lo fulminó con la mirada, el hombre tembló de miedo de pies a cabeza ante la ferocidad de su mirada pero no bajó el arma. Ignorando su amenaza, se volvió hacia el perro, que se retorcía en la nieve bajo su férreo agarre y descendió su garra hacia él. Un estallido rompió el equilibrio del bosque en ese mismo instante y la bala impactó en su hombro, atravesándolo, su cuerpo se congeló pero la cosa no quedó ahí, el cazador volvió a cargar y apretó el gatillo, desesperado porque reaccionara aquella criatura que parecía humana, y ésta vez el proyectil fue a parar a su baja espalda, incrustándose en su piel. El pastor alemán logró salir de aquella cárcel, un poco magullado, al mismo tiempo que Harry se desplomaba en la nieve, ésta empezó a  tornarse de color carmesí. Temblando, el cazador ni se molestó en mirar si estaba muerto o no, dejó la escopeta en el trineo, amarró el perro al trineo y salió disparado todo lo rápido que pudo. 
Hubo un largo silencio, como si el bosque no tuviera vida y estuviera haciendo un funeral. Entonces, la bala incrustada en la espalda de Harry se agitó y poco a poco, su cuerpo la expulsó y rodó hasta el suelo, enterrada en el manto blanco, sus células regeneraron la zona dañada y la herida desapareció como si nunca hubiese existido. El hombro agujereado corrió la misma suerte y volvió a estar sano y fuerte. Entonces Harry abrió los ojos. 


El repiqueteo constante del trineo contra el suelo desequilibraba la paz del bosque pero eso al cazador le importaba bien poco. Llevaba un buen rato, obligando a Blazel a correr como un auténtico loco, huyendo de aquel, de aquel… animal o que sabia él qué era eso. El pobre perro jadeaba violentamente, estaba agotado, el peso de su dueño y del reno adulto empezaba a hacer mellas en sus músculos. Sólo cuando pudo visualizar una fina linea de color madera, tiró de las riendas y frenó gradualmente a Blazel, éste lo agradeció enormemente y el trineo rozó con mimo el blando suelo por primera vez en mucho rato. De repente, el perro alzó las orejas y gimoteó casi al instante, forcejeó con el agarre de las riendas, queriendo liberarse.
- Blazel, cálmate, hombre. Ya estamos llegando y te daré un buen trozo de esa preciosidad que tengo… -musitó antes de que su voz desapareciera de sus cuerdas vocales. Porque al voltear la cabeza para mirar su trofeo conseguido, justo encima de ella, se encontraba    un Harry agazapado y poco humano. El hombre pudo atinar a lanzar un grito de horror y por puro instinto, se arrojó trineo fuera y empezó a rodar mientras se alejaba. No podía ser, ¡lo había matado!, ¡lo había matado!, dos balazos y ahora había vuelto para atormentarlo. Se puso de pie a trompicones y corrió con toda la fuerza de sus piernas para salvar su vida, unos blancos colmillos aparecieron en su campo de visión de repente, volvió a gritar y desvió el rumbo sin disminuir la velocidad, resbalando un poco cuesta abajo. Podía sentirlo, esa presencia aterradora, lo perseguía y  el miedo lo empujaba una y otra vez a correr y correr hasta desfallecer en el intento.

A un kilometro de distancia, había un pueblo pesquero de diez casas al lado de un puerto. Los gritos del cazador llegó a sus oídos dada la intensidad empleada y los habitantes se mostraron inquietos, temiendo por un compañero suyo. Así que mandaron a un grupo de cinco hombres al bosque con escopeta y a horcajadas en caballos islandeses y emprendieron la búsqueda para encontrarlo.

Unos ojos verdes como la esmeralda y tan salvajes y feroces como el mismo infierno lo helaron y antes de que pudiera reaccionar, el aire abandonó sus pulmones y cayó de rodillas en la nieve. Alzó la cabeza al cielo por última vez, su cuerpo se dejó caer a un lado y enseguida un charco de sangre pobló la zona. La sangre provenía de una garganta abierta de par en par, destrozada y sirviendo como fuente de vida de un intenso color rojo.
Cuando los hombres del puerto llegaron al bosque, se dividieron y no tardaron en cubrir un buen perímetro y encontrar dos escenas diferentes pero al mismo tiempo igualmente aterradoras: en una escena, estaba el trineo del cazador completamente vacío, no estaba el reno y las riendas estaban intactas, y a unos metros de él, estaba el pastor alemán completamente despedazado y el vientre abierto de par en par; y en otra escena, estaba el cazador con la ropa hecha trizas, sin garganta y demacrado por mordiscos y arañazos. Por un momento, el pánico se adueñó de ellos, no era usual ver aquel tipo de carnicerías en Höfn y menos de tal grado pero lo cierto era que un animal salvaje y feroz andaba suelto por ahí y no dudaba en matar a personas. Sólo esperaban que aquello no fuera mas grave de lo necesario porque sino, tendrían que tomar medidas muy serias.


Sin duda alguna, estaba gozando de su recién adquirido festín. La carne del reno era tierna y llena de grasa, en el invierno, aquellas criaturas se aprovechaban de su propia grasa para mantener el calor en su cuerpo, de esa manera no pasaban tanto frío. Dio buena cuenta del estómago y los intestinos con oscura satisfacción mientras su hambre se apaciguaba con lentitud y placer. Pero su banquete fue interrumpido por la cercanía de varios hombres, posiblemente los mismos que encontraron los cadáveres y habían seguido su pista. Enseguida estuvieron en su campo de visión y escuchó las cargas de sus armas, esquivó una bala con agilidad, alejándose de su preciada presa y con un rugido de frustración, se transformó delante de ellos. Sin ningún atisbo de humanidad, los despedazó a todos, abrió estómagos y gargantas, partió escopetas en dos, los derribó de sus monturas, quebró huesos y columnas y antes de que se diera cuenta, tenia a sus pies todo un arsenal de carne, huesos y carne fresca entre humanos y caballos. Satisfecho, se lamió los colmillos ensangrentados y aulló al cielo, dispuesto a disfrutar. 

Harry abrió los ojos bruscamente y su cuerpo salió propulsado hacia adelante. El viento le dio la bienvenida a su despertar con el aroma salado del mar y parpadeó confuso. ¿Qué había pasado?, su mente le respondió por él: el cansancio, la nieve, el hambre, el perro, el cazador, el reno, su descontrol. Se miró las manos, la sangre se había secado y ahora tenían un tono rojizo y marrón  bastante sucio. El peso de la culpa le sentó como una maza, como un yunque en sus hombros y en su cabeza, había matado a un hombre inocente y sin darse cuenta, el lobo de su interior había tomado las riendas de su cuerpo y loco por el hambre, sus acciones habían sido devastadoras. Su cuerpo y sus ropas presentaban marcas de lo sucedido horas antes y su descontrol fue tal que se había desmayado. El sol lo cegó entonces con su resplandeciente luz y eso pareció espabilarlo y captar de nuevo el olor del mar, se levantó sin fuerzas y se dejó guiar por su olfato. La silueta azul con destellos dorados del sol apareció ante sus ojos y no dudó en correr hacia ella, el hielo del agua impactó con violencia en su piel pero ni siquiera ésta se erizó, lo agradeció enormemente porque calmaba ese ardor característico en su condición, se lavó las manos y la cara concienzudamente hasta que la sangre y la suciedad desaparecieron. Se zambulló varias veces y nadó con energías, descargando todas aquellas emociones negativas que sentía por lo que había hecho. <<Tienes un lado salvaje en tu interior, Harry, no es ninguna tontería. Puede volverse contra ti cuando le plazca, hasta que aprendas a controlarlo por completo y eso requiere tiempo>>. Las palabras de Luna hicieron eco en sus recuerdos y no pudo mas que apretar los dientes y golpear el agua con rabia, ojalá no hubiera sido tan estúpido como para perseguir al licántropo que persiguió aquella noche. Ahora no seria un licántropo peligroso y feroz que podía descontrolarse cuando sólo sentía un hambre voraz. Sin embargo, también debía de preocuparse de otras cosas, como por ejemplo, dónde estaba y si había alguna manera de salir de aquel lugar, sin varita para teletransportarse, esta última opción iba a ser difícil. Salió de la playa empapado de pies a cabeza y terminó de romper su camisa que estaba hecha jirones y muy sucia, se quitó las gafas, dejó que resbalara el agua acumulada y volvió a ponérsela sin preocuparse por algunas gotas. Escrutó a su alrededor, buscando algún punto donde pudiera viajar ahora, y ésta vez debía andarse con mucho cuidado, avistó una sombra a lo lejos y creyó que era un barco o algo parecido, donde hay barcos, hay un puerto o un muelle. Antes de empezar la marcha, se deshizo de sus zapatos y y sus calcetines y se remangó las patas del pantalón.

Su primera impresión fue de absoluta quietud y tranquilidad. Un letrero colgaba de una especie de arco con conchas y algo parecido a espinas de algún pez, que decía: Velkomið að höfn þorski. Frunció el ceño, mosqueado por no saber qué significa, aunque la palabra höfn le sonaba de algo. No había nadie custodiando la entrada ni nada por el estilo así que se decidió a franquear por delante del letrero. No sabia qué hora podía ser, pero a juzgar por el gentío en las calles calculaba que las doce de la mañana, oyó el grito de un mercader vendiendo pescado, a una mujer insultando y echando a un indeseable de su tienda de mercería, a varios niños jugando en la nieve. Era el pueblo mas tranquilo que había pisado hasta ahora y el hecho de que estuviera pegado a un puerto, se acrecentaba esa tranquilidad, el mar era perfecto para calmar hasta la bestia mas feroz. Sacudió ese pensamiento de su cabeza. Era evidente también que el olor a pescado era muy intenso, en especial el bacalao y se vio obligado a arrugar la nariz, y casi estuvo a punto de sentir naúseas. La distribución de las casas de no era uniforme, al contrario, estaban dispersas, por lo que había mucho terreno libre para los carromatos, los caballos, los trineos, los juegos de los niños y muchas otras cosas. El muelle se vislumbraba varias calles mas abajo, del tamaño adecuado para diez barcos aproximadamente y un dique rodeaba todo el perímetro del pueblo para que las olas  rompieran y no llegará mas allá. No tardó en llamar la atención de los habitantes, en especial de algunas jovencitas que se asomaron con timidez y curiosidad ante el nuevo visitante. Él, en cambio, los ignoro deliberadamente, no quería problemas con nadie, siguió avanzando y escuchó una exclamación de sorpresa y frustración de una mujer. Alzó la cabeza y vio a un joven salir corriendo de una tienda con una bolsa y algo parecido a un fajo en la otra mano.
- ¡Al ladrón! ¡ese granuja me ha robado! ¡que alguien lo pille! -gritó la mujer en el mismo idioma que Harry no entendió. Sin embargo, entendió a la perfección el carácter de aquella escena sin problema ninguno. Y movido por su sentido de la justicia, reaccionó y persiguió al ladrón No fue tan fácil como creía, el chico sabia lo que hacia, se conocía el pueblo como la palma de su mano y como consecuencia, sus ventajas y desventajas. Se escurrió como una rata por varios callejones y mas de una vez, Harry fue víctima de sus vacilaciones y su astucia pero no se rindió. Dejó que sus sentidos del olfato y del oído los guiaran para encontrar al muchacho, los dos corrieron a toda prisa por un estrecho callejón, el ladrón tiró una caja de cerveza al suelo, Harry la bordeó por el aire y le pisó los talones. El muchacho optó por subir al tejado de una casa pequeña y seguir desde arriba, el ojiverde se deslizó a la izquierda, se apoyó en su mano derecha para saltar en su muro… y se encontró con una pared delante de sus narices. Maldijo para sus adentros, le acababa de dar unos minutos de ventaja a ese cretino, se acuclilló y con la ayuda de sus piernas, se impulsó hacia arriba, se tambaleó un segundo y escrutó la zona con ojo critico. Una figura borrosa, tres casas mas allá, le llamó la atención y se movilizó con rapidez.

Creía que había vencido, aquel inútil no volvería a molestarlo, llevaba años en aquella profesión, ser ladrón era un lujo y muy duro, era demasiado inteligente para ese idiota. Pero, de repente, su pie se enganchó y tropezó, soltando su bolsa y su preciado dinero tan bien robado y se desparramó por todas partes.
- ¿Creías que ibas a librarte de mi? -murmuró Harry enfrente de él. El muchacho se incorporó con la sorpresa y el desconcierto en su mirada, sin creerse que aquel forastero le hubiese podido encontrar.  Obviamente no entendió su idioma pero no se iba a quedar a averiguarlo, se apresuró a recoger su dinero pero nuevamente Harry se interpuso y lo miró seriamente. Por instinto, sacó una navaja, oculta bajo sus ropas y se la mostró con cara de pocos amigos. Harry alzó las manos, inocente pero no se asustó ni se movió del sitio, observó al muchacho con detenimiento. No tendría más de catorce años, con pantalones holgados y camisa de tirantes, una boina en la cabeza y pálido a pesar de la suciedad de su cara. ¿Por qué ese chico se había metido en el mundo del robo? no lo sabia, pero preguntándoselo no iba a resolver su duda.
- Tranquilo, no quiero hacerte daño. No soy tu enemigo. Pero tienes que devolver eso, no es tuyo -le habló lentamente pero tuvo que golpearse mentalmente. El chico no le entendía y seguía con el cuchillo en alto. Dio un paso hacia adelante y el ladrón reaccionó, atacándolo. Era lo que esperaba. Lo esquivó sin dificultad una, dos y hasta tres veces y cuando lo creyó oportuno, atrapó su muñeca, le arrebató el cuchillo y lo empujó, sentándolo en el suelo. El muchacho estaba realmente sorprendido y no articulaba palabra alguna, Harry empezaba a cuestionarse si era mudo. Entonces, sintió que había alguien mas con ellos y al girarse, diez chicos de uno o dos años mas que el ladrón se habían reunido como si fueran una muralla. Y no iban solos, traían palos, cuchillos, palos de hierro y miradas de "Lárgate, forastero o te damos una paliza". Uno de ellos, con camisa blanca, chaqueta negra y pantalones ajustados, que parecía ser el cabecilla de grupo le dijo algo a Harry, éste permaneció impasible, ¿cómo le iba a responder si no le entendía?, volvió a escuchar al cabecilla pero como no reaccionaba, dio una señal y todos a la vez se abalanzaron sobre él. Harry actuó rápido, se libró del ataque masivo y echó a correr. No les tenia miedo, pero sabia que si se quedaba y los enfrentaba, tendría y habría serios problemas. Así pues, comenzó una persecución por todo el pueblo, la pandilla era rápida, eficaz y astuta pero él tampoco es que fuera precisamente tonto.

Desembocó en la avenida del pueblo y un ensordecedor ruido semejante al sonido de una bola de cañón disparada rompió la persecución por un momento. Por el rabillo del ojo, Harry vio pasar una bala a toda velocidad y rozó un mechón de pelo de su frente. Se giró bruscamente hacia el autor del disparo y un grupo de cinco hombres ocupó su campo de visión, uno de ellos lo señaló y con un grito, corrieron hacia él. El joven estaba desconcertado, a su izquierda se encontraba la pandilla de adolescentes ladrones y a su derecha, los cazadores, pesqueros o qué sabia él qué oficio desempeñaban. Hubo un tenso silencio y justo cuando ambos grupos iban a chocar, Harry desapareció de sus ojos. Aturdidos, frenaron en seco, murmuraron y gesticularon entre ellos y entonces un chico señaló hacia arriba, exclamando a gran voz. Todos a una alzaron sus cabezas y allí estaba el forastero, sujeto a una cuerda donde colgaba una pancarta y avanzando ágilmente hacia el tejado de un bar. Triunfantes, se dividieron, los cazadores se encargaban del flanco derecho mientras que los adolescentes iban por el flanco izquierdo. Los disparos y los lanzamientos de piedras y palos obstaculizaron a Harry, pero éste los esquivaba, saltando de tejado en tejado, realizando volteretas, deslizándose por explanadas de lisa madera. <<Parece mentira que suspendiera Educación Física en el colegio>>, pensó sarcásticamente. Pronto se quedó sin casa y sin tejado para saltar, un carromato cargado de pescado llegaba en ese preciso instante y no dudó un instante, tomó impulso y alcanzó el vehículo, aterrizando en el propio banquete, fue de lo mas repugnante pero había experimentado cosas peores en Hogwarts. Se incorporó rápidamente antes de que el conductor reaccionara y volvió a subirse a un tejado al otro lado de la avenida. Sus contrincantes no parecían ser de los que se rendían fácilmente. 
Entonces, el relincho de un caballo llamó su atención, era un caballo adulto de un blanco semejante al de la nieve mas pura, que se acercaba al trote en su dirección. Parecía el salvavidas que necesitaba para escapar de allí y dejar de causar problemas. Cruzó tres tejados mas y se dejó caer justo cuando el caballo pasaba por debajo de sus pies. Se aferró sus crines dado que no tenia riendas ni asiento ni ningún otro equipo de montura. 
- ¡Vamos! -le pidió y no tuvo que decírselo dos veces. Con un bufido, el caballo salió al galope y en unos minutos, dejó atrás a sus perseguidores y el puerto. Atravesaron una pequeña parte del bosque y salieron a campo abierto. Fue entonces cuando el joven pudo respirar tranquilo y soltó un largo suspiro. 
- Menos mal. Ya quería salir de ese lugar. No sé de dónde has salido pero gracias -le dijo al semental, acariciando su cuello con cariño. Sabia que estaba hablando con un animal pero de verdad sentía gratitud. Quién sabe lo que habría pasado si hubiese perdido el control otra vez. No conocía aquel sitio, aquel terreno, así que permitió que el caballo fuera donde quisiese, estaba disfrutando del paisaje. Se inclinó aún mas, recostándose sobre su lomo y su cuello mientras acariciaba sus crines y volvió a suspirar. El caballo giró entonces la cabeza para mirarlo y Harry se vio reflejado en aquella pupila oscura y especialmente sabia. Sonrió y cerró los ojos, completamente relajado y en paz. Un rato después, sin darse cuenta, estaba completamente dormido. 

Despertó en una habitación completamente desconocida para él. Se sentía bien, muy bien de hecho, estaba completamente descansado y con energías renovadas como si pudiera levantar una pesa de veinte kilos sin esfuerzo. Estaba acostado en un lecho encima de una alfombra hecha a mano, morada con dibujos abstractos de color azul marino. Retiró la manta de su cuerpo, sofocado por tanto calor y unos pasos lo alertaron. 
- Tranquilo, muchacho -le habló la persona recién llegada. Era un hombre mayor de unos cuarenta años, de expresión afable y rostro sereno, su pelo ya presentaba abundantes canas y su constitución era digna del trabajo de un granjero honrado- eh, ya ha despertado. 
Lo miró con detenimiento y sorpresa al reconocer el inglés en sus palabras pero no se movió del sitio, serio y algo desconfiado. El hombre se apartó un poco y en la entrada, apareció una mujer joven y Harry se quedó mirándola. No aparentaba mas de veinticinco años, delgada y alta, su cabello rozaba su cintura de un brillante negro azabache, piel pálida, pero sus ojos fueron su principal interés: eran grandes, expresivos y de un intenso color negro. 
- Veo que has despertado -habló entonces la chica. Su voz era tan pura como el cristal, ligera como un diente de león mecido por la brisa y el timbre de dulzura era semejante a una gota de turrón derretido en la lengua- ¿cómo te encuentras? 
- ¿Quién eres? ¿dónde estoy? -interrogó mas rápido de lo que había creído. 
- Está confuso -le dijo el hombre a la mujer. 
- Es normal. No tiene ni idea de donde está. 
- ¿Quiénes sois? -volvió a preguntar. 
- Yo soy Henri. Encantado de conocerte y lamento no estar aquí ahora, tengo cosas que hacer -esbozó una media sonrisa y se marchó gentilmente. 
- Hasta después, Henri -lo despidió ella con un gesto. Se volvió hacia el chico con interés. Sonrió y cerró la puerta con suavidad- dime, ¿tienes hambre? he preparado un estofado de ternera hace un momento. ¿Te apetece un cuenco? 
- Pues ahora que lo dice… -murmuró con cierta timidez. 
- No tengas vergüenza de admitir que tienes hambre. Es una necesidad humana muy básica -lo tranquilizó con amabilidad mientras se acercaba a una cazuela humeante que Harry no había visto. <<Y animal también últimamente>>, pensó mientras observaba como vertía la comida en un cuenco. 
- Muchas gracias 
- No hay de que -tomó asiento en un sillón enfrente de él, observándolo con curiosidad. 
- Mmm…  esta buenísimo -se relamió, disfrutándolo con verdadero placer. 
- ¡Gracias! Henri se burla de mi a veces. Le encanta meter cizaña pero no quiere admitir que mi estofado está de muerte -rió alegremente. A Harry le pareció que aquella mujer era de lo mas encantadora, era casi imposible sentir desconfianza. 
- Pues yo lo admito, está delicioso. 
- Me alegro…
- Harry -la ayudó- me llamó Harry. 
- En realidad ya se quien eres -respondió ella entonces con mucha suavidad. 
- ¿Ah, si? -la miró desconcertado mientras dejaba el cuenco a un lado- no lo entiendo. 
- No tienes por qué entenderlo. Pero te ayudaré un poco, uno escucha mejor con el estómago lleno. 
- Claro, es cierto. 
- Para empezar, te interesará saber que te encuentras en Islandia, en Höfn concretamente. 
- ¡¿Islandia?! -alzó la voz, incrédulo y salió del lecho de un salto. 
- Cálmate, Harry, por favor
- ¿Cómo puede pedirme que me calme? estoy en Islandia. Estoy muy lejos de mi casa. 
- Eso no lo dudo, pero, siéntate, por favor, inténtalo. No es bueno que te alteres -lo aconsejó. Y eso era totalmente cierto y movido por esa verdad, descendió lentamente al lecho y la observó detenidamente. 
- ¿Quién eres tú? -exigió saber.
- Me llamo Mia -respondió ella con suavidad- y quiero ayudarte. 
Harry frunció ligeramente el ceño y Mia sonrió. Quizás no estaba solo después de todo. 
















martes, 9 de julio de 2013

La prueba




CAPITULO XVIII

La prueba





El último rayo de sol resplandeció tenuemente en las montañas justo antes de que se ocultara detrás de ellas, finalizando su turno y ofreciendo su puesto a su compañera, la luna, posteriormente. Eran las nueve de la noche pero la luna todavía tardaría un poco en salir. La gélida brisa agitó los arboles y la sombra de la noche empezó a cubrir el extenso paisaje de las montañas, los arboles y los ríos. De pronto, un haz de luz semejante al brillo de una estrella rompió la oscuridad y varias figuras emergieron del resplandor con agilidad antes de que volvieran a ser tragados por la noche. Se movilizaron rápidamente por el entorno durante un largo rato hasta que otra sombra con forma humana los esperaba, sentado en una roca a pocos metros de unas ruinas de piedra y una estructura semejante a un vestíbulo que podía servir de asilo. Las sombras de la noche no tardaron en fracasar, intentando ocultar las formas de los recién llegados por lo que la manada de licántropos quedaron a la vista del humano. Era Kylan. Con un gesto, les indicó el camino y con Christian a la cabeza, se internaron en las ruinas. Kylan se quedo en la entrada, en guardia, por si acaso alguien había osado seguirlos, algo que dudaba pero era mejor ser precavido. 

Christian cargó con la prisionera hacia el vestíbulo en ruinas y entró por un arco de piedra que aún se mantenía en pie. Lo guiaron hasta una especie de prisión con barrotes de hierro y arrojó a la chica, sin delicadeza ninguna, hacia el interior. Por fortuna, el suelo estaba lleno de paja y tierra y su cuerpo no sufrió muchos daños.
<<Dulces sueños, princesa>>, le deseó sin emoción en su voz y con un timbre de ironía en sus palabras. Dos licántropos custodiaron la entrada por precaución y él abandono aquel lugar hacia el exterior, al mismo tiempo que su cuerpo cambiaba y adquiría su característica forma humana. Chasqueó la lengua y movió el cuello, adaptándose a su cuerpo, se acercó a Kylan que se giró al sentirlo. 
- ¿Todo bien? 
- Todo bien, hemos tenido algunas bajas pero no son tan graves. 
- Lo sé. Me alivia mas saber que el plan ha salido como esperábamos y que no nos han seguido. 
- Hemos sido rápidos -asintió, conforme. 
- ¿Y la prisionera? -inquirió mirándolo. 
- Inconsciente, pero está bien. Esperaremos unos días antes de interrogarla y proceder al siguiente paso. 
- Entiendo. Lo que nos vendría bien ahora es descansar, ha sido una noche larga. 
- Ve a descansar tú. Yo haré la guardia 
- Como quieras -se alejó. Pero antes de internarse en la estructura de piedra, contempló la cordillera sumergida en la oscuridad, rodeada de montañas y un valle grande. Sin duda, Los Pirineos había sido una buena opción como guarida de emergencia. No se les ocurriría seguirles hasta allí, era muy poco probable. Pero de pronto algo hizo que se detuviera de bruces, sus ojos se dilataron al percibir un olor muy familiar. No, aquello era imposible, ese olor era demasiado dulce y agradable, no podía ser de ella, sacudió la cabeza, aturdido. Era una alucinación, si, eso era, quizás estaba cansado de la actividad de aquella noche, en realidad no lo estaba, pero sirvió de excusa porque se olvidó del tema y pensó en conciliar bien el sueño. 


Cuando Ginny recuperó la conciencia, parecía haber pasado siglos desde la última vez que estuvo despierta. Su vista tuvo que habituarse al espacio oscuro donde se encontraba y no tardó en descubrir que estaba en una celda, prisionera. Sus últimos recuerdos distaban mucho de haber sido producto de su imaginación. Tragó saliva mientras el miedo y la incertidumbre poblaban su corazón, impidiéndole pensar con claridad. No se atrevió a acercarse a la entrada, aquellos dos guardias eran inconfundibles por su tamaño y sabia que no conseguiría nada. Estaba atrapada, era un hecho y jamás podría salir de allí, y menos sin varita y otros recursos, si sus amigos no la encontraban. Estaba a merced de esas bestias llamadas licántropos. Resignada, se encogió en una esquina y se abrazó a sus rodillas, aguardando lo que fuera que iban a hacerle. 

Tres días pasaron desde que el secuestro se produjo y fueron los tres días mas inquietantes para Kylan. ¿La razón?, aquel aroma que no se le iba ni de la cabeza ni de su fino olfato, había perdido la cuenta de las innumerables veces que había querido seguir ese rastro pero tenia órdenes estrictas de no acercarse a la celda, puesto que su olfato lo guiaba hasta allí y su sentido de alerta no paraba de darle vueltas a algo que aún no sabia. Pero por fin su paciencia se vio recompensada cuando Christian organizó un interrogatorio con tres licántropos incluido él. Para ocultar su identidad, se transformaron y se aproximaron a la celda de la prisionera. Christian fue el primero en entrar y su enorme tamaño provocaba un contraste significativo en aquel espacio. Ginny ya había captado su presencia pero haciendo acopio de todo su valor, deshizo su abrazo y se incorporó en la esquina. 
<<Me alegra ver que has despertado>> -musitó Christian con voz grave y con cierto tono amable. 
- Pues yo no me alegro de estar encerrada, hambrienta y sedienta. De eso puedes estar seguro-se atrevió a replicar. Kylan se quedo de piedra al reconocer aquella dulce voz y cuando vio su figura recortada y semidescubierta por el haz de luz de una rendija, su corazón dio un vuelco. No, no podía ser ella, debía de ser un error, ella no debería estar ahí, ¿por qué ella?, entonces no estaba loco ni eran alucinaciones, ¡era su olor lo que le había enloquecido su olfato! siempre había sido ella. Apretó la mandíbula, ocultando a duras penas sus emociones, no fue difícil, sus rasgos lobunos no expresaban tanto como los humanos. 
<<Intento que esto sea lo mas fácil, jovencita>> 
- ¿Jovencita? puede que seas un licántropo, pero a juzgar por tu voz no debes ser mas mayor que yo
<<Controla esa lengua tuya o me veré obligado a tomar medidas. Ser amable no es algo que se me dé especialmente bien>> 
- ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿para qué me queréis? 
<<Aquí yo hago las preguntas, no tú. Y será mejor que colabores o será peor para ti>> -le dejó claro con un timbre de amenaza en su voz. Ginny se vio obligada a morderse la lengua ante sus palabras, apretó los puños y endureció la mirada. 
<<Bien, eso está mejor. Dime, ¿qué sabes sobre el pergamino de McGonagall?>>
- No sé de que pergamino me hablas. 
<<Mentir no creo que sea lo adecuado, ¿sabes?>>
- Formular preguntas que ya sabes, tampoco lo es -lo desafió, resuelta. Los acompañantes de Christian gruñeron, molestos y Kylan tragó saliva. Si Ginny no se controlaba, podían hacerle daño, clavó las garras con disimulo en el suelo de piedra, impotente. 
<<Parece que tienes respuestas para todo ¿no es así?>>
- Si tan bien lo sabes, también deberías saber que no pienso responderte. Sencillamente porque tú sabes mas que yo. 
<<Puede, puede. Pero eso lo juzgaré yo. Mientras tanto…>> -murmuró antes de que uno de sus acompañantes se acercara a Ginny. Ésta retrocedió, temerosa de que le hiciera algo, pero no tenia manera de defenderse. Como si fuera una muñeca de trapo, el licántropo la cogió del brazo sin delicadeza y la alzó a unos buenos metros por encima del suelo. Desde esa altura, Ginny pudo percibir unas argollas de hierro que no había visto antes y cuando se quiso dar cuenta, la encadenó a ellas con los brazos extendidos. Forcejeó con las cadenas en vano. 
<<Ahora debes estar muy cómoda ahí arriba. De hecho estás a mi altura>> -añadió conforme y para afirmarlo, incorporó sus dos metros y medio en todo su esplendor. Su rostro lobuno quedo frente al de ella a una prudente distancia. Ginny tuvo que replantearse si valía la pena seguir discutiendo con él, su presencia intimidaba y su ferocidad era palpable, incluso en su estado aparentemente sereno. 
<<Habla, pedazo de carne con patas. No dudaré en devorarte si no hablas>> 
<<¡Silencio! -ordenó con voz firme sin dejar de mirarla- ya lo has oído, si no colaboras, sufrirás ciertas consecuencias. Tú decides>>
- El problema es que os habéis equivocado de chica. Yo no sé nada
<<¿Niegas que sabes algo del pergamino?>>
- Lo único que sé es lo que tú sabes ya. No hay mas 
<<Creo que mientes>>
- ¡No miento, te lo juro! 
<<Kylan, necesitaré tu ayuda para ver si dice la verdad, ¿podrías, por favor?>> -le pidió Christian a su compañero. Éste se tensó en su sitio, no se esperaba que él le pidiera un favor como aquel, estaba claro que Ginny decía la verdad, lo notaba en su tono de voz y en su expresión facial, ¿por qué lo que necesitaba pues?. Reacio y serio, se acercó con prudencia hacia él, su pelaje blanco destacaba en la oscuridad pero el haz de luz expuso aún mas su claridad cuando llegó a su altura. Christian se hizo a un lado, dándole espacio y Kylan ocupó su lugar, poniéndose de pie. Ginny no esperaba ver un lobo tan blanco y resplandeciente como aquel pero sin perder la dignidad, lo miró a la cara. Kylan veía el miedo en sus ojos y lo combatía tan bien que admiró su valentía, sus ojos azules se clavaron en los ojos marrones de ella y sin poderlo evitar, parte de su pelaje blanco se erizó, estremeciéndose. Tenia que concentrarse, y así lo hizo. La joven no tardó en sentir un escalofrío desagradable y algo parecido a unos abrazos mentales rodearon su subconsciente. Impasible, sondeó su mente con la mayor delicadeza y suavidad posible, sin ir mas allá de lo imprescindible, mientras ella se retorcía, incómoda debido a su intrusión. Tras unos minutos de búsqueda, Kylan abandonó su mente y Ginny suspiró, agotada. 
<<Dice la verdad. No es necesario presionarla. Nos hemos equivocado de chica, Christian>> 
<<Eso ya lo veremos>>
<<¿Dudas de mi palabra?>>
<<Dudo de la suya. Y no protestes, ya hablaremos>> 
Kylan apretó la mandíbula y volvió a su lugar. Christian ordenó que desalojaran la celda y pronto ella se quedo sola. 


<<¿Te has vuelto loco, Christian?>> 
<<Cálmate, Kylan>>
<<Secuestrar a Ginny no era parte de plan. Me mentisteis>> 
<<Hubo un cambio de última hora>>
<<¿Y no podrías haber tenido la amabilidad de decirmelo?>> -gruñó, visiblemente molesto. 
<<Te lo estás tomando muy a pecho>>
<<Ginny no tiene nada que ver con esto y lo sabes>>
<<No han sido órdenes mias>>
<<Pero no contaron conmigo tampoco. Parezco un estorbo en todo esto. Me ocultáis cosas y bien sabes que eso es muy difícil en mi caso>>
<<Pues fíjate tú, hay modos de evadir tus habilidades>> -dijo con malicia. Kylan no lo soportó mas y con un gruñido, lo empotró contra la pared con violencia. 
<<No juegues conmigo, Christian>>
<<Suéltame, Kylan. No quiero luchar contra ti>>
<<Pues suelta a Ginny inmediatamente>>
<<No puedo. Son órdenes de nuestro Señor>>
<<Ella no sabe nada. Sin embargo, la rubia si>>
<<Son órdenes de nuestro Señor>> -volvió a repetir, ignorando sus palabras. 
<<Mientes>> -rebatió con la furia en sus ojos y los colmillos a la vista. 
<<No puedes confirmarlo>>
<<Si nuestro Señor te protege de mi es porque me ocultas algo y te juro que pienso averiguarlo>> -lo agarró de los hombros, clavándole las garras y lo empujó contra la pared de piedra que crujió por la fuerza empleada. Conteniendo el aliento, su ira se fue con él, lejos de Christian. Éste se sacudió los escombros del cuerpo, sin daño alguno y vio cómo se alejaba con una siniestra satisfacción en sus facciones. 


El tiempo volvió a pasar y sin duda, Kylan necesitaba salir de aquellas ruinas y la mejor forma de hacerlo era ir a cazar. Abandonó el lugar al atardecer y se internó en el bosque, dejando a su derecha las montañas. Corrió, corrió, corrió y corrió aún mas deprisa, ocultándose entre la maleza y desahogando toda su rabia, impotencia, furia, decepción e ira acumulada en esos días desde que vio por primera vez a Ginny en aquella celda. Arañó los troncos, levantó rocas, aterrizó en un río y un sinfín de acciones con el objetivo de, quizás, calmar su ansiedad. Pronto, sus sentidos lo guiaron hacia una presa y cambió el rumbo sin disminuir la velocidad, sus ojos se clavaron en dos ciervos, que pastaban tranquilamente cerca de un arroyo, cuatrocientos metros antes de  tomar impulso y abalanzarse sobre ellos al mismo tiempo. De un zarpazo le arrancó la garganta a un ciervo y al otro se sujetó al lomo, derribándolo con su propio peso. En cuestión de un minuto, ambos ciervos estaban muertos y listos para ser devorados por él, no eran ciervos grandes pero tenían el tamaño perfecto para, por lo menos, saciar parte de su apetito. Se limpió los restos de carne de los dientes y la sangre en el arroyo y se convirtió en humano para darse un largo baño invernal. Al regresar con el cielo oscuro, sabia lo que debía hacer. De nuevo en su forma lobuna, caminó hasta el pasillo que conducía a la celda de Ginny, no había guardias, no eran necesarios. Se cercioró que nadie lo había seguido y se adentró en su interior. 

Le dolían, le dolían mucho. Estar encadenada a varios metros del suelo no era algo precisamente agradable, sus brazos le pesaban como plomos y el hecho de no haber comido ni bebido nada en días hacia mella en todo su cuerpo. También hacia mucho frío y así la encontró Kylan, tiritando y gesticulando entre dientes sin que se entendiera nada. Sintió una sombra alzarse ante ella y antes de que quisiera averiguar quién o qué era, algo refrescante inundó sus labios, aliviando al instante el ardor que sentía en la garganta. Bebió con avidez de aquella agua bendita y la sed empezó a menguar poco a poco, tosió varias veces y el recipiente desapareció de su boca. Fue entonces cuando se atrevió a levantar la cabeza y mirar a su visitante, no tardó en reconocerlo, era ese licántropo del pelaje blanco que había leído su mente hacia unos días. 
<<¿Te encuentras mejor?>> -preguntó con suavidad y ella asintió lentamente. Sin embargo, algo en su voz la alertó, le sonaba extrañamente familiar a pesar de la profundidad y la gravedad de su tono. Había… calidez. 
- ¿Quién eres? 
<<Sólo cumplo órdenes>> -mintió, ignorando su pregunta. Ella volvió a asentir, sin poder decir mas. Sus tripas rugieron y se retorció, incómoda. Una lágrima rodó por su mejilla sin su permiso, conmovido, Kylan recogió aquella gota con tanta delicadeza en su garra que hasta Ginny se sobrecogió. 
<<Lo siento mucho>> -murmuró entonces. 
- ¿Lo sientes? ¿que podrías sentir tú? -le espetó. Su voz era un poco débil y se entrecortaba a veces. 
<<Siento muchas cosas en realidad>> -la miró a los ojos con intensidad y cuando ella quedo atrapada en ellos, su mente los recordó. Esos ojos azules, de ese azul zafiro… esos ojos ya los había visto en otra parte. Aquellos eran mas salvajes, pero seguían siendo los mismos. 
- ¿Quién eres? -volvió a preguntar. Una idea había empezado a formarse en su cabeza y, de solo pensarla, no podía creerlo. Era… ¿imposible?. 
<<Tú ya lo sabes>> -susurró la criatura con tanta calidez que todo su cuerpo se olvidó del frío por un momento. 
- No puede ser… -musitó, desconcertada- no puede ser… tú… 
Kylan no podía seguir viendo como su expresión iba cambiando desde la sorpresa al desconcierto, del desconcierto al entendimiento, del entendimiento a la rabia, y de la rabia al odio. Cerró los ojos con dolor, descendió su cuerpo hasta encorvarlo y como vino, se fue, en silencio. 


Kylan era un licántropo, era uno de ellos. Cómo no se había dado cuenta antes, por eso se había acercado a ella, ese interés, esa insistencia por conocerla, era todo una tapadera. Y ella había confiado en él… había confiado por primera vez en un Slytherin, y mira cómo lo había pagado. <<Qué estúpida has sido, Ginny, muy, muy estúpida>>. Lágrimas de rabia y decepción por haber sido tan ingenua se deslizaron por sus mejillas, incluso había creído que… había creído que, quizás, sólo por un momento… 
- No -sacudió la cabeza- eso ya no importa. Me las vas a pagar, te juro que cuando salga de aquí, pienso destruirte, maldito perro manipulador-. Apretó los dientes con el corazón latiéndole con dolor y una determinación, fría como el hielo y afilada como el acero. Kylan se había ganado su odio, la había utilizado a su antojo y ella había caído. Pero había aprendido la lección y la próxima vez, su varita le haría frente con dignidad y con todo el odio que estaba formándose como una espiral en su corazón. Sin embargo, lo que ella no sabia, era que un diminuto brillo de calor aún seguía en su corazón, aguardando su momento. 


Un grito de dolor terminó de espabilar a Kylan de un sueño imposible de conciliar. Se levantó rápidamente y se precipitó al pasillo, siguiendo el origen de semejante sonido. Sus temores se vieron confirmados cuando, al llegar a la celda, el interrogatorio estaba mas que comenzado y no de la manera mas civilizada. Christian estaba frente a Ginny y otro licántropo estaba justo al lado de ella y su garra reposaba ligeramente en su piel. Con horror, Kylan apreció una herida vertical de la misma longitud que su oblicuo izquierdo, Ginny sudaba acaloradamente y su expresión de agotamiento y dolor era bastante palpable. 
<<¡Christian! ¿qué se supone que estás haciendo? ¿te has vuelto loco?>>
<<Oh, Kylan, has llegado justo a tiempo>>
<<Detente, Christian>>
<<¿Me lo vas a impedir? estoy en medio de un interrogatorio>> -lo riñó como si fuera un niño. Hablaba con un tono tan despreocupado que Kylan perdió la paciencia. 
<<Para ahora mismo. ¡No hace falta la violencia, por dios!>> 
<<Para ella si. Se niega a hablar>>
<<Ya te dije que no sabe nada, maldita sea>>
<<Y te creo, pero puede que sepa mas de lo que en realidad dice>>
<<Dudas de mis poderes. Eso no es justo>>
<<La vida no es justa -se encogió de hombros antes de mirar a la prisionera- ¿vas a hablar?>>
- Ya te he dicho que no sé nada -logró decir entre jadeos. Christian dio una señal y el castigador apoyó tres garras en su estómago y con mucha suavidad, rasgó su piel lo suficiente como para que Ginny apretara los dientes y gimiera de dolor, retorciendo las cadenas con desesperación. 
<<¡Christian!>> -rugió. La vista se le nubló y sin pensar, apartó de un empujón a Christian y arañó con energía al otro licántropo, se revolvió un momento en el suelo con él y con una orden mental, se largó con el rabo entre las patas. 
<<Kylan, te ordeno ahora mismo que te apartes de ella. Has cometido un grave error>>
<<Estás loco. ¿Cómo te atreves a atentar contra la vida de una inocente para conseguir una información que no existe?>>
<<¿Osas desafiarme? ¿te importa más esa humana que nosotros y nuestro destino?>>
<<Yo sólo digo que hay otros métodos mas fáciles. Pero el caso es que te has equivocado de persona. No sé que demonios pasa aquí pero no pienso moverme. Ni tú podrás, Christian>> 
<<Sigo pensando que eres un mentiroso y que te importa esa joven más de lo que dices>>
<<¿Dudas de mi lealtad a esta manada?>>
<<Pues si, dudo de tu lealtad>> -se irguió mostrando los colmillos pero él no se dejo amedrentar e imitó sus movimientos. Ambos tenían la misma altura e intimidaban tanto que los demás se encogieron ante ellos, en señal de respeto. 
<<Qué bajo has caído, Christian. ¿Cómo te atreves a dudar de mi después de todo lo que hemos pasado juntos?>>
<<Demuéstralo. Demuéstrame que eres leal y encárgate de ella. Si lo haces, entonces veremos si eres un verdadero licántropo, digno de tu puesto y de la lealtad de nuestro Señor>> -lo retó con sus fríos ojos grises, fijos en él. Por primera vez, en mucho tiempo, Kylan dudó. Su corazón se dividió en cuestión de segundos, estaba obligado a elegir. Volteó su cuerpo lentamente hacia Ginny y su corazón martilleó con fuerza en su pecho, estaba herida y débil, ¿qué podía hacer? él no podía permitirse ser débil también, y menos sabiendo que su Señor confiaba en él. Debía cumplir su deber, pero… ¿cuál era su deber?, ¿acaso el poder o el querer no funcionaban?. Todo aquello pensaba al mismo tiempo que alzaba sus garras y Ginny cerraba los ojos. 


Un terrible aullido lleno de angustia cubrió una noche cerrada, oscura y profundamente vacía. Todos los animales huyeron despavoridos e incluso los árboles se estremecieron ante tal sonido. No hacían falta las palabras, se odiaba tanto, tanto, tanto… no debería haber nacido, era un monstruo, un total y auténtico monstruo, se merecía todo el odio del mundo, quizás así se sentiría mejor, sabiendo que se merecía lo peor. Y no había remedio, había sido un estúpido, no debería haberse acercado a Ginny, de no haberlo hecho, ahora ella estaría bien. Aún seguía sin entender por qué ella había sido la escogida pero fuera cual fuese ese motivo, no había podido descubrir nada, Christian había sido muy cuidadoso. Estaba tan furioso con él… no recordaba la última vez que había estado tan furioso por su culpa, pero lo cierto era que ambos eran tan diferentes, demasiado incluso. Ansioso, volvió a aullar descargándose cuanto podía y rasgó la tierra con rabia. El sol no tardaría en salir, toda la noche había estado fuera, incapaz de volver, había estado corriendo, cazando, destrozando todo cuanto veía a su paso y no había sido suficiente. Era un maldito miserable que no merecía nada. Torturándose mentalmente una y otra vez, un tímido rayo de sol se coló por las montañas, comenzando así un nuevo día. De repente, oyó un ruido y se ocultó, veloz en la maleza al tiempo que volvía a ser humano para no llamar la atención. Se trataba de una pareja de jóvenes, posiblemente de su edad. Caminaban cogidos de la mano y se les veía cómodos y sonrientes y se miraban con cariño, Kylan se vio a si mismo mirándolos fijamente, sin perder detalle y presenció de aquella manera que la chica tropezó con una piedra y se hacia daño en la pantorrilla. Como el chico la tenia sujeta, no sufrió mas daños y con gentileza, la sentó, le dijo algo y se acercó a un arroyo, regresó con un paño húmedo y le limpió su herida. Ella se lo agradeció con una sonrisa. Kylan sintió envidia. Se les veía tan bien juntos, incluso en los malos momentos sonreían y se ayudaban mutuamente, era una complicidad que esperaba algún día alcanzar con esa persona especial. Inconscientemente, Ginny fue su primer pensamiento y su corazón respondió al estimulo. Cerró los ojos y evocó la primera vez que la vio en el pasillo cuando ella iba a clase de Botánica, esos ojos marrones, la dulzura de su voz, su hermosa cabellera pelirroja, su forma de hablar, su ironía, su forma de rechazarlo, sus dudas, su tanteo para conocerlo, su encuentro con ella y el pegaso aquella mañana temprano, el tacto de su mano, cuando la tuvo entre sus brazos. Se quedo sin aliento y abrió los ojos para poder respirar hondo, su corazón latía a toda velocidad y su cuerpo temblaba. No sabia exactamente qué era lo que sentía por ella, pero lo fascinaba y le atraía de una manera indescriptible, su compañía le hacia sentir vivo, su mirada le inspiraba ternura y confianza y su forma de hablar lo cautivaba, incluso cuando parecía que lo insultaba. Estaba totalmente seguro de que jamás encontraría a nadie como ella, y por esa misma razón, jamás podría permitir que alguien le hiciera daño… ni siquiera Christian. 

Todos los licántropos estaban durmiendo. Era el momento perfecto.  
Al entrar en la celda, se le partió el corazón al ver a Ginny. Su cuerpo estaba surcado de heridas de arañazos, no eran profundos, pero si lo suficiente como para que pudiera sufrir gota a gota cada sangre derramada y estaba muy delgada. Sus labios estaban resecos y agrietados, su piel era mas pálida de lo normal y su cabello no tenia vida. Se contuvo a duras penas, Christian se las pagaría algún día por lo que le había hecho… y él también. Se irguió a su altura y volvió a acercarle un recipiente de agua a los labios, al principio no reaccionó, estaba tan débil que apenas podía percibir nada, pero poco a poco las gotas frías del agua la despertaron y por instinto, bebió y bebió hasta que el recipiente se vació por completo. 
<<Ginny>> -la llamó con calidez. 
- Mmm… 
<<Ginny, soy yo. No te preocupes, te pondrás bien, te lo prometo>> -le aseguró. Inclinó un poco la cabeza, analizando las heridas. Era una ventaja que no fueran profundas, así se curarían antes. Sacó su lengua y suavemente, repasó sus heridas con ella. Ginny se estremeció, sorprendida por su acción pero no pudo articular palabra. El tacto de su lengua era muy cálido a la vez que húmedo y un tanto desagradable, pero aliviaba enormemente el escozor de las heridas. Parpadeó varias veces, intentando alzar la cabeza y justo entonces, Kylan terminó su labor. 
<<Ya está. Mañana esas heridas no estarán y te encontrarás mucho mejor>>
- ¿Qué… qué has…? -vocalizó entrecortadamente.
<<Háblame por pensamientos. No hagas esfuerzos, por favor>>
<<¿Qué me has hecho?>>, pensó sin entender muy bien que pasaba. 
<<Mi saliva desinfecta y cicatriza las heridas hasta hacerlas desaparecer por completo. No todos los licántropos pueden hacerlo>>
<<Esto no arregla nada, ¿sabes?. Me has utilizado>>
<<Ginny… lo siento mucho, nunca sabrás cuanto lamento todo esto. Pero soy tan prisionero como tú>>
<<No confío en ti, Kylan. Eres un monstruo, eres uno de ellos>>
<<Y tienes toda la razón. Tienes derecho a odiarme toda tu vida, lo merezco y lo aceptaré. Pero pienso sacarte de aquí>>
<<¿Sacarme?>>
<<No soporto ver cómo te hacen daño, Ginny -murmuró. Y hasta la propia Ginny pudo apreciar la sinceridad en sus palabras pero se mantuvo firme- no voy a dejar que se salgan con la suya. Te liberaré y luego ya tendrás tiempo de odiarme y despreciarme el resto de tu vida>>. La joven no supo qué decir a eso y Kylan respetó su silencio. 
<<¿Vas a… traicionarlos?>> -preguntó con cautela. 
<<No estoy a favor de la violencia contra humanos -replicó con sorna- llámalo como quieras. Mañana por la noche, vendré a buscarte y serás libre. Tendrás que hacerme caso en todo lo que te diga, si quieres salir viva de aquí>> 
<<Me estás pidiendo que confíe en ti>>
<<Si quieres ser libre y estar viva, si>> -la miró a los ojos, serio. La pelirroja no tuvo mas remedio que sostener su mirada y resignarse a confiar de nuevo en ese monstruo. 
<<¿Cómo sé que dices la verdad? ¿cómo sé que esto no es una trampa?>>
<<Porque estoy jugando mi pellejo por ti. ¿Te vale eso? hay cuarenta licántropos, por lo menos, en este lugar. ¿Crees que mentiría?>>
<<Supongo que no…>>
<<Bien, si no hay mas preguntas, mejor me voy ya o me descubrirán. Descansa lo que puedas. Hasta mañana>>



Sabia que lo que estaba haciendo era una locura, un suicidio incluso y, quizás otro se lo pensaría dos veces, pero lo cierto era que valía la pena. Y esperaba no arrepentirse nunca y que ella pudiera confiar en él de nuevo.